24.02.10

Aznar o el ardor

Al encontrarse a una muchedumbre gritona que lo hostigó con tanta saña que llegó a usar el bable, José María Aznar mandó a tomar por el culo a todo el mundo en la Universidad de Oviedo levantando el dedo corazón. No sabemos si calculó bien los riesgos. Si en ese momento a Aznar le cae un donuts hubiera vuelto automáticamente al Aznar de 1993, aquel señor pálido y blandengue de bigote rupestre y alma de cabrero. No le cayó, y marchó a la conferencia envuelto en guardaespaldas con la tableta a salvo, protegida por pistolas.

El hecho merece explicaciones difuntas. Se ha dicho ya que el ex presidente llevaba sobre su dedo el peso de dos civilizaciones. De Aznar, como de Cristiano Ronaldo y como del cerdo, se aprovecha todo. Yo  de este asunto lo único que no entendí fue la sonrisa. A cierta gente la sonrisa le estropea la cara. Los mejores momentos de la estética aznariana lo revelan con el gesto endurecido prometiendo una guerra santa. El Aznar de espaldas al pueblo era un Aznar que definía sus posiciones faciales con el virtuosismo de un emperador. Se lo imaginaba uno con un tres cuartos de cuello alzado en noches aciagas por la callejas del poder, y de aquella cumbre nevada bajó levantando el dedo corazón, precisamente, para señalar a Rajoy y tirarlo a los leones del 14-M.

A Aznar, aun inmerso en maldades de patio de colegio, le sonrisa se le descuelga en la cara como un cuadro robado, y en el ejercicio de la peineta, que es un gesto señorial que nadie aprende en dos tardes, el gesto deviene en un cierto horror, como todo lo antinatural. Fabio Capello, de quien todavía hay que tomar en España grandes lecciones, como ésa de no permitir jamás que entre el ejecutivo y el pantalón se vea la pierna, hizo el mejor corte de mangas que yo recuerdo. Fue hace tres años y le puso revancha, rabia y no se concedió una sonrisa, sino que apretó los labios como si de un momento a otro fuese a romper a cagar en el mismísimo Bernabéu.

Aznar, al contrario que Capello, levanta el dedo con cierto garbo, y en lugar de echárselo a alguien a la cara parecer estar enseñándolo antes de ejecutar con él alguna acción escandalosa. Yo mismo, que he estado fuera de España y he visto la imagen sin contextualizar, pensé por un momento, visto el escándalo, las portadas y la sonrisa truculenta, que el ex presidente del Gobierno estaba anunciando para su conferencia un Dirty Sánchez, algo que ahora no me voy a poner a explicar aquí por respeto a mis lectores y por respeto, sobre todo, a mí mismo.


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22.02.10

Los próximos

A los «próximos» ha tenido que referirse Vanity Fair para poner las intimidades de los príncipes de Asturias en su boca. Cuando hablan «los próximos» normalmente habla el protagonista, que no se quiere rebajar a hacer declaraciones por cuestiones del cargo, por megalomanía o porque hay mucho imitador de Salinger con el interés de que todo el mundo sepa cómo es la vida de Salinger. Esas lecciones no hace falta aprenderlas con la monarquía. Un concejal de Sanxenxo me tenía media hora al teléfono hablando sobre licencias urbanísticas y acababa: «Pero esto no te lo digo yo, ¿eh? Ponle tú fuentes conocedoras de su intimidad o lo que sea». Y luego yo, que andaba a verlas venir, la montaba parda: «Fuentes próximas al edil aseguran que está molesto: ‘¡Cómo no voy a estarlo!». Uno ha de tener sensibilidad en tratar a los «próximos», porque su invisibilidad da la medida de muchas cosas, y conviene no menospreciar a quien es capaz de hablar de sí mismo imaginando que es una tercera persona la que lo hace. Más que nada porque a veces el propio entrevistado llega a nombrarse a sí mismo como si ya nombrase a otro, y adopta el papel de «próximo» con tanta pasión que acaba recordando, casi trastornado, las maldades de «ese señor», que son las suyas propias, y con tanta violencia y ensañamiento que termina rogándole al periodista el anonimato.


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21.02.10

Capullos

Descubrí el pudor tarde, en pleno ardor, poco tiempo después de que se me explicase en el recreo que hacerse una paja no era la tortura irreproducible que yo sospechaba, y por la que me había prometido permanecer virgen hasta el primer polvo, que ahora que la digo es una expresión bellísima.

Capullos, en FronteraD


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15.02.10

Un despido procedente

A ver cómo cuento esto sin que se me caiga el alma a los pies. El periódico llevaba un siglo en la calle Vázquez Lescaille, y aquello se nos iba cayendo a pedazos, así que cuando el Grupo El Progreso compró Diario de Pontevedra nos fuimos para Lepanto al año siguiente. Ocupamos todo bastante alborotadamente, porque éramos una redacción joven, y pronto tuvimos delante unos Macintosh con cuenta de correo y unas direcciones personalizadas muy cucas. Yo aprovechaba esto para enviarle de vez en cuando a un compañero mis comentarios agudísimos sobre las más variopintas causas sexuales y drogadictas en las que yo militaba entonces.

Un despido procedente, en FronteraD


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13.02.10

Cuando a doña Emilia un loro la llamó “puta”

Ravachol fue enterrado como un emperador: su cortejo lo encabezó la banda municipal, el orfeón de la Sociedad de Artistas y grupos de cornetas y tambores. Doce jinetes con faroles y grandes carrozas abrieron paso a la muchedumbre abatida.

Si entraba un cliente cuando el boticario don Perfecto Feijóo subía a la vivienda que tenía encima del negocio a tomarse un cafecito, el loro Ravachol quedaba al frente de la farmacia y bramaba:

-¡Perfeuto, cliente!

Si esa persona era un vecino de la aldea, el loro aclaraba:

-¡Perfeuto, paisano!

Si le veía pinta urbana, Ravachol decía:

-¡Perfeuto, señores!

Y si la que entraba era una mujer muy maquillada, el loro se quedaba mirándola fijamente y acababa advirtiendo:

-¡Perfeuto, puta!

Ravachol había sido el anarquista francés François-Claudius Koeningestein, un dinamitero más conocido como François Ravachol y cuya cabeza rodó por las calles de París tras poner una bomba en un café. Perfecto Feijóo no lo dudó cuando metió al loro en su botica en 1891. El nombre le venía al pelo, o a las plumas, a quien se encaraba con la mismísima Emilia Pardo Bazán, que un día lo amenazó con desplumarlo al ser recibida con procacidades. Cuando la marquesa parecía a punto de estrangularlo, Ravachol zanjó la bronca por las bravas:

-¡Puta!

El loro hablaba gallego. Según se relata en el Museo de Pontevedra, Filgueira Valverde llegó a decir, irónicamente, que Ravachol quizás fuese descendiente de los papagayos que venían en la flota franco-española procedente de América, hundida en 1702 por la anglo-holandesa en el estrecho de Rande. De aquel desastre relató Filgueira que se salvaron las aves, y una de ellas fue rescatada en Pontevedra y expuesta en la Plaza de la Villa. Allí se hablaba gallego, ya que, escribió Frei Martín Sarmiento, la Plaza estaba llena de vendedoras, y el papagayo no aprendió otro idioma que ése. Cómo consiguió transmitírselo a sus descendientes es algo que no llegó a explicar Filgueira.

Su frase favorita era «Se collo a vara». Con ella imitaba a su dueño, que lanzaba la frase esgrimiendo la vara y amenazándole con golpearle. José Luis Fernández Sieira relata un caso de celos, cuando enfrente de la botica montó peluquería Vicente Barreiro con… ¡otro loro! Ravachol se lo tomó con mucha filosofía:

-¡Barreiro, mata a ese loro! ¡Barreiro, mata a ese loro!

Si un cliente abría la boca él se adelantaba para decir lo que creía que iba a pedir («¡un patacón de manesia!») o avisaba al azar de que en la botica no se dejaban deudas: «¡Aquí non se fía!». Con Eugenio Montero Ríos mantuvo una relación turbulenta. Le decía «Vaite de aquí, larpeiro», y una tarde se lo llevó Perfecto Feijóo a la famosa finca de Lourizán de quien fuera presidente del Gobierno, y allí, reunido don Eugenio con próceres políticos en una reunión informal, el loro estalló: «¡Ladrones, ladrones!». A Emilio Castelar lo llamaba «demo das barbas». Ravachol llegó a participar en una obra de teatro con papel propio, de la que fue apartado por soltar ‘morcillas’, y saboteó un sermón misionero que dos religiosos ofrecían en el atrio de la Peregrina. Cuando descubrieron que había sido él, cantó e hizo las plegarias como correspondía. Una noche que se fugó de casa, vaciló a un sereno  muerto de terror. Ravachol  se delató finalmente por la cadenita que arrastraba, y fue detenido y pasó la noche en el depósito municipal.

El rosario de historias del loro es inabarcable y de él dieron cuenta los mejores memorialistas pontevedreses del siglo XX, como Prudencio Landín.

Ravachol se sintió indispuesto entre el viernes 24 y el sábado 25 de enero de 1913, y Diario de Pontevedra dio el lunes 27 la terrible noticia: «El loro de D. Perfecto ha muerto. El Ravachol ha dejado de existir rodeado de los más envidiables mimos y halagos. ¡Pobre lorito!». Habían pasado 22 años desde que llegó a la ciudad.

Se dijo en la prensa de la época que era «espanto de princesas y pescadoras» y que en Galicia «tenía justa nombradía». La noticia corrió como la pólvora entre la Pontevedra pujante de principios de siglo y se sucedieron los rumores: alguien lo había envenenado harto de sus insultos o el loro murió, en definitiva, por una agonía provocada por un empacho de bizcochitos mojados en vino. Era víspera de Carnaval, y del luto por el loro y la fiesta de los disfraces y el espíritu gamberro, satírico y procaz del Entroido salió, como se podía prever, un entierro multitudinario y disparatado: el acto luctuoso más bufo de Pontevedra en su historia.

Se honró al loro como si se honrase a un rey. Hubo primero un velatorio en la botica de don Perfecto, enfrente del Santuario da Peregrina. Entre los vecinos de la ciudad y las muchedumbres que bajaron de las aldeas para despedir a Ravachol hicieron falta guardias para labores de contención. Tuvo que ser trasladado a un lugar más amplio: un local cedido por la Sociedad Recreo de Artesanos, en el edificio sindical. Francisco Moya fue el encargado de embalsamarlo, y el cadáver fue colocado en una mesa cubierta de flores en la propia farmacia. Allí, don Perfecto Feijóo fue recogiendo las muestras de pesar y condolencia de los cientos de pontevedreses que se acercaron, y de todas partes de España empezaron a llegar cartas y telegramas. Por la sala mortuaria desfilaron las primeras autoridades civiles y militares.

El día del entierro el loro estuvo expuesto en «una capilla ardiente admirable, con faroles, flores abundantes, blandos blandones y cubriéndolo todo un hermoso y disecado búho», escribió Ramón Rozas en el Libro de Oro del Carnaval publicado por este periódico. Ese mismo día una proclama llamó a la ciudadanía a concentrarse en la Plaza de la Constitución (hoy A Ferrería). La prensa gallega dio cuenta del acontecimiento. Diario de Pontevedra contó: «La gran comitiva que se preparaba: amigos de Don Perfecto, del club Machada de Vigo, burros y burras de Caldas y público en general». En el bando publicado se añadió la celebración en el Circo-Teatro de «una criminal velada que correrá a cargo de unos cuantos conocidos atropelladores del arte cómico-lírico-rapsódico-romántico-sentimental».

Se pusieron entradas a la venta: las sillas a 0,75 pesetas, la entrada general a 0,40 y los palcos a 4. En el cortejo fúnebre por las calles de la ciudad estuvo la banda municipal, el orfeón de la Sociedad de Artistas y una banda de cornetas, tambores y gaitas del país. La cabalgata la encabezaron doce jinetes con faroles encendidos, carrozas y los contertulios de la botica. Fue, con el punto final de los amigos de Perfecto Feijóo cantando, recitando y tocando en honor al loro, una «gran marcha macabra triunfal, coreográfica y apoteósica». El difunto fue llevado a la finca de O Padronelo que el boticario tenía en Mourente. Allí siguió siendo recordado durante años, y prueba de ello es una imagen delirante en propiedad del Museo de Pontevedra en la que aparecen Alejandro Mon y Landa, Víctor Cervera Mercadillo y Perfecto Feijóo en pose sensacional, acaso una teatral representación del rezo que por los siglos de los siglos se le ha de hacer al Ravachol, loro iconoclasta y descarado.

Fue enterrado como un emperador: su cortejo lo encabezó en 1913 la banda municipal, el orfeón de la Sociedad de Artistas y grupos de cornetas y tambores. Doce jinetes con faroles y grandes carrozas abrieron paso a la muchedumbre abatida.

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12.02.10

Plumaxe

James Joyce e Marcel Proust atopáronse unha vez na súa vida, máis alá da medianoite do 18 de maio de 1922 no hotel Majestic. Naquela cea andaba Picasso, que se emborrachou ata quedar durmido, Stravinski e Joyce, o único que non fora de etiqueta e que só amosaba interese por falar do seu Ulysses, que saíra tres meses antes á rúa. Os anfitrións, Violet e Sydney Schiff, viron chegar de pronto “un home pequeno e sixiloso, metido nun abrigo de peles, que se movía como unha rata”. Xa escribira Na busca do tempo perdido, era unha celebridade maior que Joyce e faltábanlle meses para morrer. Sentáronse un ao lado do outro. Joyce contou anos despois que o único que se dixeran fora “non”. O francés preguntoulle se coñecía a tal duque e Violet Schiff preguntoulle a Proust se lera algún capítulo de Ulysses. “Non” a todo. Pero hai ata seis versións desa breve conversa. Proust debeu mostrarse displicente, porque Joyce, que marchou espantado do seu enterro entre duques, marqueses e baróns, dedicoulle logo algún recado: “Os lectores chegan ás frases de Proust antes de que el termine de escribilas”. A historia está en Proust at the Majestic, un libro de Richard Davenport-Hines co que fixo un traballo espléndido no diario La Nación Tomás Eloy Martínez, morto hai uns días. “Eran aves de plumaxe tan distinta que só se mancarían”, escribiu o gran xornalista.


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11.02.10

No hay nadie más que tú

Llevo un par de días colgado de Google por si aparece, como esos cadáveres violáceos que suben del fondo del océano pasados nueve días, el párrafo que encierra la melancolía heroica del nacionalismo. Vino a cuento de una historia que publicó El Mundo sobre Imanol, condenado a las galeras del exilio por cantarle al cadáver de Yoyes, aquella etarra que colgó el fusil cuyo recuerdo despertó asperezas en una película rodada hace diez años; yo la vi hace tiempo y recuerdo que Ana Torrent hizo un papel espléndido.

En ese reportaje se lee la voz del periodista, que es la voz en off del pueblo defendiéndose en caliente: «Le decían que no era vasco. A él, cuyo padre esquivó las bombas en Gernika. A él, que pasó seis meses de cárcel por militar en ETA. A él, al que no permitían hablar castellano en casa. A él, que fue la voz que puso letra a Euskadi durante años». ¡Si será vasco Imanol!

El problema de darle grados a la patria es que uno siempre acaba parodiándose. Se empieza sacando sin sentido un raro pedigrí de la familia y se acaba agitando en el aire el carnet de ETA como baza final con la que desmontar argumentos contrarios terribles.

Los gallegos, como los vascos y los catalanes, siempre hemos estado bajo gradación. Se nos mide como al whisky. Hay quien te mira fuera preguntándose si no serás demasiado gallego y quien te observa dentro preguntándose si no serás demasiado español; y viceversa. Cómo lo miden a mí eso me resulta imposible imaginarlo, pero yo lo noto porque no se puede ser al mismo tiempo gallego, español y tonto, no al menos todo junto. De vez en cuando esa presión se hace carne en las encuestadoras telefónicas que cada seis meses te preguntan si tú eres más gallego que español o más español que gallego.

Camba, al que también atormentaban con dudas metafísicas, respondió una vez que él era un hombre nervioso.

La frase sobre Imanol, ¡que pasó seis meses de cárcel por militar en ETA!, se incrusta en el prolongado esfuerzo de melancolía de los pueblos y sus leyendas, entre las que dentro de cien años estarán los terroristas junto a tantos otros mitos desvirtuados por la Historia. Quizás, mirándolo con cierta desolación, sea una frase desafortunada por una razón más inquietante que la de la traición sentimental del subconsciente. Quizás, digo, sólo se ha escrito un siglo antes del que debiera. Cuando acabe el pudor, unos seguirán llorando a sus muertos y otros andarán por ahí celebrando a sus héroes en los periódicos.

Yo creo que el ‘ellos y nosotros’ sobre el que el nacionalismo vasco fortificó su plaza y condenó a los infieles ha sido siempre el hilo argumental del que ETA ha tirado para trazar la línea imaginaria que separa no al buen vasco de quien no lo es, sino al que lo es del que no tiene la suerte de serlo. Se sustituyó la geografía y el sentido común por un concurso de méritos, me parece a mí, dirigido por unos encapuchados que acabaron como se les veía a leguas que iban a acabar: vendiendo cocaína y abriéndose perfiles en Facebook.


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10.02.10

Fresas con azúcar para don Gonzalo

Lois Caeiro, en El Progreso y Diario de Pontevedra

Con total expresión de tristeza, como voluntariamente solo, aislado en medio del ruido de la gente que se movía de salón en salón en lo que era un homenaje al escritor en Santiago: la entrega del premio Gallego del Año. Es la última imagen de Torrente Ballester vivo que me queda. «Imos vellos, Loisiño», me había dicho la noche anterior mientras me abrazaba en la recepción del hotel; nos habíamos saludado al bajar del coche y había caminado del brazo, hasta la recepción, con Fernanda, su mujer, y un hijo muy joven que luego nos presentaría.

Aquel largo abrazo en la recepción del hotel, mientras esperábamos las llaves, con la perspectiva del tiempo lo vi como una despedida. Cálida y familiar. Atrás quedaban unos treinta años de buena relación.

La retirada voluntaria o necesaria del ruido ambiente en el cóctel del homenaje, aquella expresión de soledad, era el rostro del hombre que da por finalizada una etapa. Sabe que tiene por delante una tarea nueva.

Juan Carlos Pery, hijo del almirante que le resolvió un problema a Adolfo Suárez cuando aceptó sustituir a Pita da Veiga como ministro de Marina tras la legalización del PCE, me pidió allí que le presentase a Torrente. El viejo escritor estaba sentado al lado de una puerta. Daba la impresión de que sufría. Habló un rato con Juan Carlos Pery. Le preguntó por su padre; habían sido amigos. Quiso saber si también él era marino…, la ingeniería de Caminos no pareció interesarle a Torrente. Estaba plenamente lúcido, recordaba y preguntaba. Lo dejamos sumido en la soledad que parecía buscada.

La noche anterior habíamos cenado juntos. Estuvo animado, con golpes de buen humor y socarronería, como cuando una señora muy elegante, que se encontraba en la mesa de al lado, se acercó para, cortésmente, felicitarle y declararle que era lectora suya. La miró de arriba abajo, le dio las gracias y, con Fernanda al lado, me lanzó a mí el mensaje que iba para la señora: es una pena, pero ya voy muy viejo. La capacidad de seducción no la había perdido.

Hizo un recorrido desde aquel primer encuentro en Madrid. Me preguntó por Xoán González Millán, «el chico que estaba contigo cuando comimos la primera vez»; le conté que, por razones de amor, se había quedado en Estados Unidos como profesor y que se había dedicado a fondo a Cunqueiro. Torrente defendió siempre el Nobel de Literatura para el creador de Mondoñedo. Aseguraba que lo hubiese obtenido si escribiese en otra lengua.

Para que Franco pudiese entrar vestido de almirante en Ferrol se produjo la Guerra Civil. Tan original y psicológica hipótesis del desencadenante último de la contienda civil es del escritor ferrolano. Cuando don Gonzalo la contaba, como si se tratase de un hecho constado científicamente, sonreías por lo inimaginable. Replicaba que sólo conociendo a fondo la sociedad ferrolana se podría entender la realidad de su razonamiento. Ser marino era, no sé si sigue siendo, lo máximo con lo que soñaba el sector militar ferrolano. Pertenecer al Ejército, aunque llegase uno a general, era algo menor en aquella ciudad. A Franco le negaron la entrada en la Marina y cuando, todavía en plena guerra, volvió por vez primera a Ferrol, entró triunfante vestido con el uniforme de almirante. Ahí se explica que quisiera ser generalísimo de los ejércitos de tierra, mar y aire: para poder vestirse de almirante y pasearse así ante los ferrolanos. Cierto es que Franco se dio prisa en visitar Ferrol. Y lo hizo con uniforme de almirante. Un psiquiatra con aficiones literarias podría decir algo del uso de ese uniforme que no le pertenecía. Tal como lo contaba Torrente, Franco se vengó aquel día de aquella sociedad ferrolana, que hasta entonces no lo había valorado por no ser marino, a pesar de su brillante carrera militar. Torrente de psicología y pisquiatría sabía, lo demuestran sus obras.

De Ferrol conocía casi todo. El ferrolano como variante idiomática, acuñada por él, tanto para el mejor castellano que se habla en Galicia, y también del bueno de España, como para un gallego, ya entonces excesivamente contaminado. Ferrolano era su mundo de infancia, de familiares relaciones con la Armada inglesa, con América, con La Habana o Buenos Aires; de proximidades con Inglaterra, Londres… La sociedad gallega de sus obras, el mundo que en ellas domina, tiene además otras importantes y fundamentales procedencias gallegas : Pontevedra, Santiago, O Morrazo.

Ese ferrolano le permitía escribir el mejor castellano con la mejor música, para leer en alto, para escucharlo, como a Valle Inclán, aunque la música de la Ría de don Ramón no es ferrolana. Pero es como las notas de la frontera que Carlos Núñez trajo en su primer disco envueltas en nieblas del otro lado del océano. El músico que puso aire de funeral irlandés en el cementerio de Serantes, cuando tanta gente desde todo el país fuimos a despedir a don Gonzalo. Vino también Saramago, que entró en la iglesia cubierto con una capa. Alto, elegante. Sabiéndose mirado por casi todos, avanzó hasta las primeras filas. Ya había empezado el funeral religioso.

Era una bonita mañana de invierno. Ferrol, para Torrente, además de todo ese mundo, era una ciudad geométrica, trazada racionalmente. Eso nos contó más de una vez.

Escribió al margen de modas e imposiciones, como la del realismo social. El reconocimiento le llegó muy tarde. El Don Juan que cité con entusiasmo en el primer encuentro, como su gran novela, y en eso coincidíamos, nada tenía que ver con la estética dominante. La Saga/fuga entró por ser obra total y porque el mundo de Macondo se había apoderado de España. Frente a la dictadura de las modas, el aplauso social le llegó tarde. Pero llegó, aunque en buena medida se le debiese al éxito en televisión de Los gozos y las sombras y a que el realismo mágico se impuso, vía boom suramericano. Por lo tanto, políticamente aceptable.

De la crítica no creo que estuviese satisfecho. Rafael Conte, en Informaciones y en El País, siempre escribió con entusiasmo de la obra de Torrente. Hay que decirlo por justicia para aquel gran periodista. En su tierra encontró un minoritario pero muy activo frente de rechazo a su condición de escritor gallego. Su herramienta literaria era el castellano. Hasta alguna que otra bofetada me lanzaron a mí por defender la galleguidad de su obra, tal como lector compulsivo de Torrente lo sentía entonces, lo entendí después y lo mantengo ahora. Cómo se le puede negar la condición de gallego conociéndole y leyendo su obra. Él lo arreglaba diciendo que no dominaba el gallego como para escribir novelas. Hablaba y escribía el idioma del país. Y lo defendía. Estaba situado en la vida, más allá de los límites provincianos, como gallego. Hacía inevitablemente la referencia al ferrolano.

Intentó el gallego, parece ser, con la Saga/fuga, a sugerencia de Ramón Piñeiro. Pero no fue posible. Tampoco le dolían prendas para decir que si lograse crear su obra en inglés, lo haría. Por puras razones de mercado. Y hablaba de las tiradas de los libros en EE UU. No creo que lo intentase nunca. Ni con La isla de los jacintos cortados, aunque aquellas estudiantes americanas que él tuvo debían leer español

Tuvo siempre encima la losa del falangismo por su vinculación al grupo de Ridruejo. Se desencantaron bien pronto y marcaron distancias con el régimen. Hay un pasado anarquista y de militancia en el galleguismo. La cuestión falangista era un tema del que no huía: fue una ilusión de juventud a la que agarrarse cuando en aquella España todo se desmoronaba. O hay pruebas contundentes o meter a Torrente en otros fangos de aquella época es una inmoralidad.

Le escuché más de una vez contar su regreso a Galicia desde París, tras el inicio de la Guerra Civil, que le cogió en la capital francesa. La sorpresa de encontrarse a viejos amigos, conocidos personajes, vestidos con camisa y correaje de falangistas. Le oí hablar del ambiente de miedo por la propia vida, de la primacía del sentimiento de supervivencia, de las responsabilidades familiares. Frente a la mancha de su colaboración con el franquismo, fundamentalmente con el llamado grupo Escorial, aparece su distanciamiento temprano, lo que evidencia la ausencia de todo oportunismo. La expresión posterior de ruptura, con firma de manifiestos y solidaridades, tuvo un coste laboral y de silencio. Perdió su empleo de crítico teatral y lo echaron como profesor de una escuela militar en Madrid. Estas y otras razones personales -la falta de éxito como escritor- explican que tomase el camino de Estados Unidos como profesor. Fue justo, en su regreso de nuevo a España, cuando lo encontré en Madrid y lo entrevisté en mis inicios periodísticos, todavía estudiante .

El primer encuentro con don Gonzalo Torrente Ballester fue en el Vips de Princesa, en Madrid. Le esperamos allí Xoán González Millán y yo durante algo más de una hora. Torrente no apareció. De regreso ya a la residencia de los jesuítas en Rosales pasamos por delante de una cafetería en forma de hexágono del hotel Meliá Madrid. Allí, pegado a una cristalera, estaba Torrente leyendo periódicos. «Ya me he leído dos veces el ABC y me disponía a almorzar. Creí que no veníais», nos espetó el escritor como saludo de quien se sentía molesto. Tuve que aclararle que no habíamos quedado allí. Le había propuesto la cafetería Vips, próxima al lugar. No la conocía. Le gustó y pedía una para Vigo. En Vips, al fin, pasamos el tiempo de un aperitivo, la comida y una larga sobremesa, «tres horas largas y las recuerdo como un examen de reválida llevado muy de prisa». Lo contaría él luego en Cuadernos de la Romana, que publicaba los jueves en la última del suplemento de cultura de Informaciones. «Creo que a los diez minutos ya éramos amigos», escribió en la primera entrega de Cuadernos de la Romana (Destino, 1975). Fue un largo y detallado examen de su obra con acompañamientos de estructuralismo, que dominaba; de teología y moral, para el Don Juan; de sexo, como una dominante en la obra y en la vida. A partir de ese día vinieron otras muchas citas en Madrid con el escritor que residía en Vigo y que nos convocaba en sus viajes a la capital. Tuvo el detalle de enviar una invitación a un estudiante, como era yo entonces, para asistir el acto de ingreso en la Real Academia. Demasiada solemnidad y tiros largos para un tímido con melenas.

Todo empezó en el parque del Retiro el día anterior a ese largo encuentro en la cafetería de Princesa. Vi de frente a un señor que podía ser Torrente Ballester en el paseo de la feria del libro. Acababa de regresar de su estancia en los Estados Unidos. Los gozos y las sombras no habían llegado a televisión y la fama y el conocimiento público del escritor eran minoritarios. «Anda coño, uno que me conoce», fue la respuesta cuando le pregunté si era don Gonzalo Torrente. Tras presentarme como estudiante, acordamos la cita del día siguiente.

La primera referencia del escritor ferrolano la encontramos en la revista Destino. Era la carta de un lector catalán que hablaba maravillas de la trilogía de Los gozos y las sombras. La crítica no la había recibido. No había noticias. Y de ahí seguimos con tardes en la biblioteca de Comillas-Canto Blanco, donde iban apareciendo aquellos textos que le vinculaban con el falangismo y también las primeras obras, Javier Mariño, el buen manual de literatura…, o la lectura del Don Juan mientras los jesuítas nos retiraban a La Moraleja para reflexionar. Ya no le llamaban ejercicios de San Ignacio ni sembraban el terror del sufrimiento eterno. Era un placer viajar en aquel silencio por las páginas del Don Juan en un auténtico retiro del mundanal ruido.

Una mañana de verano le acompañé en Santiago a la secretaría de la Universidad. En la hora de la jubilación necesitaba un certificado de sus tiempos de profesor en este centro. El trato en la ventanilla y en la puerta de un despacho -no nos dieron paso- fue de estricta y fría burocracia. Que yo invocase el nombre del escritor no sirvió de nada. Nos fuimos molestos. Él dando algún que otro golpe con el bastón. El malestar lo rompió un grupo de estudiantes que salía de un aula de un curso de verano. Lo rodearon. Nada que ver con el clima que acabábamos de encontrar y que a él no le sorprendió. Entre las estudiantes estaba una joven y guapa Carmen Becerra. Hoy es profesora universitaria y gran experta en la obra de Torrente. Es la comisaria de la exposición que se inaugura hoy en Salamanca. Creo que en aquel pasillo se conocieron. Comimos en el Estanco y el postre fue de fresas con azúcar. Las sigo pidiendo así.


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9.02.10

Sólo es nuestro lo que perdimos

En la fotografía Roger Federer llora dirigiendo la mirada al trofeo que acaba de perder. Parece incluso sorberse los mocos. Es una imagen que agota los adjetivos. Es una lección inmensa, probablemente la mayor que haya dado un campeón. Australia 2009. Roger tiene en la muñeca un reloj de su patrocinador que se ha puesto al acabar el partido. Ha cumplido el contrato y creer haber cumplido una época. Toda esas lágrimas las tragó un año antes, en Londres. Allí Federer defendió la corona en la superficie que le ha dado gloria y honor, y Nadal la asaltó con la violencia con la que los ejércitos jóvenes bajan un imperio. No fue un partido, fue Ana Karenina. El campeón defendió a trastazos su brizna de leyenda en el pasto donde la crió y le dio forma y el aspirante exhibió la fortaleza moral de una apisonadora que avanza con la seguridad de un panzer. Llovió y se hizo de noche, y desde que los dos salieron a la pista hasta que acabaron pasaron siete horas, cinco sets y dos tie-breaks. El primer punto de partido de Nadal lo resolvió Federer entre tinieblas restando a la línea. Así se va gestando uno la fama. En Australia volvieron a encontrarse en el quinto set y Nadal pasó por encima sin muchas consideraciones. Lo peor del hambre es que uno delante de la mesa pierde las formas. Y al acabar el partido, Roger, con el reloj en la muñeca, hizo algo asombroso: empezó a llorar sin consuelo. Fue la mejor noticia del partido; fue una noticia extraordinaria. En ese momento de su vida Roger hubiera cambiado las riquezas del mundo por un set que lo devolviese a la cima, en la que ya no estaba. Borges escribió: «Sólo es nuestro lo que perdimos (…) Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos». Roger lloró como habría llorado hace veinte años en alguno de esos torneos alevines de Basilea. Probablemente hay alguna foto de él con las manos en jarra, la cara encharcada en lágrimas y la mirada perdida en la copa que levanta el rival. En su tránsito hacia la leyenda, no se sabe cómo, Roger mantuvo intacto al niño que cogió la primera raqueta. De esa imagen a la de 2009 sólo le separa un reloj. Hace dos semanas aterrizó en Australia, un año después, y arrasó el Grand Slam con la voracidad de una bestia.


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8.02.10

Telmo Martín

El viernes por la noche setenta periodistas de Pontevedra se reunieron en su cena anual de confraternización y pelotazo para celebrar a su patrón. Unas horas antes el PP envió a radios, televisiones y periódicos un vídeo en el que Telmo Martín decía: “Los medios son unos hijos de puta”. Hombre, se han visto campañas de imagen mejores. El PP ha dicho que aquello era una conversación informal, que no es que apareciese Martín felicitando el patrón a los periodistas sentado en un sofá con la foto de la familia y una bandera de España. A mí ya digo que no me molesta. Yo me retiraré a cultivar amapolas en Afganistán el día que un político me diga que soy lo mejor que le pasó en la vida. Lo que sí me irrita un poco es la frialdad de Martín pidiendo disculpas. Tuvo poquita ambición. Lo normal hubiera sido decir, qué sé yo, que se estaba refiriendo a los medios del Barça, que no la dejan tocar, o a los medios de rescate de Haití. Porque el insulto, a estas alturas, es innegociable. Al fin y al cabo hoy en día si estás en el PP y no llamas a alguien “hijo de puta” delante de las cámaras no eres nadie. Los ‘populares’, por decirlo de otra manera, han decidido encarar las Generales 2012 volcados en la doctrina chanante, que se resume en el estribillo de Joaquín Reyes Ernesto Sevilla: “Hijo de puta hay que decirlo más”.


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