Indignados

El triunfo del 15M fue que los diarios dejaron de contar parados para ponerse a contar indignados. Que los primeros sigan siendo más que los segundos tiene que ver con el ser español, un carácter más pendiente de salir de la cola ayudado por un cuñado con cargo público que convenciendo a los compañeros para dar relevos; sin saber, naturalmente, que no hay cuñados para tantos. Han tenido que pasar tres años, cinco millones de desempleados y decenas de corruptos llevándoselo crudo hasta con los ERES. Se nos dirá que España es un país paciente y que la paciencia es revolucionaria, pero se nos hacía raro tanto lamento y tan poca protesta, quizás por miedo a que alguno cogiese la guitarra y compusiese un tema. Cuando por fin salieron varios a la calle a pegar gritos no faltó esa mayoría que descorre el visillo y mira con sospecha de vieja, en plan algo más querrán. La crisis había generado pobres que entraban en los cajeros con visa y ahora con la almohada, pero no indignación, por extraño que parezca. Ni un puñetazo en la mesa, ya no digo quemarse a lo bonzo. Así que al enfadado, cuando salió de casa, se le ató el perro a la pierna para ridiculizarlo y a seguir silbando como la orquesta del Titanic, a ver hasta dónde llega el puño.