Entradas archivadas Diario de Pontevedra / El Progreso

Parados

Hace dos años el presidente del Gobierno salió en unos carteles electorales prometiendo el «pleno empleo» y de manera automática la tasa de paro acabó llegando al 20% (un año después, ya en racha, Emilio Pérez Touriño salió en esos mismos carteles con un lema: O Presidente). Yo no sé cuántos trabajadores se manifestaron ayer en el Primero de Mayo, pero puedo suponer que pocos. Los trabajadores en este país ya se están conociendo entre ellos, como los albinos. En España tener trabajo empieza a ser un exotismo inadmisible, casi una afrenta; una manera original de ir por la vida. Cualquier día los museos empiezan a exponer nóminas. Con este paisaje los sindicatos le vienen echando la culpa al capital, focalizando el odio hacia algo que recuerda vagamente a la Bruja Avería. Quiere decirse que el “capitalismo salvaje” nos queda bien a los articulistas, necesitados de darnos distinción, pero a los parados hay que hablarles de Infojobs, subsidios y José Luis Baltar para convencerlos de que la necesidad de reestructurar la economía mundial es grande, pero no más que un sueldo.  Que se ponga ahora a bajar el paro o siga la fiesta viene siendo ya lo de menos. Es tiempo de buitres y la necesidad de empleo es como la necesidad de sexo: uno acaba metiéndola en donde sea.


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Celebrities

La imagen de Madonna en una gasolinera de un pueblo de Burgos da la medida del apocalipsis y de lo que sería la Tierra con sus volcanes en erupción: los diarios anunciaron que la estrella “vagaba” en busca de un aeropuerto. Un mundo sin aviones es un mundo con celebridades por carreteras regionales buscando un aeropuerto, un Ritz o una cocacola con sabor a soja. El cielo es de las estrellas y las gasolineras de Burgos ya no tanto. Si yo apareciese “vagando” por el avión de Madonna buscando un McDonalds no habría tanta fiesta. Hace años Brad Pitt y Angelina Jolie se perdieron en las afueras de Bilbao y pararon a un barrendero que casi infarta del susto. Una no puede ser Angelina Jolie y bajarle la ventanilla a un barrendero en su mundo de barrenderos de la misma manera que a Angelina Jolie no se le puede aparecer detrás del cristal de una limusina la cara del ‘cuñao’. Un escritor de éxito, pongo por caso, no puede a estas alturas de la vida llamar para decir: “Carmiña, dejo esto que es muy estresante”, y volver al instituto tras ser el sostén intelectual del Gobierno a dar clases como Fray Luis de León y su “decíamos ayer”. “Ayer decíamos hostias”, le contestarán, que fue lo que le tuvo que decir el barrendero a Angelina Jolie cuando le preguntó por Bilbao: “Saca el mapamundi, pantera”.


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CR9

En los últimos tiempos observo con cierto alarmismo que a la gente con la que no tengo confianza le hablo con las piernas abiertas como Cristiano Ronaldo antes de tirar una falta. Lo supe este viernes cuando alguien requirió mi atención: me levanté de la mesa y me planté delante de él tan abrumado y de una guisa tal que acabó llamándome la atención un camarero. Esto puede ser debido a que cada vez me incomoda más el trato con la gente, con la que a duras penas me comunico si no tengo encima dos vinos, y lo resuelvo de manera instintiva apelando a pasiones irracionales. Mejor eso que apoyar la mano en una mejilla de la cara, que fue lo que hice un tiempo tras una sobredosis de Antonio Recio, el protagonista de La que se avecina. Este nerviosismo que me produce el contacto con la gente, tan acostumbrado estoy a escribirme incluso con la compañera de trabajo que tengo enfrente, a la que prefiero enviarle un correo antes de decirle nada, va a acabar jugándome una mala pasada. Ayer mismo, por ejemplo, un señor al que apenas trataba hizo un chiste que no entendí y que me dejaba en una situación muy violenta, así que automáticamente di tres pasos atrás y miré al árbitro. Claro que lo que hizo este hombre tampoco fue muy normal, porque se puso a toda prisa a ordenar la barrera cuando era evidente que en mi ánimo el balón era él.


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Licor café

Uno de los grupos más inteligentes que hay en Facebook es uno que anuncia que el licor café es un invento gallego para exterminar al resto de la península. Probablemente sea verdad, pero antes de empezar a exterminar fuera va a acabar primero con nosotros. En Galicia donde quiera que uno vaya termina siempre entregado al rito: se levanta a pagar y aparece un camarero con la botella al berro de “aquí no se mueve ni Dios”. Tras cabecear compungido y acuclillarte junto a la mesa con las manos en la cabeza murmurando: “Qué será de mí, qué será de mí”, tú dices que vale, pero que “sólo uno”, y que esta vez “de verdad”: frases todas ellas que a mí, en cierto modo, me han ido destrozando la vida. Para quien no lo conozca, el licor café en cantidades industriales le deja a uno la cabeza en blanco, cuando no del revés, mientras el cuerpo entra y sale de los bares a tontas y a locas. Sálvense ustedes si pueden. El último chupito de licor café que yo bebí de un trago a las siete de la tarde me dejó saliendo de un after a las nueve de la mañana al borde de la inconsciencia y agarrado a una mujer a la que le decía que yo tenía una familia y que no debería estar yéndome con ella a ninguna parte. Fue quizás la mayor escena triunfal de mi vida, porque aquella chica resultó ser mi mujer, que se pasó el camino a casa tratando de asimilar que su marido no sólo se disponía a ponerle los cuernos delante de ella, sino con ella misma.


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Caixas

En los próximos meses va a haber en Galicia pocos espectáculos más productivos que la fusión de las caixas. Puede incluso que lo note el turismo. En el sur lo único que se pudo ver fue una comilona: Vigo se tragó a Pontevedra y Ourense y lo que se hizo fue presentarse todo de una manera aseada. Galicia es una tierra de tantas en la que se miran mucho los lindes y donde los hermanos se separan al morir los padres por diez metros de finca. En la A-9 hay un aeropuerto por cada cincuenta kilómetros, casi tantos como áreas de servicio, y Pontevedra y Vigo llevan doscientos años peleadas por la capitalidad de provincia. Que esta filosofía tan sui generis no desemboque en mayorías consecutivas y aplastantes del nacionalismo gallego es para hacérselo mirar; el nacionalismo, no el pueblo. Ahora los directivos de Caixa Galicia y Caixanova van a tener que manejar con destreza ante la opinión pública el sentido peyorativo al que dijo referirse Rosa Díez: el gallego del que no se sabe si se le está subiendo o si se le está bajando; de eso va a depender el éxito. Y por muchos números, volumen de negocio, estrategias, oficinas, créditos y pactos llevados al límite que le pongan, esto va a ser lo que lleva siendo toda la vida de dios: disputas por un trozo de leira.


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Dinero

De los ricos dijo Fitzgerald una frase que lo acabó destruyendo: “Son diferentes a nosotros”. Daisy, la enamorada de Gatsby, habla en la novela con una voz “llena de dinero”. A José Fernández López, el fundador de Pescanova, se le conocía en Vigo como Pepe o dos cartos. En 1968 Froiz compró una carnicería sin saber hacer un filete y dos años después Amancio Ortega llegaba a Pontevedra cargado de batas de boatiné para colocarlas en Clarita. Con el prepucio de las ballenas hacía Onassis los taburetes para sus barcos. Al coger el taxista la propina que le dio el primer barón Rodhschild, dijo: “Su hijo siempre me da más dinero”. “Seguro que es así”, contestó el noble: “Como sabe, mi hijo tiene un padre rico y yo no”. Cuenta Alvite que en el baño del Savoy una mujer escribió: “Te querré siempre, Johnny” y Johnny puso debajo: “¿De cuánto dinero estamos hablando, nena?”. Todos los años por estas fechas Forbes publica la lista de los los hombres más ricos del mundo para que podamos imaginar esas vidas selectas repletas de cosas que aún no conocemos. Recuerdo entonces la frase de Fitzgerald y el canto feliz que le pusimos los gallegos: “Cando se emborracha un rico, qué gracioso está o señore / cando se emborracha un pobre, todos lle chaman borrachone”.


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La Revolución era una aldea

A finales del caluroso julio de 1992, dos días antes de que Fidel Castro llegase a Láncara, el pueblo lucense de su padre, el dictador cubano asistió en Sevilla al día de Iberoamérica en la Exposición Universal. De traje y corbata, Castro estuvo rodeado de periodistas, y en un momento dado arreó un pescozón a un reportero de Radio Martí, emisora con base en Miami. «¿Agustincito, qué haces tú por aquí?». «¿Cuándo vas a cumplir lo que nos prometiste en Sierra Maestra?», respondió el periodista. Castro ensombreció la mirada: «Hoy no hago declaraciones».

En el pabellón de España, minutos después, y tras los brindis del Rey a los postres, Castro tomó la palabra para agradecer a don Juan Carlos el trato. «¡Me declaro realista!», dijo entre las carcajadas de la práctica totalidad de presidentes latinoamericanos. Felipe González le contestó guasón que había elecciones en un año y por tanto le quedaban doce meses de campaña. El presidente de Argentina, Carlos Menem, se sumó a la coña colectiva y le propuso nombrar a un primer ministro en Cuba. Finalmente, el presidente de Costa Rica, Rafael Calderón, planteó una solución de consenso: que Fidel se nombrase rey y sometiese a elecciones al primer ministro. Esto provocó una salva de carcajadas y la presidenta de Nicaragua, Violeta Chamorro, miró hacia una cámara de TVE y suspiró con bochorno: «Ay, Dios mío».

La escena está incluida en las casi treinta horas de grabación que forman parte del material de trabajo, compuesto también por ingente material gráfico y escrito de los periódicos locales y nacionales, del cineasta Manuel Fernández-Valdés (Pontevedra, 1979), que trabaja en el rodaje de un documental sobre la primera y única visita de Castro a Galicia. Es la radiografía de dos días en los que un ex ministro franquista y el líder comunista más longevo del siglo XX compartieron chanzas, homenajes y emociones en una visita, la de Castro, de tintes surrealistas. «Fue algo cómico», dice Fernández-Valdés. Allí estaba la derecha democrática que representaba Fraga, procedente de una dictadura, y la izquierda revolucionaria que se sublevó contra una dictadura, la cubana, para instaurar la suya propia, juntos del brazo al paso de un pueblo extasiado que le había dado la mayoría absoluta al presidente gallego. «Hay una imagen tremenda. Un plano general de la Praza do Obradoiro en el que se ve la fachada de la Catedral, y de repente aparece ondeando una bandera descomunal de Cuba. Y la gente allí cantando ‘Cuba Libre’», cuenta el director.

«Yo soy hijo legítimo de Galicia», proclamó el dictador a su llegada. Abrigados por la policía en un despliegue sin precedentes, Manuel Fraga y Fidel Castro recorrieron Láncara entre vítores y escucharon pasodobles de la banda de Sarria y congas de una orquesta cubana desplazada desde Asturias para la ocasión. En los discursos, Castro prefirió declararse «nieto de emigrantes pobres» a hijo de un emigrante gallego afortunado, y Fraga prorrumpió en llanto al recordar la historia de su familia, marcada por la marcha a Cuba del padre. Disfrutaron ambos de una romería con pulpo, empanada y sardinas, y acabaron la tarde felices jugando una partida de dominó que ganó el gallego.

‘Fraga y Fidel sin embargo’ es un trabajo producido por Bambú y escrito y dirigido por Fernández-Valdés, cuyo primer largometraje, Manuel y Elisa, ganó el premio de mejor documental gallego en la edición de 2009 del festival Play-Doc. Cuenta con una subvención de 40.000 euros de la Xunta de Galicia, y está previsto que en mayo el director se desplace a Láncara y prepare un rodaje que se desarrollará en verano. Para ello, tras el trabajo de investigación y documentación, grabará el testimonio de los vecinos que vivieron el acontecimiento. La recreación seguirá un método casi científico desde el momento en que Fidel Castro bajó del avión.

«Queremos tener la experiencia de la gente que lo vio, y saber sus impresiones de entonces y ahora. Vamos a ir a cada lugar en el que estuvo Fidel, y en cada lugar buscar a alguien que estuviese allí. ¿Por ejemplo? Aparecer en el Araguaney y saber quién fue el que le limpió la habitación. Ir al aeropuerto y saber quién lo trató allí, o quién lo vio. Saber del conductor que le llevó en coche estos días… Unos aparecerán y otros no: la idea es buscarlos». Esta reconstrucción minuciosa se apoyará también en grabaciones domésticas que el equipo de producción busca en Galicia. «En 1992 no había tantas como ahora, pero sí algunas cámaras de vídeo, y estoy seguro de que hay gente que grabó cosas. Nos gustaría saber quién tiene ese material, ponernos en contacto y saber si podemos contar con eso». En este sentido, la productora ha pedido la colaboración de todos los que hayan presenciado y registrado el viaje para que se pongan en contacto en la dirección documentacion@bambuproducciones o en el número 91 799 25 41.

Aquel verano de 1992 Barcelona acogía las Olimpiadas y Sevilla la Exposición Universal, y en Láncara Fidel Castro recibía el título de «hijo adoptivo» entre los aplausos de un grupo de seguidores exaltados gritando a favor de Cuba, muchos de ellos con insignias del Exército Guerrilheiro do Povo Galego Ceive que cuatro años antes había volado la casa de Perbes de Fraga Iribarne. Tanto el presidente gallego como el alcalde de Láncara, el socialista Eladio Capón (que luego se fue al PP con Cacharro), pidieron a Castro la democratización de Cuba. Castro respondió a la petición de sus anfitriones comentando que el título de «hijo adoptivo» le parecía poco, pues él se consideraba «hijo natural». Ya lo habían llevado a conocer la casa de su padre, Ángel Castro, natural de San Pedro de Láncara y cuya casa se conserva en Armea de Arriba.

Fraga recibió en Galicia a Castro con una recepción en la que estuvieron todos los conselleiros, numerosos diputados del PP gallego y representantes de la cultura, entre los que se encontraba Gonzalo Torrente Ballester. Fidel devolvía de ese modo la visita que un año antes había hecho el presidente gallego a Cuba para conocer, también, la casa en la que vivió su padre. Castro agradeció los tres días de fiesta: «Manuel Fraga fue muy valiente, supo resistir todas las presiones y supo hacer posible la presencia de nuestra delegación aquí». «Nos mantendremos firmes, resistiremos y lucharemos, por lo que nunca daremos motivos a los españoles y gallegos de sentir vergüenza de sus descendientes cubanos», dijo. Durante su viaje, además de unas medidas de seguridad impactantes, Castro tuvo a su vera un pequeño grupo de seguidores que clamaron contra el bloqueo de Estados Unidos y a favor de la dictadura cubana. «Somos gallegos, en una palabra», clamó Fraga en su discurso. «Rezamos por nuestros muertos ante la tumba del Apóstol Santiago, en nuestras romerías innumerables y al pie de nuestros infinitos cruceros».

«He vivido uno de los días más felices de mi vida», dijo ya al final de su periplo el jerarca cubano después de la ‘papadela’ en Armea que se cerró con la partida de dominó. Abc subrayó entonces que «los partidos de la extrema izquierda gallega dieron cuenta de unas suculentas empanadas gracias a Fraga; mientras que un poco más allá periodistas cubanos que trabajan en Miami y a los que el dictador aplicaría el calificativo de ‘gusanos’, saboreaban unas espléndidas sardinas que les pagó Fidel». Si vida de dos ancianos en O Rosal (A Guardia) fue la ópera prima de Fernández-Valdés,  que tuvo la idea de su siguiente documental tras leer un artículo de Diario de Pontevedra titulado La Revolución era una aldea publicado en noviembre de 2008, el director se enfrenta ahora a una relación explosiva que enfrenta dos ideologías opuestas: «Lo que había en Manuel y Elisa era verdad. Esto sin embargo es una mentira».


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Don Juan

Gonzalo Torrente Ballester quiso a Don Juan más que a los otros porque cogió polvo en los mostradores de las librerías como la carta aquella con la que Poe fundó la novela negra: tan visible era que desaparecía a la vista. Torrente, que contaba que Franco había hecho la Guerra Civil para poder entrar en su ciudad como almirante porque era lo máximo a lo que podía aspirar un ferrolano, compuso un héroe empeñado en la tarea titánica de oponerse a Dios. Afiló el instrumental de una ironía redonda, gallega en el sentido exquisitamente más peyorativo (la socarronería brutal, de voz baja e inteligencia fina y demoledora), y se puso a escribir una novela mayor arriando con ella la bandera de un mito español. Presentó a un burlador emparedado por la lealtad familiar a los muertos y el servicio a sí mismo y su condena de expatriado, y se concedió una docena de escenas pletóricas. En una de ellas, Don Juan regresa de su largo exilio a Sevilla y se encuentra en casa a su esposa enamorada que lo espera fiel y devota, pero que pasado el tiempo ya no lo reconoce. Sin darle respiro a su pasión irrenunciable, el Tenorio consigue llevársela a la cama con artes endiabladas para pasmo de los hombres que quieren juzgarlo en un tribunal improvisado. «¡Vean», exclama el Comendador asesinado, «a qué extremos llega este hombre, que se está poniendo los cuernos a sí mismo!».


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Nazis

En Malditos bastardos hay una escena fantástica, quizás una de las mejores que haya rodado Tarantino y que mejor haya definido, tanto Haffner y tanta reflexión después, el nazismo. Sucede cuando a Shosanna Dreyffus le presentan a Joseph Goebbels y a su traductora francesa. Y a Shosanna lo primero que se le pasa por la cabeza al verlos es la imagen de Goebbels sodomizando a su traductora. No de cualquier manera, sino de la manera exacta que uno podría imaginarse a Goebbels en la cama si alguien se lo presentase: con ropa puesta, la cabeza medio ladeada en un tic enfermizo y emitiendo gruñiditos, con un movimiento espasmódico en la mano, como un Mini-Yo. Es apenas un segundo y la mujer, que ruge pintada como una puerta, no mira atrás. Hace bien: escuchando el concierto que se produce a su espalda la mejor decisión es clavar la mirada en el estampado de la colcha y no pensar en los raros caminos que conducen al orgasmo o al genocidio. Lo que hace Shosanna con esa visualización es anticipar la naturaleza del personaje y confirmar el espanto de su régimen: Tarantino describe mejor a Goebbels en el fornicio que en la imprenta. Y con eso conduce de paso a la intimidad del nazismo: un hatajo de locos que se han puesto de acuerdo en azotar un trasero y una mirada entre complacida y dolorosa, por lo estrecho, que sirve de cómplice necesario para la definitiva eyaculación aria.


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Neocon

Uno de los privilegios que tenemos los periodistas imparciales, inteligentes y humildes es que al adoptar una dirección siempre hay alguien que te adelanta pitando con el culo fuera de la ventanilla. Si usted critica el pixelado de las hijas de Zapatero debe saber que detrás viene alguien a toda velocidad llamándolas “callos horrorosos”, y si a usted le parece tonto Guillermo Toledo debe sopesar la probabilidad de que algún periodista diga que la tiene pequeña. Esto pasó en el programa de César Vidal, que dijo además que otro actor de izquierdas también la tiene muy chiquita. Sáquese usted diez carreras universitarias, hable cien idiomas, escriba veinte libros al año y cuando le pongan un micrófono delante póngase a hablar de pollas. Hágalo para dejar en el aire, como quien no quiere la cosa, que los de izquierdas la tienen pequeña, que he visto pocas salidas del armario menos discretas. Por saber un poco el espectro ideológico en el que uno se mueve yo me lo he hecho mirar, y en reposo la veo del tipo socialdemócrata tirando a comunista ortodoxa, a qué engañarnos, casi trotskista. Sin embargo con el meneo va para ‘halcón’, una fiera neocon con carné de Asociación Nacional del Rifle. Estoy por sacarle una foto y mandársela por fax al pichólogo de guardia, a ver qué dice.


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