Joaquín Sabina: “La gloria fue La Mandrágora. Lo de después ya ha sido una cosa más bullanguera, más de la chusma”

Llega sonriente pese a las horas, poco más de las doce del mediodía. “¿Aquí la hacemos? Muy bien”. Una mesa con dos sillas delante de una fuente y más allá, el mar. Pide un tequila y su entrevistador una caña. Saca una cajetilla de Ducados y la pone sobre la mesa junto a un mechero. Vacía el tequila en dos sorbitos y luego bebe, meditabundo, la caña. Enciende un ducados y suelta el humo, que observa alejándose para después clavar la mirada en el periodista. Al acabar, el fotógrafo le sugiere hacer varios primeros planos. “Me convendría que te fueses sacando el sombrero y las gafas para hacer una secuencia”, dice. “Pero yo sé lo que le conviene a mi carrera”, responde Joaquín Ramón Martínez Sabina (Úbeda, Jaén, 1949), que estrecha manos en la despedida y se dirige de nuevo al interior del Pazo dos Escudos de Vigo. Los hombros muy juntos, el pantalón pitillo y calaveras en el cuello y en las manos. “Dense prisa si me quieren enterrar, pues tengo la costumbre de resucitar / y salgo del nicho cantando, y salgo vivo y coleando”. Sabina se evapora al doblar la esquina. Detrás de todas las respuestas, una carcajada.