Manu

Manu

 

(…) Fue un día de verano, como todo en la vida. Había ido a aparcar el coche cerca de la playa de Areas, y cuando conseguí dejarlo a dos kilómetros me eché la toalla al hombro y me dirigí campestremente a la Postiña, un bar de allí en donde me esperaba Paula y una amiga suya que yo no conocía de nada. Al verme bajar, esta amiga exclamó: “¡Quién es ese dios de la fecundidad!”. Meses después la tenía por ahí embarazada perdida, pero esa tarde nada sospechábamos: yo me dediqué a leer una biografía enorme de Hitler mientras pensaba que estaba buena, pero que parecía una de esas pijas estreñidas que fabrica Pontevedra como roscas; ella pensaba que yo estaba bueno, pero que era un coñazo de tío de ésos que se pasan cinco horas bajo el sol para saber de la vida de un alemán muerto. “Que ni es alemán”, pensaba ella, “sino austríaco, y seguro que después de 1.200 páginas el paleto ni se entera”.

Yo en realidad leía para hacerme vagamente el interesante y ella ponía cara de pija porque le daba el sol de frente y no tenía otra que ponerse las rayban y apretar mucho la boca, como si se estuviese callando marcas de ropa. Aquel disimulo nuestro tardamos en descifrarlo, pero aún antes, cuando no nos caíamos bien y ninguno tenía una opinión buena del otro, ya nos estábamos acostando, porque al fin y al cabo en la cama no interesan detalles superficiales como el carácter, y ninguna mujer llega al orgasmo porque su pareja tenga buen humor. ¿Acaso nos reproducimos como especie leyendo a Dostoievski? Más bien lo que dan ganas es de clausurarla (…)

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(…) Se empezó a encontrar mal a los diez minutos. Yo le decía que aquello era imposible y que probablemente tuviese una migraña insólita. Discutimos agriamente por esto. Pasaron varios días y nos fuimos a comer al asador O Fanal, donde nos dedicamos a los periódicos porque habíamos reñido esa mañana por alguna razón que no recuerdo. Yo separaba las páginas con cuidado, royéndolas como si fuesen los huesos del churrasco, y de vez en cuando, teatralmente, le echaba mojo picón encima a las noticias que no me gustaban porque así, decía yo, al menos tenían sabor. Eran las consecuencias funestas de beber mucho vino; ésa, y que los dueños me pidiesen por favor que me llevase los diarios conmigo cuando pretendía dejarlos donde estaban.

Subimos despacio la calle Arzobispo Malvar como dos ciclistas golpeados y al llegar a la Plaza de España la vi dirigirse sola a la farmacia. Ella quería comprar un predictor y yo creía que lo que tenía que hacer era comprar ibuprofeno. Finalmente hizo lo primero, y en casa se dispuso a hacer una operación que yo entendía desproporcionada.

Esperamos los dos en el sofá. La tarde era horrible y a mí se me empezaba a levantar resaca. Sólo quería dormir y llorar, pues en aquella época lloraba muchísimo y sin venir a cuento, como en una especie de ejercicio de marine por si venía algún disgusto grande y tuviese que estar entrenado. Cuando pasó un tiempo se fue al baño a por el predictor. Yo pensé ahí sinceramente que se estaba volviendo loca. Me lo confirmó el resultado: estaba embarazada. Meses más tarde, en algunas de nuestras discusiones más encendidas, supe que siempre tenía que tener la razón. Nunca conocí a nadie que hubiese llevado tan lejos su dolor de cabeza (…)

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Manu sale mañana a la venta y se presenta el sábado 1 de junio en la librería Tipos Infames (San Joaquín, 3) de Madrid a las 20.15. Se compra ya aquí.