Escrito el 3.04.12 a las 1:08
Madrid lleva una década aspirando a ser sede de los Juegos, capital mundial del deporte y el juego limpio, espejo de los valores del Barón de Coubertin, y ahora, visto el éxito, quiere ser Las Vegas, como ese niño que no vale para los estudios y se pone de aprendiz de pistolero. Madrid sostiene con una mano la antorcha olímpica y con la otra seduce a un magnate para que riegue la ciudad de millones, ruletas y niñas burbuja con pompón en el trasero que sonrían a la cámara; Madrid sólo quiere su parte de vicio, como Barcelona, a la que miran con recelo en América porque no hay casino más trucado que el del nacionalismo, donde gana la banca hasta cuando pierde. Lo sabe Sheldon Adelson, el señor que mira de reojo las leyes españolas como el cliente del dentista que al llegar a la consulta le agarra la entrepierna al médico mientras susurra: «No nos vamos a hacer daño, ¿verdad?». Adelson quiere exención de impuestos durante dos años, estatuto propio de los trabajadores, entrada permitida a menores y ludópatas y, por supuesto, fumar dentro del local, además de otras prebendas que no incluyen la reforma constitucional de milagro. La Comunidad de Madrid debería ofrecer directamente la transferencia de competencias al Estado de Nevada, y exigir, puestos a recrear la atmósfera, una réplica del desierto de Mojave alrededor de los hoteles y rascacielos para ir enterrando allí cadáveres en suntuosa procesión de Cadillacs. Si al final nos dan los Juegos siempre podrá ir encabezando la comitiva Joe Pesci y encender el pebetero desde el tartán con una ráfaga de metralleta para que sepan que 30 años después en España ya no andamos con flechitas.