Tuneo
Yo no quiero avasallar, pero hace años una chica me escribió un correo en el que venía a decirme lo mucho que yo le gustaba escribiendo.
Yo no quiero avasallar, pero hace años una chica me escribió un correo en el que venía a decirme lo mucho que yo le gustaba escribiendo.
Cuando me desperté, le besé el brazo y me aparté espantado de ella. No podía ser posible. Olía a caldo. A domingo. Todo eso. Un pestazo. Investigué por mi cuenta con la nariz hasta que la chica abrió los ojos.
El día que entrevisté a Eduardo Galeano me presenté cinco minutos antes en el vestíbulo del centro cultural en el que había dado una conferencia. Me encontré allí a una multitud cultísima hablando pomposamente con palabras de sílabas gordas y esdrújulas finiseculares, y me apoyé en el quicio de la puerta para tratar de divisar al escritor.
Yo creo que después de ganar la Copa del Mundo lo que se debería intentar hacer ahora es ganar directamente una guerra. No queda ya casi nada por celebrar, y eso la gente, se quiera o no, lo acaba acusando.
A aquellos niños del 86 nos despertaron nuestros padres a primera hora para contarnos que Butragueño, en la ardiente tarde de Querétaro, había reventado la defensa de Dinamarca con cuatro goles. Nos recordamos sacándonos las legañas con una ilusión violenta y yendo a correr a las televisiones a ver aquel sueño con nuestros propios ojos.
Contemplaba las montañas nevadas en su enormidad mientras comía un bocadillo de panceta, y unos extranjeros me hablaron de una pista verde más al otro lado de las cumbres. Aquella que yo había bajado, me dijeron en el dialecto de la nieve, era una pista roja. Lo que hice fue levantarme sin apenas dolor, coger los ropajes y dirigirme con cierta pesadez veterana, como de yeti informado, hacia aquel maná verde que me esperaba en la otra punta. Para ello había que coger una percha, bajar unas pistas azules y subirse a un telesilla, que es como decirle a alguien que para aprender a andar antes hay que ganar el campeonato mundial de triatlón.
Hace dos años pisé la nieve por primera vez con botas reglamentarias con la misma dimensión histórica con la que Armstrong pisó la Luna. Fue en la estación de San Isidro y me llevó allí un grupo experto, que después de calzarme y subirme a los esquís me aparcó en una especie de guardería a la que llamaban pista verde.
En Bill había una melancolía exagerada, como la del padre que visita a un hijo a la cárcel: el brillo de lo que pudo ser y no fue, la vida raptada y todas esas ilusiones desvanecidas en algún punto del camino.
El papel lo tengo delante ya arrugado, y se escribió a mediados de los noventa, o sea que tampoco tenía yo ocho años. Lo encontré como todo en la vida, revolviendo. Es bastante vergonzoso, pero yo he venido aquí a esto y además ando con prisa. Como decimos en mi tierra: “Marcho, que teño que marchar”.
Aquellos años yo me movía entre la inmundicia, la desazón y la paranoia, así que cuando un compañero del periódico me propuso alojar unos días a dos amigas suyas que llegaban en tren desde Zaragoza cabeceé como esos viejos a los que le da mucho el sol, un poco resignado. Claro que a Galicia no se llega en tren desde Zaragoza siendo inocente: algo muy turbio tiene que pasar; algo, en fin, relacionado con el delito o con la pobreza.
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