Escrito el 4.01.12 a las 4:03
Los nuevos pobres
España ha sido siempre miedosa del nuevo rico, aquel señor paleto que al hacer fortuna tenía por costumbre engordar como seña de bonanza y luego comprar un coche que se medía en metros cúbicos.
España ha sido siempre miedosa del nuevo rico, aquel señor paleto que al hacer fortuna tenía por costumbre engordar como seña de bonanza y luego comprar un coche que se medía en metros cúbicos.
Interrumpo dramáticamente mi celebración del año nuevo, un tanto plomiza –llueve en Galicia y las calles se nos llenan de bachilleres encorbatados; parece esto la noche zombi-, para desahogar una pequeña frustración.
Un día de septiembre de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, Galeazzo Ciano recibió a un ministro húngaro en sus despachos del Palazzo Chigi. “¿Piensa usted que ganará el Eje?”, le espetó el húngaro en medio de la conversación. Tras la visita, Ciano se abalanzó furioso sobre sus diarios: “El nuevo ministro de Hungría, M.Mariassy, es el tipo clásico del trepador de carrera, ceremonioso y creído. ¡Ha querido hacerme preguntas de orden político y ha comenzado por preguntarme si yo pensaba que el Eje ganaría la guerra! Me pregunto qué respuesta esperaba recibir del ministro de Asuntos Exteriores de una Italia en guerra, al que ve por primera vez en su vida. ¡Qué imbécil!”.
El Rey lamenta que su discurso de Navidad se haya personalizado. El de personalizar es un vicio en extensión que únicamente procede aplicar sobre la Monarquía, pues si nunca se hubiera desencriptado un discurso del Rey se diría que éste habla para las nubes.
La primera y más importante medida de Mariano Rajoy ha sido desprender al Gobierno de glamour, al menos de lo que se entendía antes como glamour.
Lo antiglamuroso, en Elmundo.es
Su mujer siempre le dice: “Sé tú mismo”. Ante cualquier consejo, él expone: “Yo soy como soy”. Y si se le pide que haga las cosas de otra manera, contesta: “No puedo ser quien no soy”. Después de treinta años en la vida pública y más de quince de ser nombrado ministro, tras ser fotografiado prácticamente cada semana más de la mitad de su vida, conceder decenas de entrevistas y patear los pueblos casi visceralmente en una estrategia deliberada para que en su cabeza cupiese no el Estado, sino el mapa municipal, una de las preguntas que suscitan más interés en España es saber quién es Mariano Rajoy.
Rajoy íntimo, en Diario de Pontevedra
A la tribuna del Congreso se ha asomado estos días Mariano Rajoy como quien va de picnic. Lo observa en directo Remírez de Ganuza, que dice que ante la insistencia de un valenciano (“vuelve a por más”, le ordenaron, y subió tristemente al cadalso como Luis XVI, marcando la página en la que detuvo la lectura), Rajoy estiró las piernas y se puso cómodo.
En contra de mis costumbres cuando juega el primer equipo, ayer hice noche en casa para ver al Madrid en pantuflas. Es un modo muy maguregui de ver al Madrid —yo me imagino a Maguregui atizando la cucharilla del colacao rodeado de nietos grandes como autobuses—, porque a este equipo sale uno a verlo por la tele como si se fuera a la guerra, con seis gintonics encima y la cara pintada.
Un día un amigo me dijo que yo le caía mal a otro con el que nunca había tenido problemas. Fue una noticia un tanto brusca, de ésas que tanto gusto da decirlas.
He dejado un tiempo prudencial tras la primera aparición de Guti con gafas para saber si éstas se afianzaban al menos una semana o pasaban al particular museo de lo efímero del madrileño, capaz de atravesar océanos de tiempo si lo dejan suelto en la peluquería.
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