Entradas archivadas Diario de Pontevedra

Verano

Al final del verano nos quedábamos solos en la plaza del pueblo comiendo las pipas de Rosina y mirando la carretera, que era por donde se marchaban los coches a Granada, Sevilla, Madrid y Asturias. Teníamos catorce años; éramos tontos, graciosos y guapitos de cara. Habíamos sido ya rockers de Loquillo y pijos de Hombres G, y echamos los mediodías viendo el Tour en el Cucos y bajando a la playa con el único objetivo irrenunciable en la vida de dar el primer beso. Por las tardes saltábamos el muro de La Edra y olisqueábamos las puertas como perros flacos. Después corríamos por las heladerías de Silgar mendigando cucuruchos rotos y acabábamos agrupados en la playa compartiendo la pitanza y riéndonos de al rico parisién. Cuando había sed, esperábamos a que el camión de la Coca-Cola llegase al Marycielo y robábamos tres botellas colando la mano por debajo del toldo. Subíamos de la playa al anochecer, y nos reuníamos de madrugada en las escaleras del Cruceiro y en el faro del puerto a seguir como podíamos el juego inacabable del verano hasta que un día, no recuerdo cuál, el verano se acabó del todo, porque siempre hay un día en que el verano se acaba del todo y todo lo demás es prórroga. Muchos nos perdimos de vista y nos quedamos con esa Nerja irrecuperable en el fondo del estómago revolviéndose incómoda para recordarnos que fuimos felices, y no fue un sueño.


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Hermida

El 3 de diciembre de 2009 un cáncer se llevó por delante a José Manuel Hermida. La muerte joven se lleva a mejores y peores, y en ocasiones particularmente dolorosas a los hombres extraordinarios. Hermida lo era. Fue lo primero que me salió decirle a Noelia, su hija, en un correo que le envié hace meses. Su rastro fue inacabable desde la fundación de un grupo de teatro hasta su trabajo como criador nacional de aves -la imagen que retengo de él es en el antiquísimo bar de Manolo en la Cultural, mimando nidos con un cuervo amaestrado sobre la mano. Compartí con Noelia y con su padre muchos años en el Círculo Cultural de Sanxenxo y la noticia de su muerte me sobresaltó porque hay vidas que uno deja atrás teniendo la sensación de que son irrompibles: no hay modo de imaginar la ausencia de nadie de quien depende tanto la felicidad de muchos. Al profesor Hermida se le sigue llorando en el colegio de Vilalonga donde impartió clases de vida durante 26 años: allí tiene abierto un libro en el que sus alumnos lo homenajean en su muerte. Lo encabeza un poema de Juan Ramón Jiménez: «Y yo me iré / Y se quedarán los pájaros cantando: / Y se quedará mi huerto, con su verde árbol / y con su pozo blanco». El Concello, en su mejor hora, le acaba de conceder la cebola de ouro. Que los dioses sean justos con él; su pueblo ya lo está siendo.


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Guerra


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Una tarde en la ópera

Lo primero que uno descubre cuando va a los toros es que no siente nada. Toda la vida lleva uno escuchando que va a sufrir viendo como al toro lo desangran y lo putean mientras le van sajando músculos con picas, arpones y espadas y uno allí no siente ni padece nada, y lo que está esperando es que acaben de una vez, lo descabellen y podamos salir todos a tomar un poco el aire, porque en la plaza generalmente huele a pis que apesta. Algo, lo del pis, muy de campo, que es de donde viene el mundo de los toros por más que los señoritos que no pisaron una granja se hagan los entendidos: Delibes describió a Azarías lavándose las manos con los orines y el toreo fue una imposición de la plebe a Felipe V, que lo había prohibido por bárbaro. Ahora ir a la plaza vale 100 euros y el tendido está lleno de ministros: la realeza no sólo se adapta a lo que le echen, sino que pasado el tiempo lo roba.

Esa falta de sensibilidad debería alarmar, pero no lo hace porque no ocurre sólo con el toro sino con todo. Se sienta uno en su localidad y escucha pitos y palmas aliñados con pasodobles mientras el toro derriba al caballo y arremete al bulto. Puede levantar al torero como un trapo y desgraciarle el cuello, que uno no aparta la mirada ni se echa la mano a la boca como cuando pitan un córner en el descuento. A la hora de la muerte se pide silencio, y entonces el torero se abalanza sobre el toro buscándole el corazón con la espada. A veces falla y le revienta los pulmones, y entonces el matador se calienta y empieza a pedir una espada detrás de otra hasta que el toro, con los órganos triturados, se acaba muriendo de aburrimiento.

Yo recuerdo haber visto la matanza do porco en la aldea sanxenxina de O Seixal y aquello era otra cosa. El cerdo chillaba y nosotros, los niños maricones, llorábamos detrás del hórreo mascando manzanas y pasábamos luego el invierno alimentándonos del pezuño los domingos y la panceta cruda la semana, que aún la compro cuando llega el invierno y echo las horas rumiando la piel delante del televisor como un niño hermoso y agitanado.

El toro sin embargo no grita, y como no grita la historia no es la misma. A ratos se escucha la charanga y a otros ratos las palmas, y en ese ambiente ya puede uno ponerse a matar a un niño de seis años en medio de la plaza que al día siguiente los periódicos hablarán de chicuelinas. Yo para espectáculos así prefiero a Bill el Carnicero, que tiene más maña con los animales y probablemente acabase despachándole un machete por la espalda a alguien, que eso siempre genera cierto escándalo.

Salí de la plaza como entré, entre figurones, añorando aquellos días de San Fermín en los que vimos correteando por la calle a la cuadrilla con el matador a hombros, ya alejados de la plaza, y luego le conté a éstos que aún había visto media hora más tarde la furgoneta yendo hacia el hotel con el torero sentado encima de los subalternos, resignados ante tanta pasión.


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Reality Bites

1) “Salir de copas con los hijos es muy fácil, hombre. Los tienes jugando al fútbol en la Leña, los metes luego en casa con una canguro y si le pasa algo al crío, que llame; dejas a la mujer fuera de los bares para tener siempre cobertura y visto”.

2) “Si vamos a la playa nos ponemos en las rocas de la izquierda, que está lleno de mujeres de cincuenta años. Ésas son las correosas”.

3) “La fidelidad debería ser sólo cosa de ellas, ¿verdad? Es que estoy por decírselo tal cual… Aunque no sé, igual esas modernidades no funcionan”.

4) “Éste como siga comiendo así en vez de salir del armario va a acabar saliendo de la despensa”.

5) “Acabo de darme cuenta de que las cuatro chicas que más me gustan de la playa no suman 60 años”.

6) “Era feo como si no hubiese un mañana (…) Un segundo antes de echarle la boca se me pasó la vida por delante”.

7) “Metí unas urnas en la piscina con los nombres de mi mujer y sus amigas, solté al pulpo y el imbécil va y se apoya en el de mi mujer. A la olla por gilipollas”.

8) “A esta fiesta no tuvimos que haber venido con bragas”. “A esta fiesta no tuvimos que haber venido directamente con coño”.

9) “Y dime, ¿se liga mucho escribiendo?”. “Se liga más siendo guapo”.

10) “Me emocionó muchísimo el Mundial. Te juro por dios que no soy capaz de escuchar el Waka Waka sin ponerme a llorar”.

Coda: “Fue una época estupenda el verano de 1971. No lo recuerdo, pero nunca lo olvidaré”. Lemmy (Motorhead)


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Odiadores

Claro que a Carod le importa un pimiento ser el más odiado de España. Los odios se cultivan en soledad y hacia los más queridos. Nadie abre el periódico y empieza a odiar a lo loco. Como mucho te puede parecer alguien un gilipollas. La Esteban es la segunda. ¿Qué ha hecho? ¿Ser zafia? ¿Decir potorro? ¿Poner a su hija a comer pollo a gritos? El pueblo debe de estar creyéndose que está votando para entrar en la RAE o en el All England Club.  Debería mirarse más al espejo el pueblo. En las celebraciones del Mundial resultaba imposible no tirarse debajo de la cama cada vez que le ponían un micrófono delante a alguien: hubo uno que se puso a gruñir mientras saltaba y otro que hablaba en un español tan picapedrero que bien haría UPyD en preocuparse por ésos y no por los otros, a los que se les entiende mejor. Pero éste es el pueblo, en su inmensidad de pueblo, que luego llega a casa y se pone a odiar.

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Una cortesía de Rodrigo Cota


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Resaca

El sábado me sorprendí saliendo de un after a una hora tan escandalosa que me bastó ver la altura del sol para venirme abajo: al llegar corriendo a casa me precipité por la puerta como quien se tira de un coche en marcha. Una vez allí, y tras dormir unas horas, empecé mi dolorosa liturgia. Vacío los bolsillos visiblemente alterado, pues siempre aparecen monedas tan pequeñas que yo creía ya extinguidas y papeles arrugados con números de teléfono descabellados. En el baño aprovecho la meada para calibrar, por el intenso olor y el color encarnado del violento chorro, los días que me quedan para volver a ser un hombre nuevo del que mane sangre limpia. Luego me ducho durante horas larguísimas, prácticamente una tarde entera. Al hacerlo, me froto rabioso con un estropajo tratando de sacarme la sordidez de los antros infames y la chusma de la que gusto rodearme: dedico horas a los huecos de los dedos de los pies, que es donde creo yo que se empozoña todo; hay días que lleno la bañera y me zambullo dentro, ahogado por la culpa, y lloro a gritos. Salgo de la purga tambaleándome, y con la toalla atada a la cintura recojo el montón de ropa con la que salí esa noche, voy al patio y allí le prendo fuego mientras profiero exclamaciones en latín invocando a Satán. Una vez hecho esto, suelo meterme en cama con un libro muy gordo, y antes de emprender la lectura abro los ojos con el fanatismo de un converso y digo, convencido hasta la histeria, una frase memorable: “Nunca máis”.


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Ni lágrimas, ni reproches

Bajo de Internet el “Poema de los dones”, de Borges, recitado por él mismo. Esa primera estrofa: “Nadie rebaje a lágrima o reproche…” es magnífica, y ejemplo de un tipo de actitud que apenas se encuentra en literatura. “Ni lágrimas, ni reproches”, he aquí una divisa que querría para mi escudo, para estas páginas. -Iñaki Uriarte-

“Ama ha tardado casi una hora en contarme su operación de cataratas. No me ha preguntado por lo mío. No quiere saberlo. No se lo he impuesto. Borges dijo una vez que el único deber que tienen los hijos para con sus padres es el de ser felices, no el de obedecerlos o respetarlos. ‘Ese médico está chiflado’, le dijo a María su madre cuando se enteró de que su hija tenía cataratas. (…) No veo claro que el único deber que tengamos para con nuestros padres sea el de ser felices. Ni que constituya un deber nuestro, ni que ellos se conformen con eso. Suelen querer otras cosas, por encima de nuestra felicidad. Por ejemplo, que nos convirtamos en personas prestigiosas, importantes, y que nuestro relumbrón les alcance, aunque sólo sea para presumir delante de sus amigos. ‘El Estado son las amigas de mi madre’, he comentado a veces. Las mayores presiones para que te mantengas dentro del sistema y logres un lugar importante en él provienen de las relaciones sociales de tu madre. Recuerdo una película de James Cagney que termina con el pobre hombre rodeado por la policía, subido al tejado de una refinería en llamas, a punto de explotar, mientras grita: ‘¡Mira, mam, mira! ¡Estoy en la cima del mundo!”.

No es fácil escribir sobre Diarios 1999-2003 de Iñaki Uriarte sin pasar a citar directamente el libro entero. O dicho de otro modo, emprender esa penosa tarea de reseñarlo, cuando objetos así toda la vida se han reseñado solos. Una editorial “con menos proyección que un cinexín”, como se define Pepitas de Calabaza, con el aviso de unas palabras de Enrique Vila-Matas fueron la rampa desde la que Uriarte, hombre de biografía oficial escueta (“nació en Nueva York -1946-, es de San Sebastián y vive en Bilbao”), ha convertido su pieza, los diarios comprendidos entre 1999 y 2003, en uno de esos descubrimientos feroces que recorren las librerías como la corriente eléctrica. Partiendo del magisterio de Pla (“hay que escribir como se escribe una carta a la familia”) y el aliento de Montaigne, el autor vasco se pone a desmenuzar su vida como ese mendigo que desmenuza el pan de ayer para dar de comer a las palomas.

“A éste le gusta la carne. Va a Inglaterra para acostarse con una de esas forzudas rebosantes de músculos que aparecen en Internet. Paga el viaje y 50.000 pesetas más por pasar con ella una noche en su gimnasio de Londres. Al otro le atraen los huesos. Acude por la noche con la chica a la consulta del padre y se masturba mientras contempla su esqueleto bailar a través de la pantalla de rayos X. Los dos me lo cuentan encantados. Son de esos secretos que no tienen sentido si no se revelan a alguien”, escribe Uriarte, cuya faceta de cronista social es todo lo ácida y desapegada que se exige. Divertidísimos sus apuntes sobre Pérez-Reverte al querer embestir con un cabezazo a un articulista contrario, Juan Manuel de Prada –“trepador, jovenzuelo prodigio, buen escritor en el peor sentido de la palabra escritor” o Jon Juaristi, quien presenta el libro de un amigo hablando mal de él y cuando allí se sugiere tomar una copa después del acto, la mujer del ensayista vasco lo agarra del brazo y le dice: “No vamos. Ya has hecho bastante el ridículo por hoy”. Son punzantes los encuentros con sus amigos políticos: uno de ellos le dice que está encantado con el pacto de Lizarra porque “lo verdaderamente malo han sido los 20 años de fascismo y nazismo que hemos vivido”. “Esos 20 años”, escribe Uriarte, “de los que 15 hemos estado él y yo todas las noches de copas sin hablar apenas del asunto y pasándolo en grande”.

Uriarte se escribe a sí mismo y se escribe a través de los demás; se escribe desde sus lecturas y desde la posición privilegiada del que “ya no conoce a ningún tonto” porque no trabaja y eso le ha ahorrado tratos con gente indeseada. De su libro sobresale una mirada libre y desencantada, que avanza pese a las contradicciones, porque ya dijo Fitzgerald que la mente de talento es aquella capaz de albergar al mismo tiempo dos ideas diferentes y no dejar de funcionar al mismo tiempo. “El estilo directo, claro, llano, tiene su riesgo. Es como llevar poca ropa. Hay que estar muy bueno o muy buena para decidirse a usarlo en público. La mayoría de la gente ofrece mejor aspecto cuando va vestida. Algunos sólo se salvan disfrazados”, escribe.

Quizás uno de los grandes méritos del libro es que, al contrario de tantos ejemplos desperdiciados de autores apabullantes que no hacen girar la rueda de su escritura a causa de la pesada digestión de sus lecturas –saber tanto no es malo: lo malo es querer hacerlo saber todo al mismo tiempo-, Uriarte encuentra siempre un momento para decirlo sin preámbulos exagerados ni esdrújulas pomposas: “Una de las cosas que más gracia me han hecho en mi vida es conocer lo que comentó muy serio y muy solemne Mr. Prud-homme, el personaje de Monnier, la primera vez que vio el mar: ‘Tal cantidad de agua roza lo ridículo”.

Iñaki Uriarte tiene a su favor el anonimato: las grandes voces suelen empezar a escucharse desde no sabe uno dónde, y así empiezan a seguirse en la noche. Hay caminos en estos diarios donde uno podrá encontrarse y desencontrarse, pero en los que jamás echará en falta una palabra y siquiera una coma. Quiere decirse que están espléndidamente escritos y que se leen a tragos. No son las reflexiones que Pla atribuiría a “un intelectual”, que él detestaba “en tanto que intelectual”, sino las de una inteligencia nada apurada que ha sacrificado la vastedad por la precisión, lo cual tiene un mérito terrible tratándose de un hombre extraordinariamente leído. Al fondo de esas páginas se adivina la honestidad con uno mismo, que es el pacto definitivo al que se llega sólo a ciertas edades. Y un humor desesperado e inteligente (“nunca sabes para qué te consideran útiles los demás”), bien engrasado, como esas máquinas de coser antiguas a las que basta con apoyar ligeramente el pie en el pedal para que echen a andar con la cadencia de una locomotora, como cuando esboza el esprit des toilettes (“en una cena, cuando alguien se ausenta para ir al baño, regresa siempre con más ímpetu a la conversación, con los argumentos que se le han ocurrido mientras meaba en soledad”), o cuando se refiere, casi de pasada, a la lejanía: “Nunca me acostumbraré a la distancia que existe en algunas personas entre sus peroratas morales para el público y la deshonestidad con que actúan en la vida privada. A lo que sí me he acostumbrado es a que sean amigos míos”.


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El mundo

Fue hace dos sábados en una terraza de Gutiérrez Mellado. Llegué sobre las tres de la tarde después de entrevistar al eurodiputado Francisco Millán Mon. Recogí de aquella mesa la grabadora –no tomo notas; olvidé escribir y lo que quiero recordar me lo tatúo en la espalda para leerlo al revés en el espejo-, salimos con el fotógrafo y luego me fui solo, sin rumbo, como tantas veces, buscando una mesa grande al aire libre en la que poder estirar el periódico y las piernas. Era mi primer día de vacaciones y la entrevista sólo era un asunto pendiente; ni siquiera la iba a escribir ese día. Tenía tanto tiempo libre que podría, si así lo dispusiera, destruir el mundo.

Me senté en un restaurante y pedí una ensalada mixta y un arroz con gambas y roquefort. A mi lado estaba sentado un matrimonio anciano. Andaba cada uno a sus quehaceres y yo a los míos: contestar a un par de mensajes y pensar en mi propia vejez; le pedí a dios en silencio no perder nunca los dientes ni el pelo, y en caso contrario tener el dinero suficiente para comprarlo todo. Luego escribí varias ideas en la agenda del móvil, y cuando despatarré el periódico sobre la mesa miré a la pareja que tenía al lado. Parecían de fuera. De vez en cuando hablaban y lo hacían en paz consigo mismo, que es a lo que Juan Marsé llamaba cultura, así que apunté en la agenda: “Llegar a los ochenta años sin rencor, o disimularlo tan bien que no impida querer”. Vino la camarera a dejarles la cuenta y ellos le contaron historias malvadas de sus nietos; esa maldad tan de abuelo que mezcla la queja y el orgullo, como diciendo: “Mira qué hijo de puta me salió, igualito que todos nosotros”.

Llegó la comida y cuando llamé para que me trajesen otra botella de agua los observé de nuevo, sorprendido: pensé que se habían marchado, porque habían pagado hacía tiempo. Llevaban en silencio al menos diez minutos y cada uno miraba al frente. No pasaba un alma por la calle. Eran ya las cuatro de la tarde y hacía calor. Aquel matrimonio concentrado en algún punto invisible del camino parecía ahora diez años mayor. Cuando aparté la vista, escuché la voz de él:

-¿Cuántas cosas no me habrás contado?

Y la explosión de risa de la mujer, muy capaz ella sola de salvar el mundo.


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Novia

Hace años conocí a una morena en un afterjaus y la llevé sobre los hombros a casa al grito de “todo es bueno pa’l convento”. Me había dado el móvil y la dirección de correo antes de desaparecer como las aves de paso, que a veces se van de la cama tan despacio que parece que lo hacen levitando, como la niña del exorcista pero más discretamente. Dejé pasar un día antes de mandarle un sms en el que proponía llevarla a la playa y sacarla a cenar. No le debió de llegar, o yo había cogido mal su número, porque no me contestó. Envié un correo preguntándole si le había llegado el sms, ya que había pasado algo insólito: no me había respondido. Tampoco contestó ese día ni los siguientes, y cada veinte minutos yo abría el buzón alucinado al borde del colapso mientras pulsaba F5 como si no hubiese un mañana. Una semana después envíe un sms en el que le preguntaba si no creía que era poco elegante dejar a un hombre sin el placer, siquiera, de una negativa. Como quiera que tampoco respondió a eso, a los quince días tomé una decisión memorable: dejarla. “Es lo mejor, porque nos estamos empezando a hacer daño”, me excusé. Y abajo aún le mandé una posdata: “¿A ti qué te parece?”.


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