Escrito el 29.10.11 a las 11:07
Hace veinte años, en octubre de 1991, archivando las fotografías del multitudinario entierro de Pío Cabanillas, un trabajador de Diario de Pontevedra escribió al dorso de algunas imágenes: «Un gran español». La frase tenía contenido patriótico y también sentimental, pues Cabanillas, sobrino del poeta Ramón, faro de las letras gallegas, hizo cuanto pudo para que la aventura periodística de la Cooperativa de Producción, encargada de resucitar el Diario en los años 60, llegase a buen puerto. Intercedió y hasta facilitó el papel del periódico en sus primeros tiempos. Luego vino a inaugurarlo con Fraga, el jefe. Acaso había allí, en esa frase que uno se encuentra ahora en las viejas fotografías en blanco y negro del funeral de Pío Cabanillas, el reconocimiento de una deuda.
Cuando murió, Pío Cabanillas Gallas agotaba su carrera política como eurodiputado. A su adiós acudieron un millar de personas que atestaron la basílica de Santa María y el cementerio de San Mauro. Estaban todos los que tenían estar, desde el presidente de la Xunta, Manuel Fraga, hasta uno de sus más conspicuos ahijados políticos, Mariano Rajoy. También Calvo Sotelo, Aznar, Isabel Tocino, Martín Villa y el alcalde socialista de Vigo, Carlos Príncipe. Del mundo de la cultura resaltaba la figura poliédrica de Xosé Filgueira Valverde, que le dio clases al muerto: «Foi un dos discípulo máis intelixentes que tiven», y destacó la agudeza «de un home preocupado por todo o relacionado coa cultura e a vida política de Galicia».
Cabanillas había fallecido de un infarto de miocardio en Madrid a los 68 años y trasladado al Pazo familiar de Pompeán, en Meis. Allí se instaló la capilla ardiente a la espera de ser inhumado en Pontevedra, ciudad en la que el impacto de su muerte fue grande, pues al igual que muchos de los prohombres franquistas, también Cabanillas había obrado en favor de su tierra a la manera de un cacique afable.
Fue un hombre de verbo talentoso y esquinado, guiso de todas las salsas, ejemplar casi único en el arte de permanecer en unos tiempos, los de la Transición, en los que quien más y quien menos se fue con las alas en llamas. Cabanillas, tan del franquismo, tan visible entonces, murió eurodiputado de PP y con los honores de los suyos. También porque le acompañó un rasgo que siempre usó con desprendimiento: el de la inteligencia y la cercanía; el de ser pragmático y sensible a cuestiones con las que podría virar un viento, como un Fouché aguado.
«Como muchos, yo he sido de los otros», escribió en Abc el día después de la muerte de Franco. «Me refiero a que hemos sido franquistas de otro modo. Primero, porque no le conocimos más que como realidad de un Poder consolidado y seguro. Era ya una existencia concreta, insalvable y omnipotente: más bien objetivada (…) Pero, a pesar de todo, aun siendo de los otros, ante nuestra intimidad siempre fuimos franquistas; porque parecía un modo de ser natural el serio y porque una lealtad, originada en su importancia histórica y no derivada de las conveniencias personales, nos impulsaba siempre a no abandonar. Yo pienso que lo fuimos como somos españoles, es decir, como lo fue el propio Franco. Por eso seguimos insistiendo en que deben cambiar las cosas; de modo programado, pero también cierto y rápido. Y por eso también debemos advertir el riesgo que hay en todo proceso democrático: que no mantenga a salvo la necesaria reserva de autoridad. Nosotros, los otros franquistas, opinamos así, pensamos que todos debemos entendemos y pactar un tránsito civilizado. No somos ni mejores ni peores. Los de dentro ya nos conocían».
Franco había ordenado la destitución fulminante de Pío Cabanillas en 1974 cuando ya era ministro de Información y Turismo en el Gobierno de Arias Navarro. Fue en ese ministerio donde hizo carrera como subsecretario con Fraga Iribarne. Cabanillas, como el propio Fraga, era considerado aperturista. Y lo que hizo el ministro pontevedrés fue tomar medidas con las que airear un poco la cerrazón del regimen en materia de prensa. Esto desesperó a los ortodoxos. «Los españoles comenzaron a leer y a ver lo que en casi 40 años no habían visto, además de permitir la entrada de prensa extranjera que daba una visión más global tanto de lo que ocurría en España como fuera de ella», escribe José Antonio Balbo.
Quien precipitó la caída de Cabanillas fue Girón de Velasco con uno de sus célebres ‘gironazos’: ataques sin medida en la procura de la pureza del franquismo. Girón de Velasco, próximo al dictador y con influencia declarada, publicó un artículo en Arriba contra las medidas aperturistas del ministro Cabanillas. A la salida del gallego le siguió la de un buen número de cargos, y Rosón, otro aperturista, emitió en varias ocasiones el día en que se hizo público el cese la canción de Fórmula V En la fiesta de Blas, tomada entonces como burla de Blas Piñar: «En la fiesta de Blas / en la fiesta de Blas / todo el mundo salía / con unas copas de más». La gestión de Cabanillas al frente del ministerio tampoco había sido la excelencia del aperturismo: mantuvo la prohibición de publicar las obras completas de su tío Ramón Cabanillas, «que ya circulaban por todo el mundo y no en España», como recordó Ramón Chao.
Quien pensó que con la pérdida del favor de Franco se acababa Cabanillas se equivocó. El jurista, el hombre que ejerció como notario y registrador de la propiedad antes de entrar en política, se desenvolvía como pez en el agua en cualquier escenario. Otro registrador de la propiedad pontevedrés hubiera firmado el discurso de Cabanillas, de quien tantas lecciones tomó. Si Rajoy se parece algo en Cabanillas es en ese resuelto dudar antropológico, en esta entrevista que tan bien define al segundo. El periodista Xerardo Rodríguez lo llamó desde Radio Popular de Vigo para preguntarle si iba a ser el próximo ministro de Justicia ya con UCD, en donde había metido su partido después de un intento frustrado de fusión con la la derecha de Fraga. «Yo creo que no, pero a lo mejor el presidente dice que sí. Así que, por un lado ya ve y por el otro que quiere que le diga…», respondió Cabanillas. Es famosa otra pronunciada cuando se le preguntó por unas elecciones: «Ganaremos, señorita. No se quiénes, pero ganaremos».
«Pío Cabanillas Gallas», relataría tiempo después el propio Xerardo Rodríguez, «era pontevedrés pero le echaron de la provincia cuando mandaba la UCD en España, para sustituirlo como líder por Jesús Sancho Rof. Su alargada sombra molestaba a algunos poderes fácticos, títeres de la dictadura, que aún se movían bien detrás de las bambalinas del escenario político. Entonces es Eulogio Gómez Franqueira quien le tiende su mano y Pío puede seguir en primera línea, como diputado por Ourense, no sin cierta oposición por parte de quienes le veían como un gran obstáculo para sus intenciones políticas. Algunos de aquellos siguen mandando, y mucho. Y, claro, no les vi en el sepelio de Cabanillas». «Un día, paseando por la Alameda de Pontevedra, Pío me pronosticó: La UCD se muere, amigo mío. Tenga usted en cuenta que fue un partido creado para una transición y esta ya se acabó. ¡Ahora viene la democracia!».
Ese ojo clínico acabó con sus huesos en el partido de Fraga. Este franquista «de los otros» ya había sido en democracia ministro de Cultura, de la Presidencia, de Justicia y de Bienestar Social. De él escribió Sebastián García en El País: «Siempre salió como si no hubiera roto un plato. Probablemente no rompió ninguno. La historia se repite en este singular personaje, distinguido, amante de los círculos del poder, pero no hasta el punto de que el poder le deslumbre». Y el propio Cabanillas se definió así: «Yo siempre he mandado muy poco, pero anduve cerca de lo que se decidía, que quizá es lo más importante. Yo diría que el poder de decidir cosas me es indiferente, pero me preocupa saber a dónde se va, estar al tanto de por donde no hay que ir».
Diario de Pontevedra, 10-10-2011