Escrito el 10.10.10 a las 7:21
Llegamos a Amsterdam en avión y cogimos un tren para acercarnos a Vlissingen, la ciudad holandesa a la que íbamos, pero nos quedamos dormidos y aparecimos en Bélgica. No era la primera vez. Una noche uno de nosotros salió en Coruña, volvió en tren a Pontevedra y se pasó a Vigo, así que se subió de nuevo al tren y apareció, naturalmente, en Santiago. Si todo el mundo exportase así sus tradiciones hoy Europa sería imbatible. El vecino más ilustre de Vlissingen, por lo demás, era un camello de 50 años negro como el carbón al que llamaban Blanquito.
La vida por delante, en FronteraD