El buen verano
Escrito el 21.09.11 a las 1:22
Todos los años, nada más irse el último turista de las Rías Baixas, sale el sol de repente y nos dedica dos semanas de playa, como el patrón que libera a los camareros y reparte la propina.
Todos los años, nada más irse el último turista de las Rías Baixas, sale el sol de repente y nos dedica dos semanas de playa, como el patrón que libera a los camareros y reparte la propina.
Los botellones de hoy eran los guateques de entonces, cuando Pontevedra despertaba al ocio a mediados de siglo bajo una moral a ratos pacata y otros más desenfrenada. Roberto Ozores, en una joya de artículo publicado hace 25 años, se llena de nostalgia explicando aquellos raros desenfrenos de la época bajo el título: ”La moda actual, un plagio de la de antaño”, y en la que tras criticar las ”verdaderas animaladas” de Miguel Ríos por su Himno de la Alegría y Luis Cobos, ”que nos ha desvirtuado completamente lo que es la belleza, el encanto y el embeleso de lo que es nuestra zarzuela”, se recrea en la fastuosidad de los guateques.
Una de las pasiones más entrañables del periodismo es anunciar el fin del mundo. News of the World, esa escuela de la vida, sabía que el número de lectores crecía en proporción al grueso de los caracteres de portada. Hace meses asistimos al enésimo apocalipsis en la terraza, removiendo los batidos, mientras las televisiones informaban de una central nuclear. Uno entiende que la exclusiva del fin del mundo tenga su interés, pero al final cualquier periódico va a acabar acertando por aburrimiento, como los fichajes. En los últimos años ha muerto el capitalismo y se han tambaleado los océanos, hemos hecho historia diez veces cada domingo y ahora, con medio país en la playa, Europa se «asoma al abismo». Yo me he ido corriendo al espejo y me he visto bien; pocos abismos quedan ya por probar. Pero en la cafetería ya alguien hablaba del «final del mundo tal y como lo conocemos», que es una frase que se dice mucho en la barra, generalmente tarde. Esas grandes palabras siempre se acompañan de movimientos inanes, como los de pagar el vino, y parece como que la cosa no es para tanto. Tengo para mí que el único fin del mundo que pasamos rozando fue uno con el que abrió en su día Pedro Rivas la portada de Diario de Pontevedra a cinco columnas: «El fin del mundo no será mañana». Y el subtítulo: «Según una adivina brasileña».
Cuando acaba de hablar sobre Borges en la Cidade da Cultura de Santiago, en el punto final a una gira europea sobre el genio de la literatura universal del que se cumplen 25 años de su muerte, María Kodama concede una sobremesa sobre Borges y tres entrevistas más. Delicada, casi icónica, por el rostro de la viuda del autor de Ficciones y El Aleph no hay rendija por la que se cuele la fatiga. Cruza a paso ligero la Praza do Obradoiro a las seis de la tarde y su cabellera blanca lanza destellos furiosos entre las multitudes que se citan frente a la Catedral. Entra en el Hostal dos Reis Católicos, donde pide subir un momento a la habitación, y baja a los cinco minutos. Le molesta la claridad que se cuela por los ventanales y cambia de mesa. Pide un Bitter Kas.
¿No se cansa de Borges?
No, claro. Cada conferencia que doy es un punto de vista que tengo, un tema diferente que encuentro. Es una especie de acicate para el pensamiento y me obliga a tratar de profundizar en esa obra, que es fascinante.
Muerto el autor, su obra no deja de reinventarse.
Además uno también es distinto cada vez que relee a un escritor. Y va encontrando, de acuerdo al momento de la vida en que está, cosas que son diferentes y que antes pasaban desapercibidas porque las experiencias eran otras. El tiempo le permite a uno sopesar esa obra desde otro punto de vista.
El interés por Borges sigue intacto.
La cantidad de tesis y doctorados que yo recibo de las universidades de todo el mundo es impresionante.
¿Es el no Nobel más famoso?
Yo creo que sí. Por eso le encantaba eso de ser el mito escandinavo, y no uno al que le habían dado el premio. Lógico. Y le hace diferente; la diferencia siempre es maravillosa.
Algo de resquemor habría.
Bueno, a veces decía: “Mal no vendría. Podríamos divertirnos”. Pero no, no le daba importancia. No le interesaban los premios y no era una persona pagada de sí misma. Realmente Borges era muy sencillo, no se creía nada.
Usted siempre dijo que su relación con Borges se basaba en la independencia, en su libertad absoluta como persona. ¿No le supone ningún problema dedicarle la vida a él, incluso después de muerto?
Pero la libertad es la elección. Esa decisión, sin saberlo, la tomé con cinco años, cuando me leyeron dos poemas de Borges. Qué sé yo. Es la mitad de mi alma, es otra historia. No se trata de haber abandonado algo… Yo recuerdo a mi profesora, que era Ana María Barrenechea, la introductora de la obra de Borges como materia de estudio en la Universidad. Una vez yo llegué con él, ella ya era profesora en Columbia y me dijo: “Pero déjalo, yo te ayudo a hacer una carrera acá. ¿Por qué arruinas tu vida?”. Yo había sido una alumna muy buena. Y le dije: “No arruino nada. Es mi decisión, ésta”. Ella insistía en que yo podía hacer una buena carrera, y repliqué que era mi decisión, que aquello era otra historia.
Fue casi una decisión sobrenatural. A los cinco años escuchó los poemas, le llevó su padre con doce a una conferencia de él y ya de adolescente lo volvió a encontrar y le propuso dar clases de anglosajón. No se volvieron a separar.
Yo he tenido cosas muy extrañas. Soy agnóstica, como Borges. Pero realmente no sé si voy a terminar agnóstica. Porque hay una serie de tejidos que en principio no sirven para nada porque, repito, soy agnóstica, pero ya no sé si sirven o qué es todo esto. Por ejemplo, yo pienso que quizás lo que dijo Einstein en Princeton es así. Para nosotros el tiempo es una línea, porque no podemos vivirlo de otro modo, pero en realidad el tiempo es uno. Pasado, presente y futuro es presente. Las cosas que van a ser ya son, y las que fueron también. Ahora nosotros no podemos entender el tiempo así, pero quizás sí, quizás todo ya esté marcado y nosotros no sabemos por qué nos encontramos o nos reencontramos con la gente, y que quizás esté por encima de lo que nosotros creamos o no creamos que existe, no lo sé.
Usted dijo que Borges, de crío, ya sabía que su destino era ser Borges.
Sí, ser escritor.
¿Por qué?
Porque él creía que su destino era escribir y para él no había otra posibilidad. Además él tenía una formación impresionante; filosófica por el lado de su padre, bíblica por el lado de su abuela; de autores ingleses por la abuela inglesa -casi todos los autores ingleses preferidos de Borges eran los que le leía ella… Todo eso, con algo que es un don, hizo de él un gran escritor. Pero no fue porque él se tiró a mirar el cielo. Fue debido a una formación que no respondía en su comienzo a una finalidad hasta que él sintió cuál era, y siguió su camino. Hizo de él, gracias a ese talento innato que nos da cierta energía, los dioses, o como lo quieran llamar, alguien genial.
Para alguna gente usted es una especie de Yoko Ono de la literatura. Hay biografías de Borges y artículos sobre él que no la dejan en buen lugar.
Sí, lo sé, claro.
Un hombre enamorado hace a veces cosas que la gente de alrededor no entiende. ¿Pensó alguna vez que Borges no estaba haciendo lo correcto debido al amor que sentía por usted?
No, no. Ante todo esa gente no ha estado con él. Partamos de esa base. Esa gente son señoras despechadas o señores que quieren ser Borges, dos de ellos, Vaccaro [Alejandro, estudioso del argentino] y Alifano [Roberto, escritor que fue secretario de Borges once años], con un proceso penal por haber hecho collage con la obra de Borges y hacerlo pasar por inéditos a diarios y revistas del exterior. Es decir, toda esa gente para mí no existe. A Vaccaro Borges nunca lo conoció. De Alifano Borges se burlaba. Las señoras despechadas son señoras despechadas. Y nada más que eso. La gente que realmente lo admiraba a él y lo quería, es gente que ha estado todos estos años conmigo.
Respetaron al autor y al hombre.
Eso es lo normal entre personas que nos han conocido a Borges y a mí. El resto es gente de poca monta, por decirlo de una manera delicada. No son intelectuales. Y lo que quieren es estar en mi lugar. Mueren de envidia, mueren de celos y mueren de un resentimiento histérico porque no pueden ocupar mi lugar. Y nunca lo podrían tener, porque con la conducta que ellos tienen, con la vulgaridad de esa conducta, demuestran que con Borges nunca pudieron tener nada. Eso es todo.
Usted dijo que no había conocido la maldad hasta que murió Borges. ¿Por querer ocupar ese lugar?
¡Pero es obvio eso! Es más que obvio. Ellos hubieran querido tener la obra de Borges y nunca Borges se la hubiera dejado a ellos. En general, el 60 o 70% de esa gente es ignorante. No tiene ni idea de filosofía, de literatura ni de nada. ¿Qué pretendían? Nada. Hacer lo que hicieron. ¿Cortar la obra y seguir publicando ganando plata vendiendo como inéditos…? Es ilógico, pero es la conducta de ellos.
¿Estas guerras a usted la han desgastado?
Para nada. Con toda la actividad que yo llevo paralela y con todo lo que he hecho, creo que no me ha desgastado para nada.
¿Ni siquiera el libro de Bioy? [Destino publicó recientemente el diario de 1.600 páginas en el que Bioy Casares relata las conversaciones con su amigo íntimo].
No. Me dio una enorme pena corroborar el concepto que Borges tenía de Bioy: el de un cobarde. Porque sólo un cobarde publica un libro en el que deja como deja a Borges cuando él muere, y el otro ya está muerto. Es un cobarde, un cobarde. Y Borges decía que era un cobarde y lógicamente se lo tuvo que haber dicho ya a él. Borges me contaba que con el Gobierno de Perón estaban en el coche los dos con Silvina [Ocampo, la mujer de Bioy], y Bioy no se animaba a hablar mal de Perón. Borges me dijo: “Es un cobarde, usted un día lo va a ver”. Y con ese libro me demostró que eso era verdad. Yo no sé los hombres cómo piensan. Pero si piensan como las mujeres, para mí, un amigo es sagrado. Un amigo desnuda su alma contándote su intimidad. Y si nosotros tenemos un amigo común, y yo te digo: “Fulanito es un idiota”, pero lo hago con una sonrisa o un gesto, o un tono de voz con el que tú sabes que realmente yo no quiero decir eso… Y si vos pones blanco sobre negro: “Fulanito es un idiota”, no está el gesto ni la sonrisa. Y queda como una cosa brutal cuando tú no quisiste decirlo así. Además, con alguien que hace un tipo de obra así a ti te queda una duda. ¿Es eso lo que Borges dijo? ¿Lo que inventó? ¿Y lo suyo? ¿Es lo que él mismo quería decir y no se animaba, por cobarde, a decir? Eso es lo que yo pienso. Pero después, por ejemplo, si vos tienes un amigo que es ciego…
Sobre eso Bioy decía que usted castigaba a Borges con sus silencios.
No. El silencio justamente para Borges era la virtud de poder descansar de la cháchara que todo el mundo le daba. Exactamente lo contrario que él dice. Yo no castigo a nadie; no está en mi carácter. Y si así hubiera sido, ¿qué no hubiera hecho yo? No es mi carácter. Esa gente me juzga a mí desde su perspectiva: proyectan en mí lo que son ellos, no lo que soy yo. Yo fui criada por otra cultura que nada tiene que ver con los celos o el resentimiento. Es otra forma de pensamiento y de vida que nunca podrán entender.
Borges admiraba su sentido del honor. Ser consecuente con sus actos.
Todo eso que ellos nunca van a entender. Porque son almas atadas a cosas materiales: no pueden volar. Como yo sé eso, a mí no me va ni me viene.
Hablaba antes, respecto a Bioy, de la ceguera de Borges.
Si vos invitas a un amigo ciego a comer, lógicamente si vos no lo ayudas esa persona va a comer con la mano. ¿A vos qué le parece que entre las cosas que cuenta Bioy en ese libro se diga que Borges comía con las manos? Borges comió conmigo desde los comedores estudiantiles hasta un almuerzo con el marido de la reina de Inglaterra en Cambridge cuando le dieron el doctorado. Nadie lo vio comer nunca con las manos, porque para eso estaba yo. Todo lo que Bioy Casares quiere poner contra mí se vuelve contra él cuando una persona inteligente lee eso objetivamente.
¿Conserva algún antiguo amigo de Borges?
Las últimas amistades que me quedaron de él fueron Enrique Pezzoni o Alberto Girri, que han muerto, Ana María Barrenechea, que está muy mayor y muy enferma, y después, por ejemplo, en Estados Unidos, hay profesores que fueron compañeros míos en la Universidad y también conocieron a Borges.
¿Su relación con Norah? [Borges, hermana del escritor]
Con Norah todo fue perfecto. Norah no tuvo nada que ver.
En la biografía de María Esther Vázquez…
Bueno, ¿eso es una biografía? Eso, como me decían los españoles, es despecho: “Blanco sobre negro, María, que ella se muere y tú lo tuviste”. Es así. Borges me decía: “Yo dejo que ella diga que ella me dejó, porque yo soy un caballero victoriano, y para una mujer es más fácil dejar que ser dejada. Y la verdad es que yo nunca iba a casarme con ella por esto, por esto y por esto”. Punto. Ya está. Lo que ella escribe me da una pena infinita. ¿Qué papel hace ella? Ella ya estaba casada hacía mucho tiempo, ¿qué papel le obliga a hacer a su marido? Porque una infidelidad física puede ser fruto de la pasión, de un instante o de un momento de locura. No está bien, pero uno es humano. Pero algo que una tiene entre ceja y ceja, y se casa con otro, pero sigue con la idea del hombre que la dejó… Yo le pregunto a usted: ¿qué piensa?
¿Usted es celosa?
Yo no tengo celos. Ésa es otra de las cosas que nadie puede entender. Es la cultura oriental. Si alguien está conmigo es porque me quiere. Si no me quiere, esa persona sabe que tiene toda la libertad del mundo para partir. Entonces, ¿yo cómo puedo exigir a alguien que me quiera? ¿Cómo puedo yo ser celosa? ¡Ser celosa es exigirle a alguien que le quiera a uno! ¿Cómo vas a exigir que te quiera? No puedes exigir nada en la vida, ¡menos que te quieran! Si están con vos es porque te quieren, y si no hasta luego, ¿qué vas a hacer?
¿Borges tampoco era celoso?
Borges era un poco posesivo, pero era normal. Aparte de que es otra cultura, el hecho de no poder ver lo ponía en una situación incómoda para él. Yo no he tenido un motivo jamás. Y jamás nadie se hubiera enterado de nuestra relación si no hubiera sido porque me dedicó un poema y la prensa comenzó a lanzarse detrás de mí. Pero yo fui criada de otra manera y no pertenezco al mundo occidental.
Cuando Borges escribe que el peor pecado que ha cometido fue no ser feliz…
Eso lo escribió dos días después de la muerte de su madre. Y él me decía: “María, por favor, nunca escriba nada dos días después de que yo me muera. Porque ese poema va a ser sentimental, llorón como un tango y le va a perseguir toda su vida”. ¡Es lógico! Un hombre que ha tenido una relación con su madre, una relación de madre e hijo que dura cien años; entonces ese hijo, como él me decía a mí, podía haber sido más bueno, decirle a su madre: “En realidad yo sí veo”, y no contestarle árido: “No, otra operación no, si ya no veo”. Todo ese remordimiento que él expresa en ese poema, y ese ‘no fui feliz’, fue en realidad un ‘no hice feliz a mis padres’, ¿no es cierto? Por su forma de ser, porque él estaría desesperado, imagino, en los años en que empezó a perder la vista… Tuvo que haber sido una época muy complicada y traumática en la relación.
Ese poema pronto se convirtió en célebre.
La gente lo paraba y empezaba a recitarlo, y él me decía: “¿Lo ve, María? La gente tiene la vocación de la desdicha. Yo he escrito un millón de poemas que son hermosísimos y me persiguen con esta porquería”. Y yo le contestaba: “Bueno, ¡tampoco es para tanto, Borges!”. Pero él tiene razón en que a la gente le encanta la desdicha, las cosas perversas… La gente tiene esa inclinación.
Antes citaba a la madre de Borges. Cuando le pregunté por los actos del hombre enamorado me refería, por ejemplo, al cambio del testamento de Borges. Con el nuevo documento, que la puso a usted como heredera universal, Epifania Úveda ‘Fanny’, a la que había dejado la mitad de su dinero y fue la cuidadora de la familia más de treinta años, se quedó en la calle.
No, no. Eso no es así. Pero yo ahora lo que te pregunto es una cosa. ¿Venís a hacerme una entrevista sobre Borges o sobre los chismes? Porque yo quiero tener la historia clara. Es decir, si vos venís a hablar de Borges porque lo leíste no me puedes hacer estas preguntas.
Me gustaría conocer su versión.
Por supuesto que Borges no le iba a dejar la mitad de sus cosas a Epifania Úveda. A Epifania Úveda Borges quiso echarla y yo intercedí para que la dejara, porque total íbamos a viajar y no iba a pasar nada, y yo pensaba que más vale malo conocido que bueno por conocer. ¿Cuándo quiso echarla Borges? Si has leído la biografía de Vaccaro sabrás la historia, porque veo que has leído todo de una manera maravillosa, pero compruebo que la obra de Borges no te interesa tanto, te interesan más los chismes sobre su vida.
No son cosas que uno traiga del bar. Se han publicado. Procuro preguntarle un poco de todo.
No, un poco de todo no me preguntas. Hasta ahora todo lo que me has preguntado son chismes. Y no voy a responder más. Epifania Úveda, en esa biografía de Vaccaro, hace como el pez que se muere por su boca. Ella misma dice que a Borges le puso un día un pasaporte que no era el de él sino el de su madre. Y en el viaje, Borges entrega el pasaporte de la madre;, pero no puede viajar con el pasaporte de otra persona ni Borges ni Cristo. Yo le digo que voy a buscarlo, porque había tiempo de sobra, y él esperaba en la sala vip. Y él dijo que de ninguna manera: “Es ella la que me lo tiene que traer”. Pide el teléfono, la llama y ella, ¿qué le contesta? ¿Yo te pregunto a vos qué harías con tu mucama si te contesta: ‘Yo no le voy a llevar ningún pasaporte’, y te cuelga el tubo? ¿Vos la seguís teniendo? ¿Vos seguís teniendo a una mucama así? Bien. Perdimos el viaje, naturalmente. Tuvimos que llamar a París y montar un lío impresionante porque la señora Epifanía Úveda se negó a darle el pasaporte, dicho por ella misma a Vaccaro en un libro que supongo que tendrás en tu biblioteca amarilla. Llegamos a la casa y Borges le dice: “Usted no tiene perdón de Dios”. ¿Qué le contesta ella? “Qué Dios si usted no cree en Dios”. ¿Vos tendrías una mucama así? ¿Le dejarías la mitad? Pues ya está contestada la pregunta. Es la declaración de por qué Borges quiso echarla, no yo.
Le preguntaba por el cambio del testamento.
Tampoco cambió el testamento. Primeramente una persona es dueña de cambiar su testamento las veces que quiera. Y en segundo lugar, no es verdad eso que dijo ella que cuenta María Esther Vázquez en su libro, pues la manipuló para armar su historia. Si él lo cambió o no lo cambió, yo no lo sé. Lo mismo que todos dicen o decían que yo me casé con él para heredarlo. Yo lo heredo a él por un testamento que hizo en los años 70. Y si lo hizo entonces, es que tenía una larga relación conmigo antes, ¿verdad? Pues que me dejen en paz. ¿No te parece que 25 años después volver a estas preguntas es un poco denso? Esta falta de sensibilidad… A mí no se me ocurriría preguntarte si tu padre te desheredó o no.
Si mi padre fuese Shakespeare entendería que me preguntasen por los derechos de sus obras.
Yo creo que si tu padre fuese Shakespeare habría cosas más interesantes que preguntarte.
Me intereso por estos asuntos de la vida de Borges para que los lectores los conozcan por usted. Además de la versión de Vaccaro o María Esther Vázquez, por ejemplo, ahora también sabrán la suya.
Ah, sí. ¿Pero vos te das cuenta de lo que son 25 años…? Yo entiendo, y es cierto. Por eso yo justamente ahora, para terminar y acabar con esta historia, voy a escribir un libro con un periodista. Pero no con un “me dijo que me contó entonces”, sino con todas las preguntas, las respuestas concretas y la documentación legal pertinente. Lógico. ¿Qué quieres que haga? Ahora me han llamado de Francia para hacerme un largo reportaje en la televisión. Porque eso me lo dicen siempre: todo el mundo que habla de Borges no lo conoció, y la única que lo conoció, no habla.
Diario de Pontevedra, 3-7-2011
El líder de Izquierda Unida, Cayo Lara, anda alborotándose el pelo por el barrio, como despiojándose, después de que los camaradas extremeños hayan anunciado abstenciones para los próximos días. A todos estos obreros de la siderurgia, a todos estos hijos de campesinos por los que lleva esperando la izquierda tantos años, se les pone de repente cara de coordinadores federales y apelan a las circunstancias históricas para que todo siga igual que como cuando llegaron.
«Hay que sacrificarse por la izquierda», dicen. Pero una izquierda que lleva veinte años en el poder es más derecha que la que espera fuera. Uno llega al despacho el primer día poniendo en la mesa la foto de un hijo y acaba colgando el cuadro del abuelo como si eso fuera el palacio familiar. El poder fatiga la salud mental y los coches oficiales deberían de tener en sus puertas, como el Winston, advertencias siniestras con fotografías de Aznar subiendo los pies a la mesa de Bush o a Fraga llorando delante de un millón de gaiteiros.
Cayo Lara pudo haber sido un buen director general del Deportivo en la época de César Augusto Lendoiro y Marco Antonio Boronat, pero la oportunidad le llegó tarde y en Izquierda Unida, que es un partido que lleva tantos años viviendo del recuerdo que nadie sabe ya qué recuerdo es. De tener a Cayo negociando el sueldo de Manjarín lo tenemos ahora haciendo oposiciones a indignado como aquel niño del cuento de Cela que quería ser lechero y los lecheros no lo dejaban, abochornándolo hasta las lágrimas.
Los socialistas de Extremadura, como los socialistas de cualquier lado que hayan gobernado más de quince años y los populares que han hecho de sus gobiernos una acampada, tienen decorada su comunidad como un salón de té. Cuando eso ocurre la única preocupación de los dirigentes es asistir a entierros, como Baltar en Ourense, al que la agenda se la lleva un tanatorio. De este modo se evita lo que le ocurrió a un alcalde al que Fraga llamó para pedirle explicaciones por un mal resultado: «Se nos murieron los votos». Ahora cuando muere un voto Baltar se presenta en el entierro a despedirlo y homologar ante notario la papeleta y el puesto en la Diputación para que lo usen los deudos.
Yo no sé si en Extremadura también se lleva la necrodemocracia o qué, pero desde Rodríguez Ibarra, que tuvo que dejar la presidencia para dedicar el tiempo a meterse con Muñoz Molina, ahí han gobernado los mismos con una obstinación muy poco higiénica. A los diputados de Izquierda Unida los usan los socialistas como si fuesen mascotas de las que tirar de la correa cuando se ven en apuros, y en esa tarea echa una mano Cayo Lara amenazando a los suyos con dejarlos fuera de las políticas de IU, que es, si uno mira a Euskadi o Cuba («ellos tienen elecciones, sólo que con partido único»), como pretender echarlos de un frenopático.
Un premio Pontevedreses suliña a terra da que é unha. Vostede é das apegadas ao territorio?
Se por apegada interpreto un fío de afectos que me cosen a Pontevedra, si. Pontevedra é coma ese mar do que falaba Julio Camba, máis fermoso polo fondo e por esas beiras que o enchen de cores e matices. Unha almofía de auga de mar, dicía el, queda sen chisca desa beleza que lle atribuímos. Pontevedra é a miña nai, a miña filla e o meu fillo, malia estaren un en Madrid e a outra en Santiago; é gran parte da miña xente, dos momentos nos que fermenta a miña memoria, onde están as orixes do meu imaxinario. Pontevedra é a casa á que quero regresar aínda que, de cando en vez, me preste distanciarme, despregar as ás e notar que non me ata, que volvo voluntariamente (aínda que sexa mentira: os afectos atan sempre). Sei que hai algo máis que o seu privilexiado centro histórico, a ría, o Lérez, non é iso o que me ata —tamén hai beleza arquitectónica e paisaxística noutros lares—; en Pontevedra hai anaquiños de min esparexidos polos recunchos. Ás veces que tiven oportunidade de andar polo mundo, atopei lugares confortables nos que me sentín cómoda, ben; pero na miña equipaxe, inevitablemente, Pontevedra viría canda min. Onde naces e paces, habítate.
Cal é a súa relación co xornal?
O Diario sérveme para saber algo do mundo, pero tamén do veciño. Ten para min moito de entrañable e familiar, xa o mercaba meu pai. Nós seguimos. Creo, ademais, que hai xente moi válida escribindo nel. Houbo un tempo no que Galocha me propuxera escribir un artigo semanal e, durante dous anos e medio, fíxenme articulista. Foi unha extraordinaria experiencia que me serviu para valorar máis aos xornalistas de profesión, para perdoarlles os erros por teren que o facer todo para onte por teren que simular ser especialistas en calquera tema… Deixeino por circunstancias persoais que non veñen a conto e que me mantiñan bloqueada. Foi pouco tempo, pero fíxese vostede se ten gancho que, durante un tempo ía cada sábado á miña páxina para ver quen ousara sementar palabras na miña parcela persoal. Foi unha moi positiva experiencia. Entre a miña veciñanza de Lérez, nin cando me concederan o Premio Nacional de LIX, tivera tanta repercusión coma cando escribía no Diario.
Utiliza internet?
Utilizo, si. Sei que aínda garda moitos segredos para min, pero os correos, a utilización de buscadores, afórranme moito tempo e diñeiro. Malia todo, paréceme que os avances neste terreo van a velocidade de vertixe; eu aínda non sinto necesidade de facebook, linkedin, viadeo, xing, blog, twitter… e moitas cousas máis, que diría un neno. Aínda prefiro falar cos amigos mirándoos aos ollos, en directo, e mesmo penso que hai cousas que me pasan, que lles importan tres pares de narices, quen nin sequera a min mesma me aportaría nada airealas pola rede. Son un pouco troglodita. Co messenger voume arranxando para desexarlles boas noites aos fillos ou para lles preguntar como lles foi o día. Non quero que me engula ata sentir que son eu quen estou ao seu servizo, que me impida ser libre, co que tal custa! É unha arma, cada pouco máis poderosa, na que aínda está case todo por lexislar. Non oculto que me parece un invento prodixioso que abre as portas a case todos os mundos posibles, ou imposibles outro xeito, que cura aos istas e aos de toda a vida, que pilla os plaxios e as mentiras con máis facilidade, que cose distancias, disimula ignorancias… pero que, tamén, de xeito paradoxal, nos pecha nunha sorte de cela incomunicada que, de tanto mirar lonxe non nos deixa mirar preto. Supoño que é o descoñecemento, a ignorancia de moitas das múltiples posibilidades que ofrece o que me fai dicir estas cousas.
Vostede é escritora, tamén docente. Cando estimula máis a imaxinación?
No meu caso é unha sorte de prato combinado ou de vasos comunicantes: ao alumnado débolle moito, creo que aprendín bastante con eles, algunha historia mesmo lla debo, en parte. Un mestre, unha mestra —ségueme a gustar a palabra— bota moitas veces man da imaxinación para seducir, para que pousen a atención sobre un concepto árido, en principio. Ti imaxinas falarlles aos cativos de 1º da ESO, poño por caso, do pronome átono segundo vaia diante ou detrás do verbo, dicindo que actúa coma un covarde? Se vai diante do verbo, pégase, por medo a atopar cun cavorco, se é o verbo quen camiña diante, separase, pola mesma razón, para ter tempo de fuxir se acontece algo malo. A imaxinación ten moito que ver coa memoria fermentada.
Teño entendido que se xubila este ano. Interésame a percepción de alguén como vostede, emparentada coa cultura, ante unha barreira que a moita xente lle fai reflexionar, e incluso darlle un xiro á súa vida.
Uf!, a vida é unha nora imprevisible na que, unha vez que te sobes, tes que contar con que pode xirar de présa ou non sen que ti teñas sempre o mando a man. Non sei que xiro lle vou dar á miña vida. Oxalá puidese recuperar a sensación de ser dona do tempo, coma na infancia. Aínda estou cos apuros de fin de curso de todos os anos, a perspectiva da distancia, aínda non a teño, pero xa empezo a preguntarme que lembro eu da miña época de escolante, que lembro de todos estes anos como ensinante e en ningún dos casos aparecen as oracións subordinadas substantivas, nin os sistemas de ecuacións; o pouso é outro: as tintas de cores, o mapa na parede, os estudos silenciosos, raspar as mesas co cristal, darlle cera, os días especiais… Ou, logo, o gozo que sentín cada vez que descubría que un novo neno aprendera a ler, as cóxegas dunha alumna ante a lectura dun poema, o neno que me cantou emocionado unha canción africana que recordaba a súa terra, unha nota de Quérote, mestra.
Que foi da autora que empezou a escribir? Que tanto dela deixou no camiño e que tanto recuperou?
Decátome de que debo de ser moi maior porque xa emprego moito a relatividade, peréceme que vinte anos publicando (uns poucos máis escribindo) non é nada, que aínda foi onte. Vas deixando a inxenuidade das intencións, iso, ás veces sacrifica a frescura. Preocúpame moito máis a forma. En fin, literariamente falando, quero pensar que o mellor nesta aprendizaxe que nunca remata, está por vir. Ao mellor remato coma Picasso, que aos 90 dixo que por fin pintaba coma cando era neno.
A literatura galega xa non é a literatura de profesoras que lle escriben aos alumnos para que lean en galego os libros que eles non puideron.
Eu nunca me sentín esa salvadora da patria que se pon a escribir porque non había ou porque descoñecía o que xa había agochado, para min isto de escribir ten moito de ego, de satisfacción propia, máis que de entrega desinteresada. Polo demais, penso que se non nos queremos nós, escusamos agardar que nos queiran fóra. Temos un abano amplo de autores e autoras que fan obras dignas, hai un amplo mercado editorial, que é un bo medidor da nosa existencia, hai editoriais foráneas que se interesan por nós, hai público, hoxe, quen queira sabe ler en galego. Dicía Italo Calvino: Eu leo, logo el escribe. Dos profesores diría que a literatura, sobre todo a que chaman infantil e xuvenil, débelles moito, sen eles non se iría fraguando co mesmo brío. Ben sei que o ideal é chegar a que camiñe libre, fóra dos centros de ensino, cando menos, tamén fóra. Pero a amar a lectura, a amar… non se aprende empuxando. Igual hai que partir de que sen amor tamén se pode vivir, aínda que non sexa o mesmo, claro.
Que lle está a parecer a política lingüística do Goberno galego e que necesita a lingua para medrar entre os seus falantes?
Que camiñamos en zigzag, que pola miña experiencia non só do meu centro de ensino, senón pola oportunidade de visitar outros moitos, que non é o castelán o que corre perigo, o que leva labazadas de diglosia a cotío. Que eu tamén o sinto como unha lingua que me pertence, pero que estean tranquilos que non corre perigo algún, que máis do 80% dos rapaces cos que me teño relacionado nestes últimos anos, diríxense de maneira espontaneamente a min en castelán. Por suposto que os respecto, os entendo, é o que maman, pero dáme mágoa que a hipocrisía de moitos, de agora e de antes, deixe morrer as palabras. Para facer medrar unha lingua hai que a falar. Se dende os poderes se dá exemplo, non fan falta leis que as enfronten. Dende logo as linguas non son culpables.
Wikileaks ha publicado un vídeo en el que relata los días de Assange en Norfolk. Se trata de una obra muy cool probablemente dirigida por Guy Ritchie o alguno de esos modernos de arranques trepidantes. El bello Assange pasa los días firmando en ventanillas y acariciando entre ronroneos la gruesa pulsera del tobillo, de la que habría que decir a las estudiantes de Periodismo que no es moda, sino cárcel, no vaya a ser que las tengamos por la playa paseándola entre minimalistas tatuajes guays.
Sus colaboradores dicen que está como «un animal enjaulado», pero a Assange en general se le ve cano y con el rostro esférico, probablemente producto de la terrible gastronomía inglesa. Entre lo blanco y lo redondo a Assange se le está poniendo cara de luna, y en algunos pasajes dan ganas de meterlo en cama con una bolsa de agua caliente en los pies y frotarle el pecho con hojas de eucalipto. A Assange, por momentos, le hace una falta una abuela gallega que le ponga rubor a las mejillas y le lea a Cunqueiro. Claro que para eso tuvo que haber sido arrestado en Mondoñedo y no en Norfolk.
Haber sido detenido en Norfolk tiene un punto de crueldad que acentúa la presencia fatigada de Assange, su deambular tristón. Uno ve a esa colaboradora suya conduciendo en el asiento del copiloto y se imagina la campiña fuera, con el cielo nublado por ley estatal, como un Santiago pobre, y piensa que quizás Assange, en su condición de estrella, estaría más cómodo en una cárcel de Nueva York entre raperos gordos y hackers que le recen. Al fin y al cabo, tal y como está ahora, firmando esos papeles un día tras otro en ventanilla tras cubrir los mismos paseos, Julian Assange permanece detenido en el Día de la Marmota.
Estados Unidos calla mientras piensa en cómo devastar al soldado que filtró los documentos con los que Assange destripó la diplomacia americana como a una ballena varada. Al rey de Wikileaks lo pillaron en las sábanas, que es donde acaban todos, lo que obliga a pensar más en la mafia que en la CIA -una mafia soft, o sea-, porque los servicios secretos estas cosas las arreglan con polonio. Dos chicas con las que Assange se acostaba a espaldas una de la otra quedaron -siempre quedan- y se escandalizaron entre ellas por no sé qué de unos polvos sin protección. A este Assange arrestado por no querer ponerse un condón lo debería convertir en mártir la Iglesia.
Ana Pastor pasó por Pontevedra tan fugazmente que comentó en Twitter que había estado en Vigo. La dejó el avión con retraso en Peinador, llegó al Pazo da Cultura para dirigirse a los 180 alumnos diplomados en Maxisterio y salió disparada de nuevo al aeropuerto. «Produce emoción ver llorar a los padres, la ilusión de estos chicos». La entrevista tiene que realizarse dentro del coche del profesor de la Universidade de Vigo que lleva a la periodista al aeropuerto. Quien ha estado frente a Ahmadineyad advierte primero que se faja bien de los titulares. Pastor no quiere ruido.
¿Cree en la objetividad?
Yo soy madre de un bebé de siete meses. ¿Puedo ser objetiva cuando hablo de bebés? Probablemente no. Pero hay algo que es la honestidad, para mí lo más importante. Yo necesito ser honesta haciendo mi trabajo. Es fundamental. Y es la norma que guía mi vida.
Ha dicho que la televisión le da libertad, pero fuera está sometida a mucha presión.
Le quito mérito e importancia a esa presión. Es mucho más complicado que la presión la recibas, por ejemplo, en un medio local en el que está habiendo despidos; ahí la presión es directa y brutal, y probablemente más dañina. Salir en la televisión tiene muchas ventajas. Hay una exposición pública que te permite entrevistar al presidente de Irán, y hay un inconveniente, que es la presión. Yo no lo llevo mal. Sé cuál es mi trabajo y he decidido ser una periodista incisiva desde el primer momento, y asumo que eso no le gusta a los políticos.
¿Le afecta?
Yo sigo haciendo las mismas entrevistas. Las hago igual desde el primer día en los Desayunos. Y con políticos de todo signo. Y si se quejan todos significa que en TVE lo estamos haciendo bien.
Dice que se siente incómoda en los titulares, que es un clásico entre periodistas. Pero algo debe de tener.
Incómoda porque el hecho de responder preguntas ya me genera una cierta intranquilidad. Es verdad que yo obligo al político a mojarse, pero a mí no me gusta que me hagan preguntas, y lo digo en las entrevistas. En Los desayunos yo suelo decir eso de ‘aquí las preguntas las hago yo’. Dicho lo cual, entiendo que cuando se produce una circunstancia especial… Y yo creo que lo de Irán no fue una circunstancia especial para Ana Pastor, sino que fue importante para Televisión Española. El símbolo del pañuelo, pues fue eso: un símbolo de lo que estaba pasando en la entrevista. Y si yo en ese momento pienso en el pañuelo o en mis pies no hubiera hecho el trabajo que tenía que hacer. Asumo esa parte, pero si puedo elegir, soy periodista y punto, se acabó.
Dijo en su momento que se le había caído el hiyab sin querer.
Esta semana he visto por primera vez la entrevista entera. Y si uno se fija, en el momento en que se me empieza a caer el velo, del que yo no soy consciente, es cuando hablo de las lapidaciones a mujeres y las ejecuciones a homosexuales. Si yo me pongo a pensar en el velo no sigo por ahí. Y es además el momento de más intensidad de la entrevista. Yo nunca había llevado velo, mucho menos en una entrevista, y no fui consciente. Ni siquiera de la que se iba a montar luego. Lo importante era lo que él dijo y las acusaciones que él lanzó, no la periodista, el velo y sus tacones.
¿Qué impresión le causó Ahmadineyad?
Tuve muy poco tiempo. El entorno trata de condicionar más que él. Él llegó prácticamente unos minutos antes de empezar la entrevista. Es un personaje inquietante. Sonreía mucho durante la entrevista incluso cuando le planteé un tema tan terrible como el de lapidar a una mujer.
¿Cómo consiguió la entrevista?
Hay que ser muy pesado, y el equipo de Los desayunos tiene una ventaja, y es que no le importa nada ser muy pesado. Peleamos las entrevistas como Rafa Nadal, que ya nos gustaría ganar tantos títulos, pero somos así. No nos rendimos nunca. Ahora estamos con dos o tres entrevistas como la que se emite mañana [por hoy, con Tony Blair], y es una cuestión de insistir y de que vean que para ellos también es importante, porque Televisión Española es un medio de referencia no sólo en España sino en muchas partes del mundo.
Usted defiende que se está viviendo una etapa de total libertad en la televisión pública.
Totalmente. Hablo desde mi absoluta opinión personal. A mí jamás nadie me ha dicho que hiciese así o de otra manera una entrevista. Jamás. Por eso creo que es bueno resaltar el tema de Irán. Porque probablemente nunca hubiera sido posible, ni ésa ni muchas otras, si tienes a alguien que te condicione, que te diga ‘ten cuidado’ o no sé qué. Bueno, las presiones siempre han existido. Yo estoy muy orgullosa de trabajar para el equipo que trabajo.
¿Veía los informativos de TVE en la etapa del PP? ¿Qué le parecían?
Yo siempre he seguido TVE. Para mí y para mucha gente es una referencia. Dicho lo cual, a mí me gusta mucho esta etapa.
¿La no injerencia en los informativos de la que usted habla por parte del Gobierno puede cambiar si se produce un cambio de poder?
No lo sé. No me gusta hacer futuribles. El territorio conquistado es muy bueno para todos: para los periodistas de la casa y para la gente que nos sigue. Pero yo no sé qué va a pasar en el futuro. ¿Me inquieta? Pues desde luego me inquietaría más como ciudadana que como periodista. Pero es que realmente no sé el proyecto que tiene el Partido Popular para la televisión pública; habría que preguntárselo a algún dirigente del PP.
¿Se arrepiente de algo respecto a la entrevista con María Dolores de Cospedal?
No. A mí me gusta mucho escuchar a Cospedal y a muchos otros dirigentes del PP. Por eso, y esto es importante, en el cierre de campaña volvió Cospedal y no ocurrió nada. Me gusta escuchar su opinión y sé que representa a todo un partido, porque es la secretaria general, y ahora además va a ser la presidenta de una comunidad autónoma. Me gusta escucharla incluso aunque no esté de acuerdo con ella.
La señora Nieves que ponía vinos en el San Ginés sabía inglés y francés, y el pueblo echaba las horas allí, en el Pequeño Bar o en la taberna de Amalia, la Casa Justo de terraza emparrada. El Quijote brotó como una planta cuando se empezaron a amasar las noches como un producto natural, un pan horneado con el que alargar las tardes de playa. Allí se bosquejaba la movida y estallaban en la pista, como flores reventonas, los amores que habría de sellar don Ramón en el templo.
Antes que una novela universal el Quijote fue para los niños de Sanxenxo una discoteca de pista, cabina y butacas con una Dulcinea arriba independizada como café. Nos vestían de supermanes y mosqueteros y nos soltaban allí en los festivales del carnaval cuando no directamente al hotel Terraza. La sala se forjó una leyenda a medida que tragaba generaciones y machacaba éxitos. A finales de los 90 fue el escenario de la batalla épica de la tardoadolescencia en bañador, y por allí se despatarraba la vida. Una de esas noches asistimos en el Dulcinea a las cantadas de Zubizarreta contra Nigeria y abajo, horas más tarde, bailamos en corro el tiburón, el tiburón, se la llevó.
La piqueta acaba de sajar el Quijote y se ha llevado por delante hasta la metáfora. Habrá galerías comerciales allí como ya hay un edificio donde La Edra y una caja de ahorros donde La Luna. La Edra había sido el escaparate blanco de la movida civilizada de Sanxenxo: su majestuoso esplendor. A ratos el espectáculo rozaba lo inaudito. Los asilvestrados la descalificaban por pureta, suntuosa y matraca. A ciertas horas Soleares echaba por fuera y La Edra, con cierta reserva, iba recogiendo los pedazos más aprovechables de aquella veinteañada que empezaba a detestar las turbas. A unos metros el neón empapaba las últimas gotas del crepúsculo de La Luna y Silgar lucía desnuda y limpia a la luz de la selecta luz de la primera línea. Todo poseía una fascinación higiénica y poderosa, aunque si se rascaba mucho aparecían los hierros y los cables de aquel paripé dorado.
El Quijote, tumbado en escombros, fue lo más famoso que tuvimos en el pueblo. Su cadáver llevaba años exponiéndose inservible en la calle Madrid como el esqueleto de un dinosaurio en una urna. Enterrado el caballero, esperamos los molinos.
Mariano Rajoy observa estos días el pandemonium socialista como esos jubilados fascinados por las demoliciones municipales que se arremolinan en las vallas perezosamente excitados. El dedo de Rubalcaba se ha apuntado hacia sí mismo, como el figurón de la cama que tenía los pulgares hacia dentro, y se ha aireado una imagen que lo exhibe apoyado en unas rocas de la playa de Llanes en una pose a caballo entre Pocholo y Tadzio. A Chacón le ha salido una belleza estupefacta, bañada en esa serenidad que asalta a las mujeres cuando renuncian al amor y a La Moncloa, y de Zapatero se habla como de un diputado de posguerra, con esa pátina de sepia que templa las imágenes de entonces; Zapatero trajo a los soldados desfilando desde Irak y se va con el pueblo desfilando al paro.
Rajoy contempla la pira bajo la modorra antológica que se le atribuye. El País dijo ayer que estaba «desaparecido», pero Rajoy lleva desaparecido desde que se empezó a escuchar el crujido de las paredes. De vez en cuando se sube a un atril a decir cuatro cosas en voz baja, sin molestar a nadie, pues la gente anda atareada preparando su voto de castigo al PSOE; hay quien duerme con la papeleta en la mesilla. Si las elecciones fuesen hoy mismo el PP cedería las vallas publicitarias a los socialistas y haría gradas alrededor. Rajoy sabe que cuando el viento hincha las velas es mejor dedicarse al paisaje. En este sentido un movimiento inteligente ha sido poner a Carmen Lomana en Intereconomía a comentar el 22M.
Rajoy es un líder marcado por tres días de marzo, cuando paró la mudanza para decir que tenía la convicción íntima de que ETA estaba detrás del 11M. Hubo ruido en la televisión y silencio en los cementerios, y de aquella atmósfera irrespirable emergió Rubalcaba para decir que España no se merecía un Gobierno trolero. Esas horas le encorvan todavía la espalda a Rajoy, a quien desde entonces parece escribirle los discursos Jane’s Addiction («Soy un hombre orgulloso, de todos modos / cubierto ahora por esos tres días»). Maestro a la hora de decir una cosa y sugerir la contraria, el vodevil de Ferraz lo ha postrado definitivamente en la tumbona. De esta graciosa siesta quiere despertarse Mariano Rajoy como presidente del Gobierno. Lo único que se puede esperar ya de él es que cambie el programa electoral por el programa de mano de la Feria de San Isidro.
Hace casi un año, sentado en la terraza de su apartamento de Sanxenxo, Rajoy repasaba Notas de una vida, del conde de Romanones. Aquella estampa del registrador en náuticos leyendo tal tocho en pleno agosto de la Marbella gallega daba la medida de Rajoy y también un poco la medida de todas las cosas. Bromeaba sobre las diferencias entre Aguirre y Gallardón y se encogía de hombros al comentar la balacera de su derecha hostil («Llegaron a decir que me fui a México a hacerme masón»)..
«Prefiero a Rubalcaba, que ya lo conocemos», puso ayer en su boca Casimiro García Abadillo. Quizás sea por eso precisamente por lo que sería mejor no tenerlo enfrente. Porque la fiesta en principio es de Rajoy, como la del 14M. Pero a veces, de las fiestas, las vísperas; y del anfitrión, las vísceras.
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