Entradas archivadas FronteraD

Me empiezo a acordar de Lugo

Entonces yo creía que el paraíso era un chalé lleno de putas escandinavas que supiesen hacer el pulpo á feira sin que se les moviesen los pechitos, pero con el tiempo uno tumba los prejuicios y acaba instalando en casa a una señora de Carballiño, que da más conversación y le tiene el punto cogido al aceite.

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El perfume

Todavía hoy me pasa que detecto el perfume de mi primera novia en el aire, como uno de esos perros viejos que mantienen alerta un cierto sentido de la nostalgia y gimotean desde el fondo del tiempo. Ensombrezco la mirada y me consiento unos segundos de abatimiento mientras miro fijamente a la chica que lo lleva puesto como una estola, y al cruzarnos en la calle me doy la vuelta y detengo la mirada en su espalda, como si con ese olor suyo se llevase también una parte de mí encimada, ya despegada hace tiempo de mi vida, como uno de esos grandes trozos de hielo desgajados que deambulan por el océano sólo sostenidos por las dos miradas que lo perdieron y ahora lo velan.

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Capullos

Descubrí el pudor tarde, en pleno ardor, poco tiempo después de que se me explicase en el recreo que hacerse una paja no era la tortura irreproducible que yo sospechaba, y por la que me había prometido permanecer virgen hasta el primer polvo, que ahora que la digo es una expresión bellísima.

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Un despido procedente

A ver cómo cuento esto sin que se me caiga el alma a los pies. El periódico llevaba un siglo en la calle Vázquez Lescaille, y aquello se nos iba cayendo a pedazos, así que cuando el Grupo El Progreso compró Diario de Pontevedra nos fuimos para Lepanto al año siguiente. Ocupamos todo bastante alborotadamente, porque éramos una redacción joven, y pronto tuvimos delante unos Macintosh con cuenta de correo y unas direcciones personalizadas muy cucas. Yo aprovechaba esto para enviarle de vez en cuando a un compañero mis comentarios agudísimos sobre las más variopintas causas sexuales y drogadictas en las que yo militaba entonces.

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Don Camilo

En los cambios de clase hacíamos el escándalo que se espera de unos niños de EGB, pero si la clase que venía a continuación era la de don Camilo se nos iba todo de las manos. A veces, de pura desesperación por no saber montar aún más jaleo, cogíamos el pupitre y lo azotábamos contra el suelo haciendo temblar las paredes. Con pistolas en las manos hubiéramos disparado al techo de purita felicidad.

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Noches alegres, mañanas difíciles

Una mañana de verano de 2001 tuve un despertar particularmente amargo. Amanecí echado en un portal en posición rastrera, y fui recuperando la consciencia intentando acompasar el corazón, porque podía explotar allí mismo y ponerlo todo perdido. Aquello parecía el final de una de esas borracheras épicas de las que uno sale de milagro, y cuando abrí del todo los ojos temí encontrarme junto a un cadáver o algo aún peor: una mujer.

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Hambre

Acostumbro a comer dos días a la semana cerca del trabajo, seleccionando con cuidado el restaurante por el tamaño de la mesa y la disposición de la clientela, así como su estatus social o lo que quedó de él. No me gusta chirriar en ningún sitio, así que procuro mimetizarme en el ambiente, y como quiera que yo me siento a la una y cuarto, frecuento ambientes palilleros y pocas charlas, porque el pueblo humilde come en silencio y sabe, como yo sé, que todo está dicho desde los griegos.

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Un oficio literario

Hace una semana yo acabé aquí muy tarde de escribir sobre aquella experiencia mía en la televisión e hice lo que siempre antes de meterme en cama: encender un pitillo, escuchar una canción y pasearme desnudo por el baño como en una marcha militar, pasándome revista con el mismo celo desafiante que una folclórica. Esa madrugada, sin embargo, me miré al espejo, me alejé un poco y volví a acercarme, como cuando las sensaciones no son positivas. Y efectivamente: había algo si no desagradable en mí, sí desconocido.

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Supermartes

Yo también tuve quince minutos de fama, y como a todo el mundo en Galicia el encargado de dármelos fue el presentador del Supermartes, Xosé Manuel Piñeiro. De la misma manera que hay tribus en las que una madre es la que se encarga de desvirgar al hijo, en Galicia desde siempre fue Piñeiro el que nos fue ungiendo a todos en la cosa de la fama. Eso, los martes. Los viernes, Xosé Ramón Gayoso en Luar se da fama a sí mismo con sus llamadas mortales entrada la noche. Que se sepa, dos lo mandaron “a rascar o carallo” después de gritarle si no tenía que madrugar al día siguiente. Y a una le preguntó:

-¿Está conmigo, señora?

-¡Qué voy a estar contigo, Gayoso! Si son las once de la noche y aún estoy fregando los cacharros.

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Mi peor amigo

La primera vez me pasó en Benito Corbal, una calle del centro de Pontevedra. Lo recuerdo porque siempre saludo a la gente que no es y dejo de saludar a la que es, y al cabo de dos días alguien se acerca a mi madre y le dice que su hijo es un chulo o camina drogado o algo aún peor: saluda cuando le conviene.

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