2.08.10

Ni lágrimas, ni reproches

Bajo de Internet el “Poema de los dones”, de Borges, recitado por él mismo. Esa primera estrofa: “Nadie rebaje a lágrima o reproche…” es magnífica, y ejemplo de un tipo de actitud que apenas se encuentra en literatura. “Ni lágrimas, ni reproches”, he aquí una divisa que querría para mi escudo, para estas páginas. -Iñaki Uriarte-

“Ama ha tardado casi una hora en contarme su operación de cataratas. No me ha preguntado por lo mío. No quiere saberlo. No se lo he impuesto. Borges dijo una vez que el único deber que tienen los hijos para con sus padres es el de ser felices, no el de obedecerlos o respetarlos. ‘Ese médico está chiflado’, le dijo a María su madre cuando se enteró de que su hija tenía cataratas. (…) No veo claro que el único deber que tengamos para con nuestros padres sea el de ser felices. Ni que constituya un deber nuestro, ni que ellos se conformen con eso. Suelen querer otras cosas, por encima de nuestra felicidad. Por ejemplo, que nos convirtamos en personas prestigiosas, importantes, y que nuestro relumbrón les alcance, aunque sólo sea para presumir delante de sus amigos. ‘El Estado son las amigas de mi madre’, he comentado a veces. Las mayores presiones para que te mantengas dentro del sistema y logres un lugar importante en él provienen de las relaciones sociales de tu madre. Recuerdo una película de James Cagney que termina con el pobre hombre rodeado por la policía, subido al tejado de una refinería en llamas, a punto de explotar, mientras grita: ‘¡Mira, mam, mira! ¡Estoy en la cima del mundo!”.

No es fácil escribir sobre Diarios 1999-2003 de Iñaki Uriarte sin pasar a citar directamente el libro entero. O dicho de otro modo, emprender esa penosa tarea de reseñarlo, cuando objetos así toda la vida se han reseñado solos. Una editorial “con menos proyección que un cinexín”, como se define Pepitas de Calabaza, con el aviso de unas palabras de Enrique Vila-Matas fueron la rampa desde la que Uriarte, hombre de biografía oficial escueta (“nació en Nueva York -1946-, es de San Sebastián y vive en Bilbao”), ha convertido su pieza, los diarios comprendidos entre 1999 y 2003, en uno de esos descubrimientos feroces que recorren las librerías como la corriente eléctrica. Partiendo del magisterio de Pla (“hay que escribir como se escribe una carta a la familia”) y el aliento de Montaigne, el autor vasco se pone a desmenuzar su vida como ese mendigo que desmenuza el pan de ayer para dar de comer a las palomas.

“A éste le gusta la carne. Va a Inglaterra para acostarse con una de esas forzudas rebosantes de músculos que aparecen en Internet. Paga el viaje y 50.000 pesetas más por pasar con ella una noche en su gimnasio de Londres. Al otro le atraen los huesos. Acude por la noche con la chica a la consulta del padre y se masturba mientras contempla su esqueleto bailar a través de la pantalla de rayos X. Los dos me lo cuentan encantados. Son de esos secretos que no tienen sentido si no se revelan a alguien”, escribe Uriarte, cuya faceta de cronista social es todo lo ácida y desapegada que se exige. Divertidísimos sus apuntes sobre Pérez-Reverte al querer embestir con un cabezazo a un articulista contrario, Juan Manuel de Prada –“trepador, jovenzuelo prodigio, buen escritor en el peor sentido de la palabra escritor” o Jon Juaristi, quien presenta el libro de un amigo hablando mal de él y cuando allí se sugiere tomar una copa después del acto, la mujer del ensayista vasco lo agarra del brazo y le dice: “No vamos. Ya has hecho bastante el ridículo por hoy”. Son punzantes los encuentros con sus amigos políticos: uno de ellos le dice que está encantado con el pacto de Lizarra porque “lo verdaderamente malo han sido los 20 años de fascismo y nazismo que hemos vivido”. “Esos 20 años”, escribe Uriarte, “de los que 15 hemos estado él y yo todas las noches de copas sin hablar apenas del asunto y pasándolo en grande”.

Uriarte se escribe a sí mismo y se escribe a través de los demás; se escribe desde sus lecturas y desde la posición privilegiada del que “ya no conoce a ningún tonto” porque no trabaja y eso le ha ahorrado tratos con gente indeseada. De su libro sobresale una mirada libre y desencantada, que avanza pese a las contradicciones, porque ya dijo Fitzgerald que la mente de talento es aquella capaz de albergar al mismo tiempo dos ideas diferentes y no dejar de funcionar al mismo tiempo. “El estilo directo, claro, llano, tiene su riesgo. Es como llevar poca ropa. Hay que estar muy bueno o muy buena para decidirse a usarlo en público. La mayoría de la gente ofrece mejor aspecto cuando va vestida. Algunos sólo se salvan disfrazados”, escribe.

Quizás uno de los grandes méritos del libro es que, al contrario de tantos ejemplos desperdiciados de autores apabullantes que no hacen girar la rueda de su escritura a causa de la pesada digestión de sus lecturas –saber tanto no es malo: lo malo es querer hacerlo saber todo al mismo tiempo-, Uriarte encuentra siempre un momento para decirlo sin preámbulos exagerados ni esdrújulas pomposas: “Una de las cosas que más gracia me han hecho en mi vida es conocer lo que comentó muy serio y muy solemne Mr. Prud-homme, el personaje de Monnier, la primera vez que vio el mar: ‘Tal cantidad de agua roza lo ridículo”.

Iñaki Uriarte tiene a su favor el anonimato: las grandes voces suelen empezar a escucharse desde no sabe uno dónde, y así empiezan a seguirse en la noche. Hay caminos en estos diarios donde uno podrá encontrarse y desencontrarse, pero en los que jamás echará en falta una palabra y siquiera una coma. Quiere decirse que están espléndidamente escritos y que se leen a tragos. No son las reflexiones que Pla atribuiría a “un intelectual”, que él detestaba “en tanto que intelectual”, sino las de una inteligencia nada apurada que ha sacrificado la vastedad por la precisión, lo cual tiene un mérito terrible tratándose de un hombre extraordinariamente leído. Al fondo de esas páginas se adivina la honestidad con uno mismo, que es el pacto definitivo al que se llega sólo a ciertas edades. Y un humor desesperado e inteligente (“nunca sabes para qué te consideran útiles los demás”), bien engrasado, como esas máquinas de coser antiguas a las que basta con apoyar ligeramente el pie en el pedal para que echen a andar con la cadencia de una locomotora, como cuando esboza el esprit des toilettes (“en una cena, cuando alguien se ausenta para ir al baño, regresa siempre con más ímpetu a la conversación, con los argumentos que se le han ocurrido mientras meaba en soledad”), o cuando se refiere, casi de pasada, a la lejanía: “Nunca me acostumbraré a la distancia que existe en algunas personas entre sus peroratas morales para el público y la deshonestidad con que actúan en la vida privada. A lo que sí me he acostumbrado es a que sean amigos míos”.


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1.08.10

Tuneo

Yo no quiero avasallar, pero hace años una chica me escribió un correo en el que venía a decirme lo mucho que yo le gustaba escribiendo.

Tuneo, en FronteraD


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27.07.10

Domingo

Cuando me desperté, le besé el brazo y me aparté espantado de ella. No podía ser posible. Olía a caldo. A domingo. Todo eso. Un pestazo. Investigué por mi cuenta con la nariz hasta que la chica abrió los ojos.

Domingo, en FronteraD


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22.07.10

El mundo

Fue hace dos sábados en una terraza de Gutiérrez Mellado. Llegué sobre las tres de la tarde después de entrevistar al eurodiputado Francisco Millán Mon. Recogí de aquella mesa la grabadora –no tomo notas; olvidé escribir y lo que quiero recordar me lo tatúo en la espalda para leerlo al revés en el espejo-, salimos con el fotógrafo y luego me fui solo, sin rumbo, como tantas veces, buscando una mesa grande al aire libre en la que poder estirar el periódico y las piernas. Era mi primer día de vacaciones y la entrevista sólo era un asunto pendiente; ni siquiera la iba a escribir ese día. Tenía tanto tiempo libre que podría, si así lo dispusiera, destruir el mundo.

Me senté en un restaurante y pedí una ensalada mixta y un arroz con gambas y roquefort. A mi lado estaba sentado un matrimonio anciano. Andaba cada uno a sus quehaceres y yo a los míos: contestar a un par de mensajes y pensar en mi propia vejez; le pedí a dios en silencio no perder nunca los dientes ni el pelo, y en caso contrario tener el dinero suficiente para comprarlo todo. Luego escribí varias ideas en la agenda del móvil, y cuando despatarré el periódico sobre la mesa miré a la pareja que tenía al lado. Parecían de fuera. De vez en cuando hablaban y lo hacían en paz consigo mismo, que es a lo que Juan Marsé llamaba cultura, así que apunté en la agenda: “Llegar a los ochenta años sin rencor, o disimularlo tan bien que no impida querer”. Vino la camarera a dejarles la cuenta y ellos le contaron historias malvadas de sus nietos; esa maldad tan de abuelo que mezcla la queja y el orgullo, como diciendo: “Mira qué hijo de puta me salió, igualito que todos nosotros”.

Llegó la comida y cuando llamé para que me trajesen otra botella de agua los observé de nuevo, sorprendido: pensé que se habían marchado, porque habían pagado hacía tiempo. Llevaban en silencio al menos diez minutos y cada uno miraba al frente. No pasaba un alma por la calle. Eran ya las cuatro de la tarde y hacía calor. Aquel matrimonio concentrado en algún punto invisible del camino parecía ahora diez años mayor. Cuando aparté la vista, escuché la voz de él:

-¿Cuántas cosas no me habrás contado?

Y la explosión de risa de la mujer, muy capaz ella sola de salvar el mundo.


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20.07.10

Novia

Hace años conocí a una morena en un afterjaus y la llevé sobre los hombros a casa al grito de “todo es bueno pa’l convento”. Me había dado el móvil y la dirección de correo antes de desaparecer como las aves de paso, que a veces se van de la cama tan despacio que parece que lo hacen levitando, como la niña del exorcista pero más discretamente. Dejé pasar un día antes de mandarle un sms en el que proponía llevarla a la playa y sacarla a cenar. No le debió de llegar, o yo había cogido mal su número, porque no me contestó. Envié un correo preguntándole si le había llegado el sms, ya que había pasado algo insólito: no me había respondido. Tampoco contestó ese día ni los siguientes, y cada veinte minutos yo abría el buzón alucinado al borde del colapso mientras pulsaba F5 como si no hubiese un mañana. Una semana después envíe un sms en el que le preguntaba si no creía que era poco elegante dejar a un hombre sin el placer, siquiera, de una negativa. Como quiera que tampoco respondió a eso, a los quince días tomé una decisión memorable: dejarla. “Es lo mejor, porque nos estamos empezando a hacer daño”, me excusé. Y abajo aún le mandé una posdata: “¿A ti qué te parece?”.


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17.07.10

Un encuentro con Galeano

El día que entrevisté a Eduardo Galeano me presenté cinco minutos antes en el vestíbulo del centro cultural en el que había dado una conferencia. Me encontré allí a una multitud cultísima hablando pomposamente con palabras de sílabas gordas y esdrújulas finiseculares, y me apoyé en el quicio de la puerta para tratar de divisar al escritor.

Un encuentro con Galeano, en FronteraD


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13.07.10

La Copa del Mundo (y II)

Yo creo que después de ganar la Copa del Mundo lo que se debería intentar hacer ahora es ganar directamente una guerra. No queda ya casi nada por celebrar, y eso la gente, se quiera o no, lo acaba acusando.

La Copa del Mundo (y II), en FronteraD


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13.07.10

La Copa del Mundo

A aquellos niños del 86 nos despertaron nuestros padres a primera hora para contarnos que Butragueño, en la ardiente tarde de Querétaro, había reventado la defensa de Dinamarca con cuatro goles. Nos recordamos sacándonos las legañas con una ilusión violenta y yendo a correr a las televisiones a ver aquel sueño con nuestros propios ojos.

La Copa del Mundo en FronteraD


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11.07.10

Mundial (y V)

Uno de los placeres más morbosos del Mundial es poder decir Puyi, Ini y Busi delante de la televisión con ternura familiar, como acunándolos con mis pequeños deseos para ellos, defendiéndolos de ultrajes y sacándole punta a sus virtudes infinitas. Algo como «venga Andresito, que de ése te vas, que tú eres el número uno»; o el gol a Alemania que se cantó desde el fondo de la tierra: «¡Ése es mi Puyi!». Doy tragos gigantes al gintonic mientras le hablo a la parroquia de la exquisitez de Xavi, que parece que abre las defensas con láser en los ojos, y señalo la figura de Piqué, «el mejor central del mundo desde que se jubiló Fernando Hierro», y aquí se me quiebra la voz, como quien menciona a un difunto. Futbolistas a los que les he mentado la madre en las más sórdidas posturas; tíos a los que he pintado de asquerosos para abajo, por malos y catatónicos, por tuercebotas aburridos y culés irremediables, tísicos de un sistema sedante que, dije una tarde de gloria, «está acabando con el fútbol y vaciando los estadios». Así que éste del Mundial es un placer de lo más turbio, como envolverse en sábanas con la mayor enemiga de tu novia. Lloro las patadas que reciben y conjuro los ataques del rival diciendo para mis adentros «¡Busi, Busi!», y dentro de dos semanas, si me los cruzo por la calle, les echaré una maldición gitana deseándoles triadas por docenas. Sí, señores. Esto es fútbol.


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9.07.10

Mi amistad con doña Letizia

La cintura del periodismo se asemeja a la de Koeman, de quien dijo Luis Aragonés que tenía menos talle que la rueda de un tractor. Todo se cuece lentísimo y como de soslayo, sobre todo si se trata de Twitter o Facebook, marcianos a los que el periodismo de linotipia mira elevando mucho las cejas, como un señor asombrado. Cuando CR9 anunció que tenía un hijo casi fue más noticia que lo hubiese hecho a través de sus cuentas en las redes sociales que el crío en sí. Ningún titular escapó al Facebook del crack, como si eso fuese algo esencial y no una mera plataforma. Menos mal que hay quien guarda todavía las esencias con celo catártico. La revista Hola salió la semana pasada con Isabel Sartorius y un titular espléndido: «Mi amistad con doña Letizia». La agonía del verbo, claro que sí. Y la esperanza de que algún día se presente por allí, qué sé yo, la duquesa de Alba: «Aquellas bragas mías».


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