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“Yo cada vez me siento más gallego”

Foto: Javier Cervera-Mercadillo

El hombre que se da el primer baño en la playa de Silgar todos los días es el líder de partido al que las encuestas sitúan, a falta de dos años para las elecciones, a las puertas de La Moncloa. Mariano Rajoy, que baja a Silgar a las ocho y media de la mañana para caminar «a toda velocidad» y zambullirse en el agua, echa las horas de agosto en una terraza en Sanxenxo.

Todas las mañanas, a las ocho y media, Mariano Rajoy baja de su piso en primera línea de Silgar, la milla de oro de Sanxenxo, para lanzarse a una embravecida caminata por la playa y darse luego un chapuzón. Sale de las aguas desorientado mientras su mujer, Elvira Fernández, le sostiene las gafas y la toalla. Luego ambos suben y desayunan con sus hijos en una terraza que se descuelga sobre la playa más glamurosa de Galicia. «Bajar a otra hora es un lío. Todo el mundo te conoce, y yo procuro saludar porque es mi obligación y me gusta». Así que el líder de la oposición echa las horas en la terraza, encima de la playa, leyendo libros y tomando notas políticas. «Desde aquí lo ves todo, ¿eh?», dice levantándose y extendiendo la mano con una sonrisa. «Con unos prismáticos lo que se podría cotillear….». Los bañistas tienen que saber que además de la silla alta del socorrista, en la planta alta de un edificio de Silgar el líder de la oposición vela por ellos.

Rajoy espera al periodista en el descansillo. Se abalanza extendiendo la mano en cuanto se abren las puertas del ascensor. Viste un polo azul marino y un pantalón corto color caqui. Anda relajado. Su antigua beligerancia pro tabaco ha quedado reducida a cenizas. Si hace diez años proclamaba a Carmen Rigalt en El Mundo: «Fumo todos los puros que me da la gana», ahora prefiere esconder el cenicero bajo la mesa. Antes de sentarse enseña varias fotos que tiene en el salón de su piso: pasa la mano por los rostros de imágenes añejas, y al llegar a los fallecidos exclama «¡ya se ha muerto!» con una mezcla de disgusto y sorpresa. En la foto del primer Parlamento gallego lucen los diputados aquellos looks imposibles de la época. El propio Rajoy, que tenía 26 años, parece un antepasado de sí mismo.

¿Ya quería gobernar España?

No, evidentemente. Pero mire, yo tomé la decisión de entrar en política en 1981, cuando me lo propuso AP. Entonces éramos cinco, y cuando digo cinco son cinco, no 54. Me ofrecieron ser candidato para el Ayuntamiento de Pontevedra en un puesto para no salir, y yo dije que si era para no salir, pues adelante. Y salí, y a partir de ahí, oiga, la vida es como es.

Algo más habrá que hacer.

Yo lo que he procurado siempre es tratar de hacer bien mi trabajo. Si todo el mundo en España procurara hacer bien su trabajo las cosas irían mucho mejor para el país y para todo el mundo.

Con el poder no siempre basta. En su partido ha habido navajazos. El congreso de Valencia, sin ir más lejos.

Es verdad que yo tuve mis dificultades. Pero en votación secreta más del 84% me dio el apoyo. Yo en Valencia me di cuenta de que el PP había estado aislado los cuatro años anteriores, y que teníamos que poder pactar con cualquier fuerza política sin que ello significase la renuncia a ningunos principios. Yo no puedo pactar con Convergencia o Esquerra la autodeterminación, pero sí puedo pactar el impuesto de sociedades.

Mariano Rajoy Brey (Santiago, 1955) lleva 40 años veraneando en Sanxenxo. Lo hacía antes en Vilagarcía, que era donde solían pasar las vacaciones los santiagueses a mediados de siglo. Cuando el juez Mariano Rajoy Sobredo, padre del líder del PP, se fue a presidir la Audiencia de Pontevedra, compró un piso en el pueblo turístico. No le costó entonces ni 6.000 euros, que es lo que vale ahora el metro cuadrado frente a la playa. Y allí sigue veraneando solo a los 89 años. «Lee, camina y se pega baños», dice de su actividad su hijo, que advierte: «La televisión a esas edades es lo que deprime. Hay que estar vivo, hablar con la gente, hacer ejercicio». El pasado miércoles Rajoy no se bañó en Silgar.

No será por el tiempo.

¡Bueno, bueno! Éste es el mejor verano de mi vida, vamos. Lo que pasa es que al hacer tan buen tiempo no hay quien se bañe. El viento norte congela el agua. ¡Fíjese, es que no hay nadie bañándose…!

Señala la orilla deslizando el dedo de un lado a otro, achicando la mirada. Estamos solos en casa, sin su esposa y sus dos hijos, Mariano y Juan, que llegan después de una hora y se presentan. Juan, el pequeño, que tiene cinco años, deja un momento la Nintendo DS para estrechar la mano del periodista. Tiene fama de revoltoso. El mayor tiene ya once años y pasó julio en un campamento en Suiza, a donde fue el matrimonio Rajoy a buscarlo y aprovechar así tres días de placer en el país alpino. «Ese fin de semana, el del Apóstol, fue el primero que tuve libre desde Semana Santa».

¿A su hijo también le dijeron que había ganado Holanda?

Hay gente que no está en sus cabales. Mi hijo vio la final, y al parecer allí la mayoría de los niños iba con España. Yo la vi en mi casa, con mi mujer.

Vio algún partido en Areas.

Sí, en A Postiña. El Argentina-Alemania. Allí todo el mundo iba con Alemania, y aunque me sorprendió, luego supe que era porque Maradona no generaba muchas amistades. ¡Había un lleno en el bar hasta la bandera! Un sábado a las cuatro de la tarde.

El hijo mayor de Mariano Rajoy tiene ya su propia pandilla del verano. Como el propio Rajoy hace cuatro décadas. «Andaba con gente que conocía del instituto de Pontevedra, y pasábamos juntos todos los días. Estábamos siempre en la playa, y ya al atardecer íbamos a la discoteca cuando teníamos dinero, que no sucedía siempre. En aquella época el Quijote era prácticamente el único que había; luego se sumaron el Paxariñas y el Dena».

¿Cómo llevaba el trauma de despedirse de los amores de verano?

El verano era una época fantástica. Cuando tienes menos años tienes mucho más sentimentalismo y más romanticismo, lo cual es bueno. El final siempre era duro, porque te despedías de todo el mundo. En algunas ocasiones las despedidas eran así, y otras de amigos simplemente que no volvías a ver, a algunos, hasta el verano siguiente.

Dijo usted en alguna ocasión que en su época los chicos que no sabían bailar trabajaban desde la barra de la discoteca.

¡Jajaja! Había de todo. Cada uno vale lo que vale y tiene cara para lo que la tiene. Era agradable, sí, pero había mucha barra.

En el Universo de Pontevedra, donde conoció a su mujer, usted estaba con su hermano Luis y un amigo, y tengo entendido que el grupo de machos alfa atacó a las chicas como depredadores.

Bueno, todo lo primero es cierto, y lo segundo fue más bien que mi hermano me presentó a la que fue mi futura mujer. Normal, todo muy normal.

Luego se llevó un buen susto al salir de la capilla de A Toxa y encontrarse a cien periodistas y medio pueblo de O Grove.

Es que yo, demostrando mi conocimiento de la realidad, quería hacer una boda de la que no se enterase nadie. Y allí todo el mundo quería ver el espectáculo. Pero bueno, fueron muy amables.

La vida de Rajoy en Sanxenxo es tranquila. A su caminata de la mañana le sigue otra al atardecer. «Siempre espero bajar kilos en verano. Hago mucho deporte, pero claro, esta época es muy proclive a comer pulpo, pasar el pan y hacer sopas». El martes fue andando desde Ribadumia hasta A Armenteira. También sale en barco de vez en cuando. «Fui el lunes con mi hermano Quique a aquella playa de enfrente. Esto de tener un hermano con barco es una maravilla, porque sobre el barco se dice que el mejor día de tu vida es cuando lo compras, sólo superado por el día en que lo vendes. Y a un amigo no le puedes decir que te apetece salir hoy, hay que esperar a que te invite. A un hermano ya es diferente».

Está leyendo La caída de Jonh Stone, de Lain Pears («le pegué ayer un buen viaje; es una novela negra que me recomendó el librero de Nós, Jaime Corral») y Notas de una vida, del conde de Romanones, cuya famosa cita «Joder, qué tropa» (dicha cuando había apalabrado la votación de la mayoría para entrar en la Real Academia para su ingreso y se encontró con que se había votado solo él a sí mismo) la repitió en público Rajoy cuando tuvo conocimiento de la publicación de un libro de Esperanza Aguirre en el que ponía a caer de un burro a Alberto Ruiz Gallardón. «Claro, yo le decía a Alberto: vente a la presentación, hombre; y él: ‘¡Pero qué voy a ir!’», cuenta entre risas.

¿Gallardón tiene cualidades para ser presidente del Gobierno?

Hay muchas personas que las tienen. Y Alberto… Alberto y yo somos las personas del PP que más tiempo llevamos en el Comité Ejecutivo, de eso poca gente se ha dado cuenta. Es un buen alcalde de Madrid, ha sido un excelente presidente de la Comunidad. Está en mi equipo, y me está ayudando.

¿El poder da desconfianza?

Yo tengo pocas virtudes. Una de ellas es la capacidad de distinguir, aunque a veces me equivoque. En política, como en cualquier faceta de la vida, distinguir entre personas es muy importante. Porque en todas partes hay buena gente y también gente que puede ser mejor.

Cerca de aquí, en Meis, nació Eduardo Fajardo, una leyenda viva del spaguetti-western.

Lo conozco.

Hace un año dijo en una entrevista a este periódico: «A mí me mataron muchas veces, pero maté más».

Le voy a decir algo que igual le parece sorprendente: no he traicionado nunca a nadie, al menos siendo yo consciente. Y no soy consciente de que nadie me haya traicionado a mí, porque cuando algo me olía, ya no le daba la posibilidad.

¿Esperanza Aguirre no le traicionó?

No. No. En aquel momento se habló de que Esperanza Aguirre podía ser candidata [a presidenta del PP en el congreso de Valencia], y tenía todo el derecho del mundo a serlo.

¿Tampoco Aznar?

Aznar a mí me nombró cuatro veces ministro y una vicepresidente. No puedo estar más agradecido, aunque tengo que decir que yo intenté cumplir con los encargos que me hizo en su momento. Pero a pesar de la leyenda que circula por ahí, las relaciones son buenas.

El 3o de agosto de 2003, cuando Aznar lo nombró su sucesor, ¿estaba mirando el teléfono como Suárez esperando la llamada del Rey?

No. No me llamó. Él hizo un Consejo de Ministros un viernes y dijo que el lunes haría un Comité Ejecutivo del partido para proponer a una persona candidata a presidente del Gobierno. Fue citando una a una a muchas personas, y a mí me citó de último diciéndome que creía que yo debía ser el candidato. Luego nos citó a mí, a Mayor y a Rato para decirnos lo mismo, que yo ya sabía porque ya me lo había dicho. Yo le dije que era una gran responsabilidad y que estaba dispuesto a aceptarla.

Cuando en la campaña de 2008 una televisión instó a Zapatero y Rajoy a elegir un periódico, el primero dijo El País y el segundo dijo Marca. Había psicología en la respuesta. El gallego habla siempre de su partido como el partido de «la gente normal», y la «normalidad» es uno de sus argumentos políticos más llanos. Este señor que ahora fuma un puro leyendo un libro de Romanones y exclamando «carámbanos» en expresión de sorpresa cruzó adolescente España haciendo autoestop para llegar a Ibiza en barco. «Se me ocurrió que tenía que irme de cámpin a la isla y mi padre me dijo que si quería, que fuese, pero que él no quería que fuese. Y yo fui. Y fui en autoestop de Pontevedra a Barcelona, y luego me fui en un barco que me llevó a Ibiza en un viaje que duró toda la noche. Iba con unos amigos y fue una buena experiencia. A base de camping-gas y de botellones de leche», dice.

No fue la única vez que hizo algo en contra de la opinión familiar. La segunda ocurrió en 1981. Su padre trató por todos los medios de convencerle de que no se metiera en política. Y un día, al volver de una boda en León, se encontró con que su hijo formaba parte de la candidatura de AP al Ayuntamiento de Pontevedra. «Se metió en política no en contra de mi voluntad, pero sí en contra de mi consejo», dijo el magistrado Rajoy Sobredo al diario La Opinión. «Yo tuve una educación absolutamente liberal», se enorgullece Rajoy. «Aquel viaje a Ibiza fue una fiesta. Ahora me dices de pasar una noche en un barco allí tirado en el suelo con las mochilas y esa invitación la aceptará otro».

Hacía autoestop usted.

Ahora casi nadie lo hace. Mi procedimiento habitual de viajar era hacer autoestop. Yo iba de Pontevedra a Sanxenxo siempre haciendo dedo. No tuve coche hasta que empecé a trabajar: me lo pagué, como mi carné de conducir. Era otra época. En el mundo ha habido cosas que han ido a mejor y otras que evidentemente han ido a peor.

¿Sus hijos recibirán la misma educación que usted?

Yo he tenido siempre una educación liberal y creo que eso es bueno. Me dejaron salir, sí, pero sabían a dónde iba. Nunca me encontré con prohibiciones. Y yo con mis hijos actuaré exactamente igual. La clave en esta vida es que la gente sea responsable y distinga lo que está bien de lo que está mal, aunque a veces haga cosas que están mal. Lo peor en la vida no es hacer el idiota sino no darte cuenta de que estás haciendo el idiota.

Su madre…

Mi madre, la pobre, murió en la campaña de las generales de 1993. Era una mujer muy alegre, muy sociable. No era Rajoy, que somos más retraídos, por utilizar una expresión que no sé si es absolutamente correcta. Tenía un gran amor por la vida y siempre nos trató muy bien a sus hijos. Su muerte fue el mayor golpe de mi vida. Sólo tenía 61 años.

Su abuelo Enrique Rajoy Leloup redactó el Estatuto de Autonomía con Alexandre Bóveda, mártir del nacionalismo gallego.

Era un hombre de la derecha, monárquico y su objetivo político fue que Galicia tuviese un Estatuto de Autonomía. Lo trabajaron él y Bóveda en la casa que mi abuelo tenía en el Toral, en Santiago. Quien les escribía a mano lo que ellos, que eran los listos, dictaban, era una tía mía, Pilar, que murió el pasado año a los 96 años.

¿Era un buen Estatuto?

Era un Estatuto que podían enmendar todos los gallegos. Manuel Iglesias Corral, fiscal general con la República y luego miembro del primer Parlamento gallego, lo enmendó. Había un artículo del Estatuto que decía que el Parlamento gallego fijaría por Ley la capitalidad de Galicia. Y el señor Iglesias Corral presentó una enmienda para suprimir ese artículo. Su justificación era que por qué una ley del Parlamento gallego tenía que fijar cuál es la capital de Galicia si ya todo el mundo sabía cuál era. El problema es que para Iglesias Corral era La Coruña; para otros eso, obviamente, no estaba tan claro.

Usted es el gallego que menos habla gallego de toda Galicia.

Le voy a decir algo: yo me siento profundamente gallego, ¡y cada vez más! Es un sentimiento. No responde a ningún acto de voluntad. Yo viví en León entre los cinco y los quince años. En aquella época tampoco se hablaba gallego normalmente en Galicia; de hecho yo estudié en la USC y no se hablaba. Yo me encontraba más cómodo hablando en castellano, me dieron bofetadas en todas partes pero al final yo decidí ejercer mi libertad. Y me gustaría que todo el mundo la ejerciese. Jamás he criticado yo a nadie por hablar en otro idioma y ni se me ha pasado a mí por la imaginación. Dicho esto, yo ahora soy más gallego que nunca.

¿Se ha galleguizado con los años?

Yo he nacido en Santiago, he vivido toda la vida en Pontevedra: ¡es que he vivido aquí, soy de aquí, y mi padre es de aquí, y mi mujer, y a mis hijos los traigo todas las Navidades y todos los veranos! Y quiero y deseo que estén vinculados a Galicia toda su vida; lo deseo fervientemente. Y así va a ser.

No es muy normal que los políticos creen un debate lingüístico que no existe en la calle.

Es cierto que en la calle ese problema no existe. Pero esto pasa con el catalán. Allí cada uno habla lo que quiere. ¿Usted tiene hijos?

No.

Pues cuando los tenga, verá que lo que más le importa en la vida son sus hijos, y además querrá más a sus padres. Querrá para sus hijos lo mejor: que sean mejores que usted, más capaces, más listos. Todo lo que sea libertad en materia educativa será beneficioso. A mí no me gustaría que educase a mi hijo un director general: prefiero educarlo yo y que lo eduquen sus profesores.

Rajoy dice no haber pensado nunca en gobernar Galicia. «Estoy a otras cosas», dice. Esas «cosas» son las que ya se sacó de en medio Alberto Núñez Feijóo: unas elecciones complicadas en las que acabó ganando por sorpresa. «Alberto tiene mucho mérito. Yo viví su etapa de oposición cuando Fraga dejó la presidencia de la Xunta. Fue muy dura. No tenía todos los apoyos –había otra gente que también quería ser presidente del partido- y se los ganó trabajando con intensidad. Durante cuatro años las cosas no fueron fáciles para él, pero hizo una extraordinaria campaña y recorrió Galicia de arriba abajo. Como gallego estoy orgulloso de él; como presidente del PP, enormemente satisfecho».

¿Feijóo es un valor en alza en su partido y Camps un valor a la baja?

Ambos son presidentes de una comunidad importante. Es verdad que la posición de Feijóo es más cómoda en estos momentos, pero la vida se compone también de momentos duros, y lo importante es que uno sea coherente consigo mismo.

Dentro de una hora el presidente del PP irá a comer con su familia a casa de su hermano, a Canelas. Una casa de la que la rumorología popular se ha hecho eco: «Cómo serán, que ya dicen que esa casa es mía».

También le pertenece uno de los pisos de un millón de euros del edificio de A Ferrería, en Pontevedra.

¡También! ¡Es verdad! Me llegó por tantos sitios ese rumor que acabé enviándole una carta al constructor pidiéndole la llave.

De usted se ha dicho de todo.

Es duro. Pero le digo una cosa: el 80% de la gente no lo hace. Claro que a nadie le hace gracia que lo critiquen. Cuando yo empecé en política y me hacían una crítica, le daba vueltas una semana. Ahora ya no. Y además hay críticas razonables que dices: «éste tiene razón». Lo que hay luego es mucha injuria, mucha calumnia, como en internet. Y otra cosa que quiero decirle y que vengo diciendo en privado: es fácil en las tertulias criticar continuamente al político, pero hay políticos muy honorables que hacen su trabajo bien. Desgraciadamente en España, donde proliferan tertulias por doquier, se dedica el 95% del tiempo de ellas a insultar a los políticos.

Sobre eso de que usted es gay hasta el señor Guerra se animó haciendo una chanza públicamente.

No te puedes dejar asustar por eso. La clave es mantener el equilibrio y darle importancia a las cosas que la tienen, porque a veces nos enredan en temas menores y minucias.

¿Qué pensaba cuando días después de perder las elecciones se le echaron a los tobillos los periodistas que habían pedido el voto para usted?

A lo mejor a usted no le gusta lo que le voy a decir, pero los medios no lo deciden todo. Yo siempre he sido partidario de preservar la independencia de los medios. No encontrará usted a un compañero suyo que le diga que yo haya descolgado el teléfono para quejarme de una información ni mucho menos para pedirle su cese. Y me gustaría que esa forma de actuar que yo tengo hacia los demás lo tengan los demás conmigo. A un partido político no le puede dictar su estrategia un medio de comunicación. Un medio puede informar y opinar, pero no darle instrucciones a un dirigente político. Yo eso no lo puedo ni lo voy a aceptar, y si lo aceptara no podría ser el presidente de mi país, que es lo que pretendo ser.

A los pies de Rajoy descansa un maletín lleno de papeles. El presidente del PP recibió esta mañana una buena noticia: el CIS le da a su partido la mayor ventaja sobre el PSOE: 6,3 puntos. «Yo soy muy cauto con las encuestas, aunque es verdad que es mejor que te digan que estás por encima que no que estás por debajo», dice.

¿Se da cuenta de que cuanto peor le vaya a España, mejor le irá a usted, y que cuanto mejor le vaya al país, peor será para usted?

No es una situacion cómoda pero es inevitable. Yo sobre eso le puedo decir dos cosas: estoy absolutamente convencido de que si en 2008 el PP hubiera gobernado no estaríamos como estamos ahora, porque la política económica que se ha hecho en estos dos años largos ha sido un error monumental.

Descarta una moción de censura.

Descartarla no se puede. Pero el problema que tiene la moción es que no es la solución al problema que tiene ahora España: el PP la presentaría, habría un debate y lo perdería. Y a las 24 horas estaríamos en las mismas.

Usted, que tiene plaza de registrador y se esfuerza tanto en mostrar una imagen de normalidad, ¿no se pregunta a veces, cuando llega a su despacho y se encuentra con los ‘cristos’ de su partido, despachos de las agencias, llamadas pendientes y una agenda imposible, qué hace aquí metido?

El ser humano tiene sus propias historias interiores. Sí, alguna vez me lo he preguntado. Pero no desde luego ahora, porque creo que lo puedo hacer mejor que el que ahora está, y el objetivo no es a largo plazo.

Cuando era ministro dijo que le gustaba su trabajo pero que vivía muy mal.

El puesto mas difícil en el que he estado es como líder de la oposicion. Tengo un papel difícil: la crítica al Gobierno. Y la crítica a la gente no le entusiasma demasiado.

Al despedirse, Rajoy vuelve a zambullirse en sus fotografías. «Fíjese que cuando era presidente de la Diputación inauguré la luz eléctrica en algunos pueblos de la provincia de Pontevedra. Esto ocurría en Galicia hace menos de treinta años», dice.

Ahora lo que no tiene la región más desplazada de España es AVE.

Blanco tenía la obligación de hacerlo. En 2003, con el Prestige, yo era vicepresidente del Gobierno e hicimos el Plan Galicia. Nosotros hubiéramos hecho el AVE de Galicia por la cuenta que nos tenía. Yo ahí empeñé mi crédito personal, y no estoy dispuesto a tirarlo por la borda. Luego en 2004 ganaron otros y mire ahora como estamos.

En su casa se exhiben varios cuadros, entre ellos uno de Lorenzo Macías, el artista pontevedrés fallecido hace unas semanas. Desde la puerta de entrada al piso lo primero que ve el visitante es, al fondo, el Atlántico, ya poblado de veleros al mediodía.

¿Duerme bien?

De once y media a siete. No escucho la radio ni por la noche ni por la mañana. Prefiero no enterarme de nada. Ya al entrar en el coche me echan encima 14 o 15 periódicos. Ahí empiezo a darme cuenta de la cruda realidad.

Diario de Pontevedra / El Progreso (1-2-3)


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Mundial (IV)

A un Mundial se llega ganando y la victoria exige un camino inescrutable, pero ninguno como el que planeó Chile en 1989. Jugaba un partido decisivo contra Brasil en Maracaná, y cuando perdía 1-0 una bengala cayó al campo y el Cóndor Rojas, portero chileno, cayó desplomado con la cara llena de sangre. Una camilla se lo llevó mientras Chile abandonaba el campo entre la consternación de 150.000 espectadores; en el país andino una turba apedreaba la embajada brasileña. Esa noche, un reportero de una radio chilena entrevistó a un fotógrafo que dijo haber visto cómo la bengala cayó a un metro del portero. «Quítele el micrófono a ese imbécil», dijo el conductor del programa. Días después el Cóndor Rojas confesó haberse cortado la cara con un bisturí que llevaba escondido en un guante. En la trama estaban varios jugadores, el capitán, el entrenador y el utillero. La FIFA echó a Chile de los Mundiales hasta 1998. La RAE reconoció el término ‘condoro’: «torpeza grave y vergonzosa». Rosemary Melo, la veinteañera que tiró la bengala, fue bautizada como A Fogueteira, salió en la portada de Playboy, gastó el dinero de su fama y acabó vendiendo perritos calientes en la calle. La prensa chilena sobrellevó la vergüenza como pudo; el diario La Tercera había titulado así su portada después del partido: «Negros sinvergüenzas».


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Mundial (III)

Cuando los españoles salen de España y ven en Francia banderas de Francia suelen decir que España tiene complejo de España, y que aquí hay miedo a enseñar la bandera «porque si no te confunden con un facha», como si en España eso fuese alguna vez motivo de vergüenza. Yo creo que si aquí no se enseña la bandera salvo en ocasiones puntuales en las que se hace imprescindible, como las marchas contra los gays, es porque es una bandera horrenda y porque en este país las cosas sólo salen adelante si todos van a una. Yo no soy muy de españolear antes de cuartos de final, y sólo entonces españoleo a partir de un cierto número de gintonics. No hay ningún problema político en mi vida que no haya arreglado el alcohol en cantidades masivas. Pero una cosa es lo que haga uno en la intimidad del bar y otra ya volverse loco y pintar las sábanas para sacarlas por el balcón. En Galicia los que más dan la matraca con esto de España son los antiespañoles, que pasan el día haciendo chistes y animando al contrario, y diez minutos antes del partido van y se ponen a presumir de que no lo van a ver, como si eso fuera la hostia. Yo creo que cuando uno no hace algo no anda diciéndolo por ahí, salvo que le importe, y si lo dice es que no lo hace sólo para no hacerlo. O sea, que se pasan noventa minutos no viendo el partido en lugar de hacer otras cosas, como, qué sé yo, leer el Corán o ponerse al día con Lois Pereiro.


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Mundial (II)

La mayor innovación del Mundial no son las vuvuzelas de Jericó ni la afición que China le alquiló a Corea del Norte, en un you’ll never walk alone de prestado que en el himno al Querido Líder se dedicó a memorizar los números de los jugadores, sino la oportunidad que la FIFA brinda a un aficionado a bajar al vestuario de su selección a ponerlos a todos a caer de un burro. Es el sueño de cualquiera, sólo superado por entrar con bayoneta en la caseta del árbitro. Inglaterra ha estrenado esto con resultados insólitos. Tras empatar contra los argelinos, se abrió la puerta del vestuario y apareció un gordo con una trompa como un piano aporreándose el pecho y cagándose en dios todo seguido. Tuvo que levantar uno la cabeza para darse cuenta de que no era Capello. De hecho, cuando entró Capello los jugadores le pidieron al borracho que se quedase. “El empate ha sido lamentable, no ha sido suficiente”, les dijo a los jugadores, que asintieron avergonzados con la toalla en la cintura. Una vez desahogado este señor, la Policía lo escoltó hacia fuera con la misma alegría que lo escoltó hacia dentro. La FIFA lo que quiere es acercar las estrellas al aficionado, algo que se veía venir desde que las giras por los estadios acaban en los jacuzzis de los cracks. No se sabe si la fórmula cundirá en otras selecciones. De momento, a un hincha francés que le había tocado la rifa y bajó corriendo a montar la de Puerto Hurraco le frenaron en la puerta del vestuario explicándole que dentro ya se encontraba Nicolás Anelka.


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Mundial

Si España va a ganar el Mundial es porque por fin está llena de gente que juega con España porque no puede jugar con otra cosa: una selección, o sea, en la que es noticia que uno de sus capitanes grite viva España. Todo esto se intentó ya con un señor del PNV y prescribió la carrera a la Quinta madrileña, pero se le metió en medio Julio Salinas y lo echó todo a perder porque un vasco está bien, pero dos es excesivo. Sin embargo esta vez la cosa va en serio y se ha apostado directamente por el Barcelona al completo, lo cual es perfecto, porque España no es otra cosa que los catalanes, los vascos y los gallegos y luego el exilio bramando alrededor. Del Bosque, un exiliado inteligente, puso al mando a uno de Tarrasa y a otro de Tolosa, y alrededor de ellos el reloj perfecto e independentista del Barça con Valdés a la vista para sacar a Casillas, último mesetario en activo, y de paso a Sergio Ramos, que con el himno levanta la mirada al cielo en diálogo íntimo con el Caudillo. España necesita de sus rebotados y al que le moleste que se vaya a Valença, donde hay más rojigualdas por metro cuadrado que las que puede haber en Segovia. No se juega con el corazón, como bien saben los de la furia y la testosterona, sino con indiferencia, como de prestado, con un mazo en un pie y el derecho de autodeterminación en el otro. La venganza de los pueblos, afortunadamente, tiene maneras muy peculiares de expresarse.


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El decreto

Cuando el PP ganó las elecciones y Feijóo prometió austeridad nadie pensó que iba a llegar tan lejos. Lo acaba de hacer anunciando un millón de euros para darle publicidad al decreto del gallego, que se resume en que las asignaturas serias se dan en español, que no es cosa de andar con ecuacionciñas. Un millón de euros a mí me parece poco y creo que es llevar la austeridad a la histeria, porque de lo que se trata es de la educación de nuestros hijos, y nosotros por nuestros hijos matamos. Yo soy de la opinión de que si hay que empapelar las farolas de todo cuanto pueblo haya se empapelen, y así se ocultan los anuncios buscando trabajo, que dan mala imagen y deprimen el Ibex: contra el vicio de pedir, la virtud de gastar. Con un millón de euros, sin embargo, no se va a ninguna parte y lo que se consigue es confusión, porque habrá quien se entere bien en qué consiste y habrá quien vaya a enterarse a casa de Gloria Lago o de Carlos Callón, que se explican raro. No, la inversión ha de ser proporcionada al decreto, y exige que nos endeudemos con Bruselas, si hace falta, o empeñar las vacas. Ese decreto hay que iluminarlo con foco potente porque es ya signo de identidad, como la matanza do porco, que sólo habla un idioma pero bien que lo entiende todo el mundo.


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Implantes

Hace unos días la prensa publicó un mapa español de los que hacen afición, con apenas tres colores y leyendas muy sencillas para que los niños no pasen problemas en el colegio, como se pasaba antes con aquellas plantillas confusas de ríos y afluentes. El mapa en cuestión marca las provincias según los implantes de pecho que se hacen las españolas, diferenciando entre quienes le ponen más de 330 gramos (color rojo), entre 330 gramos y 300 (amarillo), y menos de 300 (azul), que es el caso de Pontevedra, tierra de grandes centollos y de mujeres muy seguras de sí mismas. Los significados que encierra el nuevo mapa provincial son profundos, pues desde Girona hasta Huelva puede decirse lo de Marx: “Un fantasma recorre Europa”. La línea roja se extiende por el Levante hasta toparse con Portugal, donde por tradición ni se sabe, ni se contesta, ni se pregunta. Hemos pasado de la España invertebrada de Ortega a la España implantada, lo cual supone un alivio, porque entre la ideología y el escote cualquier hombre antepondrá el escote, aunque bien es cierto que matará con más saña por él. De momento una lectora de El Mundo escribió la semana pasada muy feministamente: “A mí me gustaría que las mujeres se gastaran su dinero en el cultivo de la belleza interior, en la práctica de virtudes, en ofrecer lo mejor de ellas mismas”. Pues eso.


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Colores

Mientras veía el partido del Pontevedra me di cuenta de que, en el caso de que hubiese un gol, podría abrazarme a quien quisiera. Yo suelo ver los partidos trascendentales del Madrid en un bar rodeado de pretorianos, como los antiguos jefes de la tribu, protegido hasta por los brujos, pues tengo la lengua fácil y me puede la provocación, que si bien por escrito queda muy cool ya con el vino es otra cosa y te parten la cara a poco que la pongas. A veces, por entretenerme, me escapo a bares desconocidos de la misma manera que el Rey burla a los guardaespaldas y se sube a la moto escondido bajo el casco. Pero una vez en territorio inexplorado tengo que esperar unos segundos para ver quién salta y quién no si marca el Madrid, y echarme a sus brazos como si no hubiese un mañana. Yo soy mucho de andar por bares abrazándome a los desconocidos, y si mi equipo marca ni te cuento. Luego regreso a mi odio mezquino y mi pequeñez moral, mordiéndome con pasión las uñas mal cortadas y roñosas, casi trastornado mirando la televisión. Sin embargo viendo el partido del Pontevedra me di cuenta de la oportunidad que se me brindaba por la reconciliación nacional, a mí, que soy fan del Pontevedra en las eliminatorias del ascenso, y bien orgulloso que pregunto en alto, apretándome un gin tonic y mirando al tendido: «A ver, ¿de qué color son los nuestros?».


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Un robo

El océano vomita cadáveres e historias: los cuerpos emergen al cabo de nueve días y las historias se van hundiendo dentro de uno al pisar tierra. La función no acabó cuando lo gritó Benito Soto en una plaza de Cádiz al ser ahorcado, porque de hecho el propio verdugo tuvo que cavar tierra para que dejase de agonizar, pues le habían dejado una cuerda demasiado larga. El mar es monótono y produce locura. Hace cuatro años un marinero gallego empezó a correr por cubierta gritando “¡Mar, mar!” y se tiró al agua. Los albatros se echaron sobre él arrancándole los ojos y desfigurándole la cara, y sus compañeros pudieron subirlo al cabo de dos horas para meterlo en el congelador y seguir la campaña. Es explicable que estas historias le acompañen a uno el resto de la vida bajo secreto de confesión porque cuando uno habla del horror corre el riesgo de escucharse. Claro que hay cosas más inquietantes. Cuando murió un marinero marroquí en Bélgica subió la familia a buscarlo sin saber la de papeles que hay que hacer para desplazar cadáveres de un país a otro. No hubo más remedio que comprar un arcón, llenarlo de hielo, meter al buen hombre y cruzar Europa con el muerto al maletero. Claro que ni así pudieron darle descanso: pararon a comer en un pueblito andaluz y al volver se encontraron con que les habían desvalijado el coche.


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Parados

Hace dos años el presidente del Gobierno salió en unos carteles electorales prometiendo el «pleno empleo» y de manera automática la tasa de paro acabó llegando al 20% (un año después, ya en racha, Emilio Pérez Touriño salió en esos mismos carteles con un lema: O Presidente). Yo no sé cuántos trabajadores se manifestaron ayer en el Primero de Mayo, pero puedo suponer que pocos. Los trabajadores en este país ya se están conociendo entre ellos, como los albinos. En España tener trabajo empieza a ser un exotismo inadmisible, casi una afrenta; una manera original de ir por la vida. Cualquier día los museos empiezan a exponer nóminas. Con este paisaje los sindicatos le vienen echando la culpa al capital, focalizando el odio hacia algo que recuerda vagamente a la Bruja Avería. Quiere decirse que el “capitalismo salvaje” nos queda bien a los articulistas, necesitados de darnos distinción, pero a los parados hay que hablarles de Infojobs, subsidios y José Luis Baltar para convencerlos de que la necesidad de reestructurar la economía mundial es grande, pero no más que un sueldo.  Que se ponga ahora a bajar el paro o siga la fiesta viene siendo ya lo de menos. Es tiempo de buitres y la necesidad de empleo es como la necesidad de sexo: uno acaba metiéndola en donde sea.


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