Escrito el 4.03.12 a las 13:08

La fauna de la pastuqui

Cuando escribo Urdangarin en Google el buscador sugiere tres palabras más: El Mundo, chorizo e imputado. Una suerte de ‘tags’ actuales que no aparecen en los tarjetones aristocráticos pues los pone el pueblo a su arbitrio, en casa o en el trabajo, convirtiendo su búsqueda en pista a veces de peluquería.

La fauna de la pastuqui, en Elmundo.es


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Escrito el 1.03.12 a las 10:59

CXIII

Hombre, sí nos ha costado reconocerlo, como dice el texto. No digamos reconocerlo como el tal Rosauro, porque a mí ese tipo me parece de toda la vida mi amigo Manuel Fernández-Valdés, director de documentales. Está a punto de estrenar la pasión de Fraga y Fidel Castro. Lo llamo para preguntarle si lo ha dejado todo por Amaia Salamanca y me dice que no, que hay periodismo asín. Luego me intereso, naturalmente, por el gorro.


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Escrito el 28.02.12 a las 9:26

El selecto fracaso de Camba

En sus primeros tiempos de corresponsal, cuando se encontraba en Constantinopla enviado por La Correspondencia Española, Julio Camba remitió un artículo por correo acompañado de una nota para el director: “Perdóneme que esta crónica haya salido algo más extensa, pero la premura de tiempo para mandársela no me ha permitido escribir algo más corto”. La frase recoge el espíritu fundamental de Camba: el rigor estilístico, que en él es desnudez, y la virtud de escribir frases llenas de palabras esenciales de forma que hasta las preposiciones adquieran un relieve casi histórico. Los artículos de Camba dan la hora, y en esta recopilación –la única realizada por él mismo- pueden escucharse hasta los segundos. Son, dice, “mis páginas mejores”, lo cual quiere decir que las otras han de ser “forzosamente buenas, porque lo mejor sólo puede salir de lo bueno”. Y justifica la reunión insólita de su trabajo por la necesidad de perder el tiempo: “Si hay quien pierde el suyo haciendo solitarios con la baraja, ¿por qué no he de poder yo perder el mío haciendo uno con mis artículos?”.

Hace diez años envié un artículo mío al premio de periodismo que recibe el nombre del periodista vilanovés. A los pocos meses me hicieron ganador. Aquello me conmovió tan extraordinariamente que lo primero que hice fue preguntar quién era Julio Camba, no fuera a resultar que estuviese vivo y debiera presentarle mis respetos. Dirán ustedes que exagero, pero tampoco mucho. Camba, entonces, era un lejano cronista de reputación dañada (aquello tan lúcido de “los que ganaron la guerra perdieron la historia de la literatura” que dijo Trapiello, uno de sus exhumadores). Yo sabía que Camba había nacido en mi periódico, Diario de Pontevedra, y muerto consagrado en Abc. Pero apenas había leído algo de él. Así que para el discurso de entrega del premio busqué algunas palabras suyas que fueran de ocasión. Resultó ser un tormento, porque a medida que leía me encontraba con que Camba no escribía nunca para la ocasión, ni pontificaba siquiera discretamente, así que resultó tarea compleja escoger unos párrafos que valiesen para una ceremonia así.

Ahora pienso que la grandeza de un escritor se mide por el poco margen que deja en sus textos a que un desaprensivo se haga con un párrafo y lo convierta en discurso, moraleja o lección. Dijo el profesor José Antonio Llera que Camba sabía a la perfección los centímetros cuadrados de los que consta una columna. Esa exactitud el periodista la convirtió en arte; fue, así, un artista del espacio que no se concedió jamás lujo artístico en el texto, donde las piezas se encajaban como un tetris lento, irónico, subversivo a veces, siempre incorrectamente lúcido: “Hay que ver cuando una inglesa se pone a ser fea (…) Es fea de un modo rotundo, fundamental y definitivo. Parece como si a lo largo de su vida hubiera ido cultivando el horror de su cara y de su cuerpo con un cuidado especialísimo, procurando no omitir ninguno de los detalles que deben constituir una fealdad perfecta”. “Yo soy un escritor decorativo y me dedico a una literatura fácil, superficial y pintoresca”, anunció en su juventud en un gesto muy suyo de captatio benevolentiae. Y sin embargo, o quizás por eso, en sus crónicas se va regalando la vida de entonces: se deconstruye a partir de cierto hecho, desde una conversación en la City hasta un viaje en tren a Galicia, y durante el artículo se atisba su recomposición no siempre entera, no siempre agradable.

“Yo soy uno de estos hombres de café, y, como digo, cuando se proclamó la República, mis amigos me dejaron solo. ¿Qué otra palabra podría definir esta conducta más que la palabra traición? Después de una convivencia de quince o veinte años, yo había llegado a creer que mis amigos iban al café con el mismo espíritu que yo, y, de pronto, resulta que no habían ido nunca más que por falta de un sitio más confortable donde meterse, pero que su verdadera vocación no era la de hombres de café, sino la de ministros de Hacienda, Agricultura, Marina y Comunicaciones”. Y en este párrafo tan costumbrista esboza Camba su desolación por la República, que fue más ruidosa en artículos suyos a los que después restó la suficiente importancia como para dejarlos fuera de su antología. Intuyo, a fuerza de leerlo, que se acercaba al folio desprovisto de pasiones y debía de escribir al menos a dos metros de distancia de él para que no cayese ni una gota de sudor; al subvertir las emociones, uno despeja el paisaje y siente que descubre el mundo una y otra vez.

A mí me ha costado muchos años y mucho Camba saber que se escribe como se vive y nunca de otro modo. Que en el valor de una cierta escritura está también el de una forma de estar, y que esa lejanía que Camba adopta en el folio es con la que él se manejaba en París, Berlín, Londres o Nueva York al retratarlos poniendo en el punto de mira algo tan extravagante en aquella época como España. “Usted, como gallego, salió de los trotamundos”, le escribió Gonzalo Torrente Ballester a su muerte. “Identificado con la divisa nacional, recorrió las tierras europeas, trató a sus hombres y observó sus costumbres con los ojos entornados y la mano tras la oreja, la mano rascándose esa parte de la cabeza que no suele picar, pero que se rasca cuando lo que una haría de buena gana sería darle un puntapié. En frenarlo y en entregar la mano a tan inocente ocupación está el secreto del humorismo, y hay bastantes hombres que lo practican. Pero usted, además, sabía escribir. Tenía usted el secreto de la prosa ligera, centelleante; el secreto de los matices, de las caracterizaciones profundas y rápidas; y sus ojos y su cerebro sabían ver y comprender, de la confusa turbamulta de la realidad, lo escencial contradictorio”.

Periodismo es escribir tropezándose con el mundo. Camba lo ejerció sin pretensiones, y al acercarse al paisaje lograba que bajo su mirada siempre se apaciguasen las cosas. Esto es debido a la ironía con la que escribía, y también a un rasgo muy acusado de su talento: el de transmitir en directo, como uno de esos locutores de la Vuelta que van con el micrófono fuera de la ventanilla, la vida española. Al entrar en una escuela, en un bar o en Alemania, Camba retrata a sus contemporáneos y lo hace poniéndolos delante del espejo con cierta gracia, con cierta verdad. “Llegaba a un país cualquiera y, como me era indispensable trabajar un poco para sostenerme en él, me ponía a escribir artículos describiendo la impresión que me producían su vida y sus costumbres. Luego, bien porque yo me hubiese aburrido del país donde estaba o bien porque el país donde estaba se hubiese aburrido de mí –la cosa ocurrió más de una vez- tomaba el trole y me largaba con la música a otra parte”, cuenta. Anduvo, dice en este libro, paseándose por las capitales europeas hasta que estalló la Gran Guerra y partió a América porque Europa “comenzó a ponerse intransitable”. “Cuando yo creía estar observando con mayor atención a Inglaterra y a los ingleses, en realidad observaba más bien a España y a los españoles”.

Diez años después de aquel premio me presenté en la casa de Julio Camba en Vilanova de Arousa, hoy museo, y en la vieja vivienda de Pastor Pombo, uno de sus mejores amigos y padre de la ahijada de Camba, Lourdes. Uno de los primeros artículos de este libro, precisamente, hace referencia a las escuelas rurales y es especialmente cruel con ellas: su maestro era el padre de su amigo Pombo. “¡No hablaba mal de mi abuelo específicamente! Es que a don Julio no le parecía bien el sistema”, me dijo ella. Alejado del mar y las playas en las que ejerció de primer nudista, Camba languideció en su vejez sentado en el vestíbulo del Palace viendo el ir y venir de viajeros en un tiempo extraviado. Era ya un hombre en penumbra. Torrente le avisó días después: “Váyase tranquilo, querido Camba, a pesar de este olvido. Así las gastan aquí, donde la indiferencia sobrevive a la muerte, donde el talento es una incorrección imperdonable; pero ya sabe que para todo verdadero ingenio existe un renacimiento. Habrá un mañana para el de usted”.

Cuando se le preguntaba qué aspiración tenía en la vida, Julio Camba contestaba:

-No tener que escribir.

Este libro es lo más selecto del fracaso de Camba.

Prólogo a Mis páginas mejores, Pepitas de Calabaza (2012)

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El fantasma del Palace

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Su nombre es Camba

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El primer distópico

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Camba, por Ruiz Quintano

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Camba, por Umbral


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Escrito el 26.02.12 a las 12:48

Nostalgia de cuando estábamos vivos

El miércoles a Javier Espinosa le cayó un cohete en una ciudad en guerra, apartó los cadáveres de sus colegas y se puso a escribir la crónica de lo que había ocurrido.

Nostalgia de cuando estábamos vivos, en Elmundo.es


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Escrito el 25.02.12 a las 10:40

Oh Marbella

Dos de aquellos figurones que dejó Gil en testamento, Juan Antonio Roca y Marisol Yagüe, han estado careándose en los juzgados a cuenta de unos euros. De dinero en España, en los tiempos que corren, ya sólo se habla delante de un juez.

Oh Marbella, en Diario de Pontevedra


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Escrito el 24.02.12 a las 8:59

La familia bien, gracias

La familia Urdangarin inauguró ayer un modelo de nota de prensa conocido como «correo a los allegados», que es como se nos va a acabar llamando a los periodistas.

La familia bien, gracias, en El Mundo


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Escrito el 22.02.12 a las 8:51

CXXII

Lunes, 16 de agosto de 1999

Ni ministro ni conselleiro

María G. Eyo/Corresponsal

PONTEVEDRA. La cantidad de agentes de la Guardia Civil que custodiaban ayer la entrada al campo de fútbol de Baltar, en Portonovo, daban la razón a lo que ya estaba anunciado desde la Asociación Avante de lucha contra la droga. Un ministro y un secretario general del PP gallego iban a ser los capitanes de los dos equipos que se enfrentarían en un partido benéfico. Al final, ni Cuiña ni Rajoy.

El partido, que acabaría con un 1-1 que forzó una tanda de penalties, comenzó con media hora de retraso, por si acaso, pero no valió de nada. Desde la organización insistían en que Rajoy y Cuiña se incorporarían al juego a lo largo de la tarde, pero tampoco. Nadie supo explicar las dos ausencias e incluso se apuntaba que la mujer del conselleiro presenciaba el partido desde las gradas, así que su marido tendría que asistir.

También faltó Diz Guedes, delegado del Gobierno en Galicia. Y es que quizás ninguno de los tres ausentes quiso arriesgarse a vivir una situación como la que tuvo que pasar el sábado Cuiña Crespo, cuando intentó leer el pregón de las fiestas de Vilagarcía y le llovieron huevos y abucheos. Y es que asuntos como los polémicos referentes a los depósitos de Finsa en el puerto de Vilagarcía, el encoro del Umia o la empacadora de Vilaboa lleva a que algunos pontevedreses no tengan ganas de grandes alegrías.

El alcalde de Sanxenxo, Telmo Martín, y Xesús Palmou, conselleiro de Xustiza, hicieron de capitanes de los respectivos equipos. El del regidor, formado por políticos de todas las formaciones y por Javier Zaragoza, fiscal general anti-droga. El conselleiro en cambio, tuvo que lidiar con un cuadro mucho más heterogéneo, poniendo orden entre periodistas, policías y ex-deportistas.

De las gradas no se quiso bajar Francisco Villar, secretario de Estado para el Deporte, alegando que sufría una lumbalgia. Antes del encuentro, los dos entrenadores (profesionales ambos) alentaron a sus equipos. González Agís, técnico del equipo local y consciente de la capacidad de sus jugadores, les decía: «sin forzar, sin forzar y sin chupar». El presidente de la Diputación de Pontevedra, Manuel Abeledo, asentía.

Jesús Bea, que entrenó al equipo visitante, se mostró más agresivo desde el principio: «No quiero ver a nadie parado, vamos a presionar a muerte».

La principal paradoja se dio en la portería de los locales. Dos cancerberos se disputaban un sólo puesto. Por un lado, Telmo Martín, regidor popular de Sanxenxo, y por otro, Miguel Fernández Lores, el alcalde nacionalista de Pontevedra. No hubo disputas entre ellos. Al menos eso es lo que dijeron ante los micrófonos. Telmo Martín se metió tanto en su papel que incluso contestaba como los futbolistas de verdad: «el míster es el que tiene que decidir, elegirá al que esté mejor preparado».

Sin embargo, en el último momento, el alcalde de Sanxenxo cedió los bártulos a Lores y jugó en la defensa. «Es que si soy portero, no marco goles», se justificó.

«Tira para adiante»

Antes, al fútbol se jugaba a defender o a atacar, pero ayer, en el campo de Baltar, en Portonovo, el técnico de los locales quiso ensayar un nuevo sistema. Se llama TPA, y según explicó el entrenador quiere decir: «tira para adiante».

Desde el principio, Telmo Martín y Rafael Louzán, vicepresidente de la Diputación, comenzaron a destacar en el equipo de los políticos. El alcalde le puso ganas, pero Louzán fue elegido por los periodistas como el jugador «con mejor clase» y, además, marcó.

Mientras, Manuel Abeledo actuaba con contundencia en el centro de la defensa. Hasta que se lesionó. «Esto es por no comer marisco», sentenció Jose Luis Torrado, O Bruxo, que actuó de preparador físico con sus recetas de albariño y centollo de la ría.

En el equipo contrario, la defensa no llegó a acoplarse. Entre otras cosas, porque Xesús Palmou era una auténtica coladera. Le puso ganas, pero no pasó del intento. Incluso se atrevió con una fuerte entrada a Francisco Trigo, parlamentario del BNG, que saltó para evitar laspiernas del conselleiro.

Fernández Lores defendía su portería como un auténtico profesional, no en vano fue portero del Villalonga, pero cometió un garrafal error que culminó con el empate a unos. Manuel Jabois, corresponsal del Diario de Pontevedra en Sanxenxo, le batió por abajo después de una carrera en solitario. Al terminar el encuentro, el alcalde de Pontevedra explicaba: «Es que vi detrás de la portería a un amigo del colegio, lo estaba saludando y cuando miré ya los tenía encima».

Al final, con el empate hubo que recurrir a penaltis. Lores se vengó y le paró el último lanzamiento a Jabois. La victoria fue para los políticos, el equipo que tendría que haber capitaneado Rajoy.

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El penalti


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Escrito el 20.02.12 a las 9:54

Salir de huelga

LO QUE hicieron los sindicatos ayer fue salir a tomarle las medidas a la calle, que siguen más o menos como hace 10 años, y reencontrarse con las sensaciones de entonces, como un padre que regresa a casa y acomoda el culo en el sofá.

Salir de huelga, en El Mundo


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Escrito el 16.02.12 a las 0:10

Entrevista con Salinger

Es curioso que en la rueda de prensa que siguió a su encuentro con el presidente del Gobierno al jefe del PSOE no se le preguntase cómo está Rajoy, cómo lo vio y a qué dedica el tiempo libre.

Entrevista con Salinger, en Elmundo.es


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Escrito el 12.02.12 a las 9:18

Whitney

Tenía una belleza estricta y fundamental, por eso cuando no era más que una gacelilla asustada la depositaron en el París de Gainsbourg, que era el París de la pos Belle Époque, y el propio Gainsbourg se acercó a ella borracho de caerse para atrás en un programa de televisión para decirle que se la quería “follar”.

Whitney, en Elmundo.es


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