Rock&roll

Esta semana tuvimos en la Redacción esa escena que elevó The Wire a la antología deslavazada de la agonía de la prensa: la reunión de la plantilla en el centro con los responsables de la empresa anunciando recortes. Desde hace cuatro años, la reunión más repetida en las redacciones de los periódicos es ésa. Tanto, que el miércoles, al juntarnos y escuchar lo que tenían que decirnos, me encontré con un compañero de otra sección y se me escapó el «nos hacemos viejos, que sólo nos vemos en los entierros».

La noticia es conocida: Diario de Pontevedra despidió a su director, Antón Galocha, y nombró a Pedro Pérez como nuevo responsable. Desde que me prometí a mí mismo hace un año dejar de escribir de periodismo salgo a artículo por semana. Y aunque esté metido hasta el cuello, empieza a no haber cosa más obscena que periodistas escribiendo sobre periodismo, que es como llamar a un fontanero a que te arregle el lavabo y en lugar de eso se siente en el sofá a explicarte las claves del cambio de paradigma de la fontanería. Y luego te cobre.

Hoy al menos sé que mañana no cogeré el periódico y diré: «Soy pesado hasta cuando no me autoplagio». Esta página al fin y al cabo la inventó Antón Galocha, que me la propuso hace un año, como me propuso cien mil cosas en la última década y todas aceptadas (hasta posar en una revista vestido de novio, algo que entendí porque entonces aún era el más guapo de la Redacción) con la convicción de que servirían para crecer. Con la inversión detrás de El Progreso reinventó la cabecera, rediseñó el periódico -que es un periódico de autor- y llegaron con él un enorme puñado de periodistas que, con los que ya estábamos, le dieron forma a un producto que muy fatigadamente, con sus errores y sus aciertos, sus penas y sus alegrías, hacemos con esfuerzo todos.

Les diré algo ahora que estamos en confianza: entre 1999 y 2003 este diario vivió una excitación permanente. Al hecho ayudó el que entonces éramos muchos unos deslenguados veinteañeros que nos acostábamos a las siete y estábamos a las once haciendo preguntas en rueda de prensa, pero también el estilo impuesto en las páginas por Galocha, que llegó con 41. Entró el color, se armaron maquetas arriesgadas que al final acababan premiadas en Viena, montamos suplementos y un día de verano se me pidió un reportaje «porque hace mucho calor». Nos fuimos Delmi Álvarez (fotógrafo singular, peculiarísimo y de talento insomne que bramaba cada vez que tenía que hacer fotos de alcantarillas desbordadas) y yo con el coche a buscar el calor y nos salió una pieza dadaísta de imágenes tremendas, como una vieja con el luto puesto tirando de una bala de paja al lado de la playa llena de Montalvo. Aprendí entonces que uno escribe dependiendo de la caja; el contexto gráfico se prestaba al rock&roll.

Fue tanta la diversión y tantas las historias que nos pasaron, dentro y fuera del periódico (aquel Anxín preguntándole literalmente a Peñafiel por el «pericazo de Marichalar» y Peñafiel dando dos pasos atrás, balbuceando) que nunca las escribí y dudo de que esté a tiempo, al estilo de Lemmy Motorhead: «Fue una época estupenda el verano de 1971. No lo recuerdo, pero nunca lo olvidaré». ¿Qué pasó después? Nada extraordinario: nos hicimos periodistas. Los que venían de la carrera ya tenían experiencia; los que no, habíamos aprendido la enjundia teórica del oficio, preferiblemente para traicionarla. Miro hacia atrás no sin vergüenza: la contraportada del suplemento de Cultura que yo coordinaba la ocupa un texto en el que narro mi masturbación con Pamela Anderson con foto de ella en semitetas. ¿Y qué iba a hacer con 23 años, dedicársela a Pere Gimferrer?

Galocha nos dejó madurar a los jóvenes, nos baqueteó de aquí y allá y con los años unos ya pudimos enfrentarnos a la noticia como nos propusiésemos, asumir responsabilidades o entrevistar a un Nobel. A mí, como a muchos, fue quien me dio el primer contrato indefinido, que es el único que he tenido en mi vida, y con su confianza me he hecho yo periodista más mal que bien y he mantenido además el estímulo. Porque los que estamos en este oficio por una especie de vocación religiosa tenemos cada cierto tiempo que buscar el entusiasmo para no acabar fichando como un administrativo. La excitación la tiene uno de serie al pisar por primera vez la Redacción pero ha de renovarla luego al pisarla todos los otoños. Lo hice con Galocha, a quien debo más de lo que cree. Afortunadamente el periodismo es el único oficio del mundo en el que si uno madura correctamente envejece hacia atrás.

(Diario de Pontevedra, 27-01-2013)