Entradas archivadas Diario de Pontevedra / El Progreso

Nazis

En Malditos bastardos hay una escena fantástica, quizás una de las mejores que haya rodado Tarantino y que mejor haya definido, tanto Haffner y tanta reflexión después, el nazismo. Sucede cuando a Shosanna Dreyffus le presentan a Joseph Goebbels y a su traductora francesa. Y a Shosanna lo primero que se le pasa por la cabeza al verlos es la imagen de Goebbels sodomizando a su traductora. No de cualquier manera, sino de la manera exacta que uno podría imaginarse a Goebbels en la cama si alguien se lo presentase: con ropa puesta, la cabeza medio ladeada en un tic enfermizo y emitiendo gruñiditos, con un movimiento espasmódico en la mano, como un Mini-Yo. Es apenas un segundo y la mujer, que ruge pintada como una puerta, no mira atrás. Hace bien: escuchando el concierto que se produce a su espalda la mejor decisión es clavar la mirada en el estampado de la colcha y no pensar en los raros caminos que conducen al orgasmo o al genocidio. Lo que hace Shosanna con esa visualización es anticipar la naturaleza del personaje y confirmar el espanto de su régimen: Tarantino describe mejor a Goebbels en el fornicio que en la imprenta. Y con eso conduce de paso a la intimidad del nazismo: un hatajo de locos que se han puesto de acuerdo en azotar un trasero y una mirada entre complacida y dolorosa, por lo estrecho, que sirve de cómplice necesario para la definitiva eyaculación aria.


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Neocon

Uno de los privilegios que tenemos los periodistas imparciales, inteligentes y humildes es que al adoptar una dirección siempre hay alguien que te adelanta pitando con el culo fuera de la ventanilla. Si usted critica el pixelado de las hijas de Zapatero debe saber que detrás viene alguien a toda velocidad llamándolas “callos horrorosos”, y si a usted le parece tonto Guillermo Toledo debe sopesar la probabilidad de que algún periodista diga que la tiene pequeña. Esto pasó en el programa de César Vidal, que dijo además que otro actor de izquierdas también la tiene muy chiquita. Sáquese usted diez carreras universitarias, hable cien idiomas, escriba veinte libros al año y cuando le pongan un micrófono delante póngase a hablar de pollas. Hágalo para dejar en el aire, como quien no quiere la cosa, que los de izquierdas la tienen pequeña, que he visto pocas salidas del armario menos discretas. Por saber un poco el espectro ideológico en el que uno se mueve yo me lo he hecho mirar, y en reposo la veo del tipo socialdemócrata tirando a comunista ortodoxa, a qué engañarnos, casi trotskista. Sin embargo con el meneo va para ‘halcón’, una fiera neocon con carné de Asociación Nacional del Rifle. Estoy por sacarle una foto y mandársela por fax al pichólogo de guardia, a ver qué dice.


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Un cura

No sé si han visto ustedes la foto de ese cura de Toledo que se anunciaba con una foto digna de portada de FHM en un rincón de su casa con las contras echadas. En ella sale vestido sólo con unos calzoncillos que habría que saber a qué siglo pertenecen y cómo llegaron hasta aquí. A ver si se anima Dan Brown y nos refiere la historia, porque cosa de la Iglesia parece. El cura ofrecía servicios sexuales a mujeres a un precio que define un estado de euforia (50 euros por quince minutos) y un anuncio forjado con la autoestima de un titán (bien dotado: 15 centímetros). Ha habido escándalo y hasta una señora cerrándose la bata para hablar con la televisión soltó la frase fundacional del pueblo: «Mi hijo iba a la catequesis y ahora te da por pensar». Que no piense mucho, no vaya a ser que llegue a la conclusión de que la heterosexualidad del joven es un milagro y su actitud, dentro de la Iglesia, el más venial de los pecados. De él se ha dicho que era un profesor estupendo y en la misa del domingo, que en el pueblo la misa del domingo es como la Audiencia Nacional, confesó haber robado dinero del cepillo. A cuántos políticos habría que llevar a esa iglesia a tomar ejemplo y a cuántos curas de la oreja a enseñarles a llevar el sexo con naturalidad, de común acuerdo con mayores de edad y, por si fuera poco, pasando la cesta.


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Los próximos

A los «próximos» ha tenido que referirse Vanity Fair para poner las intimidades de los príncipes de Asturias en su boca. Cuando hablan «los próximos» normalmente habla el protagonista, que no se quiere rebajar a hacer declaraciones por cuestiones del cargo, por megalomanía o porque hay mucho imitador de Salinger con el interés de que todo el mundo sepa cómo es la vida de Salinger. Esas lecciones no hace falta aprenderlas con la monarquía. Un concejal de Sanxenxo me tenía media hora al teléfono hablando sobre licencias urbanísticas y acababa: «Pero esto no te lo digo yo, ¿eh? Ponle tú fuentes conocedoras de su intimidad o lo que sea». Y luego yo, que andaba a verlas venir, la montaba parda: «Fuentes próximas al edil aseguran que está molesto: ‘¡Cómo no voy a estarlo!». Uno ha de tener sensibilidad en tratar a los «próximos», porque su invisibilidad da la medida de muchas cosas, y conviene no menospreciar a quien es capaz de hablar de sí mismo imaginando que es una tercera persona la que lo hace. Más que nada porque a veces el propio entrevistado llega a nombrarse a sí mismo como si ya nombrase a otro, y adopta el papel de «próximo» con tanta pasión que acaba recordando, casi trastornado, las maldades de «ese señor», que son las suyas propias, y con tanta violencia y ensañamiento que termina rogándole al periodista el anonimato.


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Telmo Martín

El viernes por la noche setenta periodistas de Pontevedra se reunieron en su cena anual de confraternización y pelotazo para celebrar a su patrón. Unas horas antes el PP envió a radios, televisiones y periódicos un vídeo en el que Telmo Martín decía: “Los medios son unos hijos de puta”. Hombre, se han visto campañas de imagen mejores. El PP ha dicho que aquello era una conversación informal, que no es que apareciese Martín felicitando el patrón a los periodistas sentado en un sofá con la foto de la familia y una bandera de España. A mí ya digo que no me molesta. Yo me retiraré a cultivar amapolas en Afganistán el día que un político me diga que soy lo mejor que le pasó en la vida. Lo que sí me irrita un poco es la frialdad de Martín pidiendo disculpas. Tuvo poquita ambición. Lo normal hubiera sido decir, qué sé yo, que se estaba refiriendo a los medios del Barça, que no la dejan tocar, o a los medios de rescate de Haití. Porque el insulto, a estas alturas, es innegociable. Al fin y al cabo hoy en día si estás en el PP y no llamas a alguien “hijo de puta” delante de las cámaras no eres nadie. Los ‘populares’, por decirlo de otra manera, han decidido encarar las Generales 2012 volcados en la doctrina chanante, que se resume en el estribillo de Joaquín Reyes Ernesto Sevilla: “Hijo de puta hay que decirlo más”.


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Antigalego

Antes de que una bomba estallara a la puerta de su casa, a Roberto Blanco Valdés le habían escrito “antigalego” en sus muros. Blanco Valdés también escribe, así que alguien, después de darle muchas vueltas, encontró la manera adecuada de comunicarse con él. Yo siempre digo que cuando no pueda escribir en los periódicos voy a escribir en las paredes. Lo que ocurre es que a Blanco Valdés su periódico le paga porque él escriba, así que lo lógico hubiera sido que el autor de “antigalego” fuese a final de mes a llamar a casa del catedrático a preguntar qué hay de lo suyo. El negocio funciona así, no es que esto sean cosas mías. Para escribir “antigalego” ha tenido uno que pasar frío, comprar spray y consumir tiempo pensando, que una ocurrencia así no es algo que llegue de la noche a la mañana. Hay detrás una semántica. Y una investigación: ser antigallego no es fácil. Siempre hemos sido un pueblo echado a la compasión de los demás. “Apadrínennos”, gritaba Carlos Blanco en el Prestige. No se encuentra uno a un antigallego ahí fuera, donde te agarran de las mejillas y te dicen: “Ay el galleguiño, qué simpatiquiño”. Quizás por eso los aprendices fascistas, sabiendo que aquello era un scoop y la palabra iba con la ortografía correcta, reclamaron la soldada con una bomba, que es un lenguaje más propio en tanto no hay que andarse con palabras y si acaso, algún día, todo lo más te manchas la camisa.


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Llamazares

Uno de los placeres a los que usted se puede abandonar hoy es a asistir al enfado de Llamazares porque el FBI lo haya usado como patrón universal de terroristas. Yo no me reía tanto desde que Javier Sardá entrevistó a Isabel Pisano creyendo que su libro de testimonios ‘Yo, puta’ era una autobiografía. Llamazares no está enfadado, pero debe fingirlo y apuntar con el dedo a EE UU: probablemente entre hoy y mañana empiece a bombardearlos. Ayer mismo su partido recordó que Llamazares criticó los vuelos de la CIA “y en IU no creemos en las casualidades”. Se la tenían guardada. Había un expediente muy grande titulado Operación Gaspar con el objetivo: “Hacer con él un retrato robot de Bin Laden, ofrecer 35 millones y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”. El FBI completaría así su ansiado póquer: Lennon, Picasso, Elvis y Llamazares, que nunca pensó caer tan alto. Ésta es una manera de verlo, pero yo tengo otra más de la casa. A veces a los periodistas se nos queda la información corta y usamos el recurso del ‘cabe recordar’: un cortapega a tres cuartos de la noticia que a veces cantea. Eso, pero a lo loco, es lo que ha hecho el FBI, al que se le quedó la cara de Bin Laden a medias y le salió en Google Llamazares como le pudo salir un cromo de los ochenta de Estanislao Urtubi. Acabó el agente la cara del terrorista a toda prisa, le dio a ‘enviar’ ya de pie mientras se ponía el abrigo y se fue a Times Square  a la carrera para celebrar el año nuevo con una rubita molona.


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Bebés

Lo peor de la Navidad, o si lo prefieren lo más incómodo, es el trato con los niños, sobre todo con los niños ‘especialmente’ pequeños. Uno los ve a diario, con una cadencia casi salvaje, porque la Navidad los niños no sólo la viven, sino que la okupan. Mi relación con ellos es de love&hate: yo les tengo a todos ese cariño casi infantil que todo el mundo tiene a un niño, pero no encuentro manera humana de tratarlos manteniendo la compostura. Yo no conozco a nadie que se haya dirigido nunca con cierta dignidad a un bebé, por ejemplo. De hecho he visto a hombres muy valerosos, de vida ya curtida y un oficio de respeto, agacharse a hacer monerías aun con la incomodidad que te asalta cuando te sabes ridículo. Entre las extravagancias más habituales está la de cambiar la voz, emitir sonidos guturales que desmontan la teoría de la evolución e improvisar onomatopeyas que en otras circunstancias le llevarían a uno directamente al psiquiátrico. Yo si a los niños no los conozco, los obvio: no soy de los que andan saludando bebés que ni me van ni me vienen. Pero si no hay salida porque es el hijo de un amigo, un primo o una emboscada similar, le dejo la mano muerta para que me agarre el dedo y sonrío al padre durante segundos espantosos hasta que me pregunta: “¿No le vas a decir nada al niño?”. ¿Y qué quieres, chico, que me confiese?


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Ian Gibson

Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
Ya no me encontraron.
¿No me encontraron?
No. No me encontraron.

Federico García Lorca ya lleva muerto el doble de tiempo del que vivió. En esos años Gibson emparentó con él, le quitó el último resto de carne al hueso y cultivó un trabajo consagrado a la más minuciosa de las verdades: la vida y la muerte de un hombre. Es bueno recordar ahora, tiempo de látigos y risotadas, que el primero en desenterrar a Lorca fue Ian Gibson. El primero en recoger sus pedazos y componer con ellos algo aproximado a la verdad fue Gibson. El primero en visitar la tierra que supuestamente cubrió a Lorca fue Gibson, que se hizo acompañar del enterrador que le señaló «aquí fue» treinta años después del crimen. Como no ha aparecido nada bajo la X del mapa (“No me encontraron”), y fusilado sin remedio el poeta, se ha aprovechado para fusilar al biógrafo. De lo que se trata es de seguir abriendo cunetas: los pueblos pequeños exigen grandes cadáveres. Conocí a Gibson hace cinco años. Supe por él que era ornitólogo, algo que me pareció imprescindible para llegar hasta el final de la poesía de Lorca. Después de presentar una conferencia suya sobre sobre Dalí nos fuimos a cenar a Román y allí Gibson dedicó la velada a chupar ruidosamente percebes, a los que violentó a tal velocidad que por un momento pensé que al final de la fuente esperaba encontrarse con los huesos del poeta. «No se confundan conmigo», dijo balanceando el vino: «Yo soy irlandés, no inglés. Una persona normal». ¡El gran Gibson!


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El penalti

Hace diez años volví al campo de Baltar, en Portonovo, en cuyo banquillo eché yo los mejores años de mi vida, para participar un partido contra la droga. Jugué tan mal que le pedí al cámara de la TVG que por favor me pixelasen la cara. Fue inolvidable. “De la droga se sale, pero del partidito que yo estoy jugando no se sale en la vida”, pensaba al trote. Siendo un amistoso repleto de ‘estrellas’ en tan buena forma como Palmou, Telmo Martín o el fiscal Javier Zaragoza, pasé la segunda parte sentado en el banco. Pero se llegó a los penaltis y no hubo más remedio que llamarme para que tirase el último. Las causas justas siempre dan una segunda oportunidad; una segunda oportunidad para todo. En la portería rival estaba el alcalde de Pontevedra, Fernández Lores. Ante la expectación general cogí una carrerilla que ni en mi vida, y al llegar bufando al punto de penalti solté un punteirolo que mandé el balón a la playa de Canelas. El árbitro ordenó repetirlo pensando que estaba de coña. Así que el segundo penalti, con toda la gente a punto de volverse loca, decidí tirarlo con el interior y “a colocar”. Craso error. Cuando el balón llegó a la portería la mitad del equipo ya se estaba duchando. Lores pudo frenarlo con la planta del pie pero para aliviarme el ridículo escenificó una estirada sin moverse del centro, algo que todavía no me explico cómo lo hizo. De camino al vestuario uno de mi equipo me dijo que le había gustado más mi primer penalti porque “por lo menos” había ido por fuera.


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