Entradas archivadas Diario de Pontevedra

Paciencia para tener paciencia

Escrito el 29.01.12 a las 20:53

Desde Ourense llegan ecos de la dimisión de Baltar, más bien abdicación: deja la presidencia de la Deputación con los cien mil porteros de edificios públicos al servicio del hijo, en sucesión ejemplar. Como en Castellón, donde por los pasillos se acumulan cuadros de los Fabra desde que Fabra es Fabra y Castellón Castellón, la Deputación de Ourense seguirá imparable su baltarización hasta la traca final, que será cuando no quede uno que echarse un trombón a la boca.

Paciencia para tener paciencia, en Diario de Pontevedra


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Duchas

Escrito el 28.01.12 a las 9:48

El Concello de Sanxenxo quiere hacer duchas de pago, como el fútbol, una medida comprometida porque la playa, en general, suele ser lo último gratuito que le queda al hombre.

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El gallego que pudo ser cura o militar y eligió ser Fraga

Escrito el 16.01.12 a las 11:17

Durante la campaña de 1977 Manuel Fraga Iribarne («la parte más vieja del pueblo» en vasco, traducía él a quien se interesaba por el apellido) se acercó a un polideportivo de Lugo como candidato de Alianza Popular. Lo recibió un pabellón en el que estaban, en las gradas altas, varios jóvenes dedicados a sabotear el mitin.

El gallego que pudo ser cura o militar y eligió ser Fraga, en Diario de Pontevedra


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La cuesta interminable

Escrito el 8.01.12 a las 12:14

-Quien anda pachucho es Isaac.

Me lo decía hace un par de meses un compañero de viaje en carretera paralela: Gonzalo Adrio. El abogado pontevedrés se rumiaba el final de Díaz Pardo mientras por su piso de Rosalía de Castro, esa vivienda que contiene en sus archivos buena parte de la historia del socialismo y republicanismo gallego, andaba buscando fotos aquí y allá de los tiempos estériles, cuando de los aledaños de la República brotó, como una enredadera salvaje, la locura del fascismo. «Le hicieron una buena jugada, y él no lo merecía”, musitó Adrio cerrando la puerta al visitante, y quién sabe si rumiando después, ya para sus adentros, las cosas del siglo que les tocó vivir a él y a tantos como él, incluso los que no lo pudieron vivir. Murió Díaz Pardo esta semana y, en el entierro, Avelino Pousa Antelo, de 97 años, se preguntaba quién iba a cuidar de él. De Pousa Antelo, se entiende.

La cuesta interminable, en Diario de Pontevedra


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Reflexión

Escrito el 19.11.11 a las 12:34

Mañana no se publicará esta columna porque estarán ustedes en pleno día de reflexión y yo no quiero condicionarles el voto con mi influencia abrumadora, como cuando José Blanco se negó a hablar de las primarias del Partido Demócrata para evitar que el pueblo americano se decantase por uno u otro lado. El día de reflexión es para pasear entre agujas de pino de un monte cercano o quedarse en casa, cerca de la estufa, leyendo los programas electorales. Yo me imagino a ese votante español atormentado repasando los tochos de los partidos haciendo subrayados en fosforito mientras cavila aturdido por los pasillos, como aquel filósofo alemán que sacaba a su hijo de paseo por casa. Hace meses, en un pique familiar, el hijo de Lores espetó a su padre, candidato a la Alcaldía: «O sábado non podo entrenar que teño que reflexionar moi ben o meu voto». Fue en el coche, yo iba detrás y el alcalde casi hace un trompo. Los gallegos reflexionamos más de lo que nos piden y luego pasa lo que pasa, que votamos a cualquiera o se nos pasa la hora, de tanto darle a la cabeza. Apenas abren bares los sábados, se vacían los cines y por la calle no se ve un alma, como en la final del Mundial. Hace dos años, en medio de su día de reflexión, se recordará que Feijóo apareció corriendo por Castrelos, que falta hacía ver gente por Castrelos sin papelinas en el bolsillo. Como quiera que tardó media hora y la prensa hizo aspavientos, comentó entre risas: «Dentro de una semana me vais a respetar más». Tenía su voto, y el nuestro, reflexionadísimo.


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Las encuestas nos quieren gobernar

Escrito el 5.11.11 a las 13:03

El CIS pone al PP al borde de la mayoría paralizante, ésa en la que Rajoy no se atreve a abrir los ojos por si es un sueño. Es casi una mayoría ochentera de pana como la que llevó a Felipe a hombros al poder, aquella victoria tan sobrada que en el 86 quemó miles de votos con Butragueño y la letrilla del «Oa, oa, oa / El Buitre a La Moncloa». Las encuestas, sí, han irrumpido en campaña con sus tambores atronadores y han despertado la inquina de PP, que dice que están «requemadas» porque lo que se trata es de dar pena al votante del PSOE, como cuando el Madrid se deja meter cinco en el Nou Camp para que sus seguidores le quieran más. Ya se sabe que las únicas encuestas que valen son las que cada partido tiene en su poder, siempre en secreto o a punto de estarlo, y no se hacen públicas porque da un poco de cosa que en el fondo tampoco te guste la tuya. En las últimas autonómicas apareció en Pontevedra Pachi Vázquez hablando de un pequeño CIS montado en Galicia que le daba a los socialistas un resultado espléndido y casi se queda sin grupo municipal en el Ayuntamiento. Lo que sí consigue esta mayoría casi absurda que se le da al PP es la oportunidad al PSOE de presentar cualquier derrota como digna. Viste a Rubalcaba de piel de Norit y al final sale una especie de cordero mayor, con más empaque, pero igualmente embestido. Se trata de coger la derrota y hacerle un lifting, ponerle unas extensiones y llevarla al plató de La Noria a contar sus penas delante de Jordi González, que es el que parte el bacalao en España. De este modo Rubalcaba podría asegurarse («¡nos daban cuatro votos y sacamos cuatro mil!») un pequeño futuro en el PSOE hasta dentro de cuatro años, con su congreso de Valencia y todo con Carme Chacón en el papel rejuvenecido y tierno, protocatalán, de Esperanza Aguirre.


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“Me preocupa saber donde no hay que ir”

Escrito el 29.10.11 a las 11:07

Hace veinte años, en octubre de 1991, archivando las fotografías del multitudinario entierro de Pío Cabanillas, un trabajador de Diario de Pontevedra escribió al dorso de algunas imágenes: «Un gran español». La frase tenía contenido patriótico y también sentimental, pues Cabanillas, sobrino del poeta Ramón, faro de las letras gallegas, hizo cuanto pudo para que la aventura periodística de la Cooperativa de Producción, encargada de resucitar el Diario en los años 60, llegase a buen puerto. Intercedió y hasta facilitó el papel del periódico en sus primeros tiempos.  Luego vino a inaugurarlo con Fraga, el jefe. Acaso había allí, en esa frase que uno se encuentra ahora en las viejas fotografías en blanco y negro del funeral de Pío Cabanillas, el reconocimiento de una deuda.

Cuando murió, Pío Cabanillas Gallas agotaba su carrera política como eurodiputado. A su adiós acudieron un millar de personas que atestaron la basílica de Santa María y el cementerio de San Mauro. Estaban todos los que tenían estar, desde el presidente de la Xunta, Manuel Fraga, hasta uno de sus más conspicuos ahijados políticos, Mariano Rajoy. También Calvo Sotelo, Aznar, Isabel Tocino, Martín Villa y el alcalde socialista de Vigo, Carlos Príncipe. Del mundo de la cultura resaltaba la figura poliédrica de Xosé Filgueira Valverde, que le dio clases al muerto: «Foi un dos discípulo máis intelixentes que tiven», y destacó la agudeza «de un home preocupado por todo o relacionado coa cultura e a vida política de Galicia».

Cabanillas había fallecido de un infarto de miocardio en Madrid a los 68 años y trasladado al Pazo familiar de Pompeán, en Meis. Allí se instaló la capilla ardiente a la espera de ser inhumado en Pontevedra, ciudad en la que el impacto de su muerte fue grande, pues al igual que muchos de los prohombres franquistas, también Cabanillas había obrado en favor de su tierra a la manera de un cacique afable.

Fue un hombre de verbo talentoso y esquinado, guiso de todas las salsas, ejemplar casi único en el arte de permanecer en unos tiempos, los de la Transición, en los que quien más y quien menos se fue con las alas en llamas. Cabanillas, tan del franquismo, tan visible entonces, murió eurodiputado de PP y con los honores de los suyos. También porque le acompañó un rasgo que siempre usó con desprendimiento: el de la inteligencia y la cercanía; el de ser pragmático y sensible a cuestiones con las que podría virar un viento, como un Fouché aguado.

«Como muchos, yo he sido de los otros», escribió en Abc el día después de la muerte de Franco. «Me refiero a que hemos sido franquistas de otro modo. Primero, porque no le conocimos más que como realidad de un Poder consolidado y seguro. Era ya una existencia concreta, insalvable y omnipotente: más bien objetivada (…) Pero, a pesar de todo, aun siendo de los otros, ante nuestra intimidad siempre fuimos franquistas; porque parecía un modo de ser natural el serio y porque una lealtad, originada en su importancia histórica y no derivada de las conveniencias personales, nos impulsaba siempre a no abandonar. Yo pienso que lo fuimos como somos españoles, es decir, como lo fue el propio Franco. Por eso seguimos insistiendo en que deben cambiar las cosas; de modo programado, pero también cierto y rápido. Y por eso también debemos advertir el riesgo que hay en todo proceso democrático: que no mantenga a salvo la necesaria reserva de autoridad. Nosotros, los otros franquistas, opinamos así, pensamos que todos debemos entendemos y pactar un tránsito civilizado. No somos ni mejores ni peores. Los de dentro ya nos conocían».

Franco había ordenado la destitución fulminante de Pío Cabanillas en 1974 cuando ya era ministro de Información y Turismo en el Gobierno de Arias Navarro. Fue en ese ministerio donde hizo carrera como subsecretario con Fraga Iribarne. Cabanillas, como el propio Fraga, era considerado aperturista. Y lo que hizo el ministro pontevedrés fue tomar medidas con las que airear un poco la cerrazón del regimen en materia de prensa. Esto desesperó a los ortodoxos. «Los españoles comenzaron a leer y a ver lo que en casi 40 años no habían visto, además de permitir la entrada de prensa extranjera que daba una visión más global tanto de lo que ocurría en España como fuera de ella», escribe José Antonio Balbo.

Quien precipitó la caída de Cabanillas fue Girón de Velasco con uno de sus célebres ‘gironazos’: ataques sin medida en la procura de la pureza del franquismo. Girón de Velasco, próximo al dictador y con influencia declarada, publicó un artículo en Arriba contra las medidas aperturistas del ministro Cabanillas. A la salida del gallego le siguió la de un buen número de cargos, y Rosón, otro aperturista, emitió en varias ocasiones el día en que se hizo público el cese la canción de Fórmula V En la fiesta de Blas, tomada entonces como burla de Blas Piñar: «En la fiesta de Blas / en la fiesta de Blas / todo el mundo salía / con unas copas de más». La gestión de Cabanillas al frente del ministerio tampoco había sido la excelencia del aperturismo: mantuvo la prohibición de publicar las obras completas de su tío Ramón Cabanillas, «que ya circulaban por todo el mundo y no en España», como recordó Ramón Chao.

Quien pensó que con la pérdida del favor de Franco se acababa Cabanillas se equivocó. El jurista, el hombre que ejerció como notario y registrador de la propiedad antes de entrar en política, se desenvolvía como pez en el agua en cualquier escenario. Otro registrador de la propiedad pontevedrés hubiera firmado el discurso de Cabanillas, de quien tantas lecciones tomó. Si Rajoy se parece algo en Cabanillas es en ese resuelto dudar antropológico, en esta entrevista que tan bien define al segundo. El periodista Xerardo Rodríguez lo llamó desde Radio Popular de Vigo para preguntarle si iba a ser el próximo ministro de Justicia ya con UCD, en donde había metido su partido después de un intento frustrado de fusión con la la derecha de Fraga. «Yo creo que no, pero a lo mejor el presidente dice que sí. Así que, por un lado ya ve y por el otro que quiere que le diga…», respondió Cabanillas. Es famosa otra pronunciada cuando se le preguntó por unas elecciones: «Ganaremos, señorita. No se quiénes, pero ganaremos».

«Pío Cabanillas Gallas», relataría tiempo después el propio Xerardo Rodríguez, «era pontevedrés pero le echaron de la provincia cuando mandaba la UCD en España, para sustituirlo como líder por Jesús Sancho Rof. Su alargada sombra molestaba a algunos poderes fácticos, títeres de la dictadura, que aún se movían bien detrás de las bambalinas del escenario político. Entonces es Eulogio Gómez Franqueira quien le tiende su mano y Pío puede seguir en primera línea, como diputado por Ourense, no sin cierta oposición por parte de quienes le veían como un gran obstáculo para sus intenciones políticas. Algunos de aquellos siguen mandando, y mucho. Y, claro, no les vi en el sepelio de Cabanillas». «Un día, paseando por la Alameda de Pontevedra, Pío me pronosticó: La UCD se muere, amigo mío. Tenga usted en cuenta que fue un partido creado para una transición y esta ya se acabó. ¡Ahora viene la democracia!».

Ese ojo clínico acabó con sus huesos en el partido de Fraga. Este franquista «de los otros» ya había sido en democracia ministro de Cultura, de la Presidencia, de Justicia y de Bienestar Social. De él escribió Sebastián García en El País: «Siempre salió como si no hubiera roto un plato. Probablemente no rompió ninguno. La historia se repite en este singular personaje, distinguido, amante de los círculos del poder, pero no hasta el punto de que el poder le deslumbre». Y el propio Cabanillas se definió así: «Yo siempre he mandado muy poco, pero anduve cerca de lo que se decidía, que quizá es lo más importante. Yo diría que el poder de decidir cosas me es indiferente, pero me preocupa saber a dónde se va, estar al tanto de por donde no hay que ir».

Diario de Pontevedra, 10-10-2011


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Abilleira

Escrito el 23.10.11 a las 1:22

Los pontevedreses de Madrid, cuando les mandas fotos comiendo mejillones a los pies del mar en otoño, no reaccionan con orgullo alquilado, cantando las bondades de Madrid, sino llevándose las manos a la cabeza, lastimosos, mientras se acuclillan sollozando: «¡Y los pepitos del San Remo, los calamares del Saudade, los lacitos de Solla, el licor café de Diego Lores de la calle Real!».

Abilleira, en Diario de Pontevedra / El Progreso


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Miss

Escrito el 22.10.11 a las 0:58

Hace años María Teresa Fernández de la Vega contó que su conciencia feminista había despertado muy pronto. Uno de los comentaristas del blog del periodista Santiago González encontró entonces una noticia en la página 39 del Abc del seis de septiembre de 1966.

Miss, en Diario de Pontevedra


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Chankete

Escrito el 12.10.11 a las 10:12

Tantos años después aún hay quien piensa que los españoles perdieron la inocencia con la muerte de Franco cuando en realidad se perdió después, al morir Chanquete. Todavía resulta turbador pedirle a alguien que hable de ese momento. Desde 1982 llorar a Chanquete forma parte del calendario litúrgico español. En España uno se bautiza, llora la muerte de Chanquete y luego se confirma: es la santísima trinidad de la españolidad. Uno recuerda haber llorado a Chanquete a principios de los noventa, cuando de Chanquete no quedaban ni los huesos y la cinta empezaba a patinar en TVE. Si fue tanto el dolor entonces, cuando Chanquete moría en diferido, cuál no debió de ser cuando murió en directo, sin que nadie lo esperase, en aquella España timorata que despejaba aún las sombras de la dictadura y se agarraba desvalida al timón del gordo afable.

La muerte de Chanquete se aparecía aprovechando los aniversarios de lo que fuese, mayormente la Transición. Lugares comunes del periodismo en estos casos: de ayer a hoy, tal como éramos, Amigo Félix, entrevista a Victoria Prego, de la peseta al euro y de José María Iñigo a José María Iñigo. Pero entre todos, como una figura sobresaliente, por encima del bien y del mal, el gran Chanquete tosiendo bajo el sol azul del Mediterráneo con una gorra de marinero y con la panza jamonera tostada al aire. Era Chanquete un avanzado, un profeta: un jubilado a tutiplé que doraba la piel entre los muchachos del verano, sin la ruina con la que les describió Dylan Thomas. Con Chanquete llegó la pedagogía adulta del señor mal visto de gran corazón, dibujada después por María Gripe en aquel libro, Elvis Karlsson. Chanquete inauguró el chanquetismo: el abuelito enrollado, la vena macarra con azúcar del jubilado socarrón.

Chanquete, ya Chankete, se hace escoltar por los muchachitos pandilleros y Julia armada con su guitarra para cantar el No nos moverán. Hay un antes y un después en la vida de muchos indignados. Si la fotografía no es comparable a la del Che es porque al Che lo inmortalizó Korda y a Chanquete Mercero, que hizo lo que pudo pero acabó enredado en las faldas de una boticaria, con el poco prestigio que da eso. Allí estaba el espíritu rebelde, el tardofranquismo al ajillo, la revolución civil, el desplante a la autoridad y las consignas pegadizas para evitar un desahucio. A Chanquete se le quería, pero era tan bohemio, tan rarito y tan soltero que los madrileños de Nerja lo tenían atravesado.

Al final las hojas muertas de aquel verano volaron sobre la madera de su tumba y a España la arrasó una pena que casi se lleva la democracia por delante. No hay un documental que recoja eso, pero a cualquier adulto de entonces preguntarle por la muerte de Chanquete es preguntarle por la muerte de un padre, o más.


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