Escrito el 30.08.11 a las 9:07
En un matrimonio de ancianos siempre hay un momento en el que, en medio de la pelea y de ese odio inútil que crece entre las parejas por aburrimiento o por pereza, ella le quita a él un pelo de la chaqueta o le aparta una miga de pan al lado de la boca. En ese gesto mecánico, del que apenas hay consciencia, la mujer le ha dicho al hombre todo lo que le ha estado diciendo en los últimos cincuenta años, y ambos han mantenido un diálogo secreto que se ha reproducido a través de los siglos sin que nadie pudiese descifrarlo, como uno de esos códigos usados confidencialmente en las guerras entre un nativo y su traductor.
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Llegar a los ochenta años sin rencor, o disimularlo tan bien que no impida querer.
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Probablemente uno de los sucesos literarios más traumáticos en la vida de los hombres haya sido la muerte de Sherlock Holmes. Tanto, que Conan Doyle tuvo que resucitarlo para levantar la moral del Imperio. No se puede leer su carta de despedida al doctor Watson sin evitar un sentimiento profundo y entrañable de tristeza. En ese ejemplo tan british de ir a la muerte concede Holmes un solitario lujo a su más íntimo amigo en la hora final. Tras cientos de páginas viviendo su vida con cierta melancolía, el gran detective escribe una frase emocionante: “Téngame, mi querido compañero, por sinceramente suyo”. Muchos años antes, Watson diría al amigo que le presentó al joven Sherlock Holmes: “Le quedo muy agradecido por habernos puesto en relación. Ya sabe usted que el verdadero tema de estudio para la Humanidad es el hombre”. Y al final, Watson dice de él que es “la persona a quien yo consideraré siempre como el mejor y el más entendido de los hombres a quienes me ha sido dado a conocer”. De tantos versos extraordinarios de Borges hay uno inolvidable: “Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una de las buenas costumbres que nos quedan”.
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De mi vida lo que puedo contar es bueno, por eso la escribo poco. Hace un año comencé a publicar mis diarios pletórico de tristeza, como un señor enjoyado envuelto en depresiones al que la desgracia le estaba tumbando el pelo. Pero cuando las cosas amenazan con ir bien resulta de mala educación contarlo. La cultura del alarde está muy extendida en España, por eso hay tantas televisiones: porque no damos abasto. Tras eliminar el contador de visitas del blog, un amigo –en la vieja Pichelería, aquel bar en el que se juntaban los socialistas de Pontevedra; cerró, siguiendo el ejemplo del partido- me preguntó por qué: “Porque empezaban a ser muchas”.
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Vuelve a ser el provinciano que no sabe si viene a Madrid de putas o de premios. La letra gorda sobre el cuaderno antiescolar de blancoespaña y cal, etc. “El escritor, en este país, es un hereje, Paco. Fidel Castro dice que Sartre, yo y algún otro hemos sido agentes de la CIA. No te jode. Somos de la raza de los herejes, Paco”.
- Los enemigos, Camilo.
- Te diré lo que Narváez a su confesor, en la hora de la muerte. “No tengo enemigos, padre. Los fusilé a todos”.