Entradas archivadas Diario de Pontevedra

A Cristo le vas a venir tú a vender clavos

El País anunció ayer en su digital, a primera hora de la mañana, una noticia inquietante: un chat con Javier Marías. Imaginarse a Javier Marías delante de un ordenador es desasosegante, pero llevar eso al extremo de que el escritor ande por la red, aunque esté perfectamente localizado, ya me parece una exageración. Marías entró en internet por primera vez hace dos años y aprovechó entonces para hacer turismo en su página web una década después de  haberse puesto en marcha. No sabemos si buscó «la tecla del Google», como un señor que se sentó un día a mi lado en un ciber, o descolgó el teléfono para preguntarle a alguien, como la compañera de trabajo de un amigo, «si lo tenía instalado». El caso es que Marías decidió aquella vez, ya que estaba, entrar  en todo cuanto putiferio hay en internet y salió pitando a escribir un artículo, y yo hubiera hecho lo mismo: fue como descolgar de un helicóptero a Adán en los montes trasantárticos.

A mí lo de este chat me hizo recordar a un familiar el día en que su nieto le apareció en casa con un router diciéndole que a partir de ahora se pondrían en contacto por skype, y de la conmoción el viejo no le soltó una mano de hostias de milagro. Hace unos meses quiso comprar algo, no me pregunten qué, y el nieto le dijo que podrían hacerlo a través de la red. Hecha la compra, volvió a su vida y el abuelo se sentó, literalmente, en la puerta de casa a empezar la vigilia. Como quiera que el envío se retrasó a causa de un problema con Correos, el chico se encontró un día en la cuenta de Yahoo que le abrió a su abuelo un email enviado a una dirección indescifrable: «¡Qué me estáis robando los de Internet!».

Lo que ocurrió fue que este familiar se convenció de que les había «puesto las pilas» cuando por fin llegó un paquete con su pedido, pero el router desapareció de casa con ese misterio con el que desaparecen las cosas y nadie, por superstición, se atreve a preguntar por ellas. Eso sí: una tarde llamó al buen señor una operadora de Movistar para venderle «un combo», y cuando le explicaron en qué consistía dijo entre suspiros, antes de colgarle sin esperar respuesta: «A Cristo le vas a venir tú a vender clavos».


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Toledo en el entierro de un obrero cubano

Las dictaduras siempre se han sostenido en el exterior por un oscuro ejército compuesto por mercenarios del pensamiento, hijos de puta genéticos y la profundísima acción erosiva de los tontos. De los últimos los hay irremediables, producto de la naturaleza, como las tempestades, y los hay de conciencia, como los presos. A éstos pertenece el actor Guillermo Toledo, un antólogo de la vacuidad que acaba de decir, en recta voz, que Orlando Zapata Tamayo, muerto en las cárceles cubanas a causa de una huelga de hambre, «no era más que un delincuente común», y que la mayoría de los disidentes allí encerrados son unos «terroristas».

Se necesita en España alguien que le diga cuanto antes a Guillermo Toledo que él nunca será un revolucionario, porque ya no está en la edad y porque normalmente una Revolución se alza contra el poder establecido, y que ese poder establecido no es la democracia norteamericana, salvo que uno confunda a estas alturas el mundo con un tablero del Risk, sino el régimen que a lo largo de cincuenta años ha fusilado ciudadanos, perseguido a homosexuales y encerrado a los que se atrevieron a pensar diferente. Entre ellos un albañil que acaba de morir tras una huelga de hambre de 86 días, que si le quitas el bocadillo de media tarde a Toledo te monta en un cuarto de hora una guerra civil.

En otro tiempo en Cuba a un tonto como éste lo hubieran fusilado por inútil y su muerte sería disfrazada con un delito de conspiración (y aún en el paredón aplaudiría, apelmazado por la ortodoxia). Pero el problema no son tanto estos ‘toledos’ voceadores de los que realmente piensan como él y callan por su interés, como la sumisión al lenguaje gallifante de una dictadura en la que a los presos políticos se les despacha apelando a la alta traición a la sagrada patria: esa perversión, digo, casi freudiana viniendo precisamente de los odiadores oficiales de un régimen que gobernó este país entre crímenes, propaganda y mentiras.  ¿Por qué si no ciertos tontos uniformes tienen la convicción esotérica de que los disidentes cubanos, de los que por no saber no saben ni los nombres, son «terroristas» al servicio de la CIA, y si tienen que definir a los que salen en los periódicos detenidos, acusados y condenados por matar a más de mil personas, con pruebas documentales tan gloriosas como esas piezas jabonosas en que se convierten los cadáveres cuando les revienta bajo el asiento una bomba, les cuesta más arrancarles esa palabra que una subvención?

Si alguien todavía no sabe quién es Orlando Zapata Tamayo debería prestar atención al excepcional texto que Ernesto Hernández Busto publicó el pasado viernes en El País. Lean su historia, pasen los párrafos con el dedo y adviertan de qué lado acabará colocando el tiempo a los que un día levantaron la voz, empachados de un izquierdismo high-class que despacha al fontanero encerrado siete años por «desacato y desobediencia» aludiendo a un arma blanca con la que supuestamente paseaba a los veinte años (pero al Torete bien que se le echan palmas): en el vertedero de la Historia, amontonados entre tantos lacayos de los que se sirvió el poder para ejercer de tontos oficiales, como aquellos camisas azules que por el mundo andaban disculpando a Franco.


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Nunca positivo, siempre peyorativo

Como todos los pueblos atrasados y emigrantes, el gallego siempre ha sido un pueblo digno de peyorar, que es el arte de empeorar algo. Que esto haya sido cuna de caciques, prohombres y dictadores nunca ha sido fuente de progreso, sino de maldición. Felipe González le puso a su pueblo un tren de alta velocidad que en Galicia, donde siempre fue más fácil llegar a Montevideo que a Madrid, llevamos veinte años esperando; sin embargo Franco, que mandó un poco más que González y echó algo más de tiempo, se limitó aquí a vaciar los ríos de salmones y a okupar Meirás. La conmiseración con Galicia sobrevive en clichés y briznas maliciosas. El Manoliño y Pepiño de toda la vida que fuimos en la aldea, y que conservan las abuelas y los íntimos, bien para distinguirnos del padre, bien en señal de cariño y protección, se convierte fuera en una ridiculización cómplice: un subrayado de desprecio por el origen aldeano de la boina, la vieja acarreando paja en la cabeza y el niño llevando a las vacas de la cuerda, como si eso tuviese algún fondo de vergüenza. Entre cierta clase periodística no es inocente ensartarle el sufijo con saña infantil a Manuel Rivas, Suso de Toro o Pepe Blanco, porque para menospreciar a Rajoy, que es tan gallego como ellos, a nadie se le pasa por la cabeza llamarle Marianiño. Tampoco se encuentra uno en las tribunas de prensa un Amanciño Ortega, un Jacintiño Rey o un Manoliño Jove. Éstos deben de ser los gallegos que están aún sin peyorar; éstos se ve que saben cuándo subir y bajar las escaleras.

La fotografía de la historia de este pueblo la hizo hace años Manuel Ferrol con aquel padre sosteniendo la cabeza de su hijo en la Estación Marítima de A Coruña, y a ella aún permanecen amarrados unos pocos señoritos que lo primero que hicieron cuando supieron de la marea negra del Prestige fue empaquetar arroz y mandarlo por Seur para Muxía. Ser gallego, además de ser tonto hasta hace muy poco según la RAE (y la lengua no la inventan los académicos, sino que la recogen de la calle), siempre tuvo un componente de pocacosa y mociño de carga porque éste siempre fue un pueblo de pobres al que se le miraba el acento como si se le mirase la tasa de analfabetismo. El atraso sigue, como se puede comprobar por las caras de sus señorías cuando los diputados gallegos piden carreteras en el Congreso, y debe de ser un atraso considerable porque hace unos años el BNG llegó a pedir que nos pusiéramos en hora con Canarias. También se conservan arquetipos, como el gallego esquinado, desconfiado e indeciso. A ese cliché se agarró Rosa Díez frente a Gabilondo “en el sentido más peyorativo” para definir a Zapatero, que es leonés, cogiéndole el gusto a una expresión que ya había entrenado con Feijóo. Se entiende que en León no hay gente así, de la misma manera que la usura es cosa de judíos y catalanes, y rascarse la huevada a dos manos es patrimonio universal andaluz. El periodista dio por buena la respuesta con la misma euforia que pasó página cuando le preguntó a González si organizó los Gal y le faltó luego interesarse por sus bonsáis. Y así fue como el típico chascarrillo racista salió del bar y entró en directo a un plató de televisión por obra y gracia de la presidenta del quinto partido político más votado de España y uno de los primeros periodistas del país.

Rosa Díez está alarmada ahora por las consecuencias, pero más alarmado estoy yo, qué quieren que les diga, cuando enciendo una televisión y lo primero que me encuentro es a una diputada haciendo sonar el cencerro de la vaca. Habrá quien se sienta molesto y aún presuma de estar orgulloso de ser gallego, pero a mí el orgullo de la patria, en el que no tengo arte ni parte, porque me parieron aquí como bien pudo parirme una quechúa en las montañas de Bolivia, siempre consigue dejarme frío. Yo además de alarmado lo que estoy es un poco divertido, como cuando me enteré de que Jesús Vázquez le daba gracias a Dios cada mañana por haber logrado arrancarse el acento para triunfar en el mundo del espectáculo, que el día en que Almodóvar le ofrezca un papel de percebeiro aún nos vamos a echar unas risas. Y ando también algo asustado, la verdad, por la propia Rosa Díez, que si en lugar de ‘gallego’ dice ‘catalán’ la tenemos en las próximas elecciones presentándose a alguacil en el departamento de un pueblo de la Bretaña francesa. O sea que dentro de la tontería, aún fue lista de carallo.


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Aznar o el ardor

Al encontrarse a una muchedumbre gritona que lo hostigó con tanta saña que llegó a usar el bable, José María Aznar mandó a tomar por el culo a todo el mundo en la Universidad de Oviedo levantando el dedo corazón. No sabemos si calculó bien los riesgos. Si en ese momento a Aznar le cae un donuts hubiera vuelto automáticamente al Aznar de 1993, aquel señor pálido y blandengue de bigote rupestre y alma de cabrero. No le cayó, y marchó a la conferencia envuelto en guardaespaldas con la tableta a salvo, protegida por pistolas.

El hecho merece explicaciones difuntas. Se ha dicho ya que el ex presidente llevaba sobre su dedo el peso de dos civilizaciones. De Aznar, como de Cristiano Ronaldo y como del cerdo, se aprovecha todo. Yo  de este asunto lo único que no entendí fue la sonrisa. A cierta gente la sonrisa le estropea la cara. Los mejores momentos de la estética aznariana lo revelan con el gesto endurecido prometiendo una guerra santa. El Aznar de espaldas al pueblo era un Aznar que definía sus posiciones faciales con el virtuosismo de un emperador. Se lo imaginaba uno con un tres cuartos de cuello alzado en noches aciagas por la callejas del poder, y de aquella cumbre nevada bajó levantando el dedo corazón, precisamente, para señalar a Rajoy y tirarlo a los leones del 14-M.

A Aznar, aun inmerso en maldades de patio de colegio, le sonrisa se le descuelga en la cara como un cuadro robado, y en el ejercicio de la peineta, que es un gesto señorial que nadie aprende en dos tardes, el gesto deviene en un cierto horror, como todo lo antinatural. Fabio Capello, de quien todavía hay que tomar en España grandes lecciones, como ésa de no permitir jamás que entre el ejecutivo y el pantalón se vea la pierna, hizo el mejor corte de mangas que yo recuerdo. Fue hace tres años y le puso revancha, rabia y no se concedió una sonrisa, sino que apretó los labios como si de un momento a otro fuese a romper a cagar en el mismísimo Bernabéu.

Aznar, al contrario que Capello, levanta el dedo con cierto garbo, y en lugar de echárselo a alguien a la cara parecer estar enseñándolo antes de ejecutar con él alguna acción escandalosa. Yo mismo, que he estado fuera de España y he visto la imagen sin contextualizar, pensé por un momento, visto el escándalo, las portadas y la sonrisa truculenta, que el ex presidente del Gobierno estaba anunciando para su conferencia un Dirty Sánchez, algo que ahora no me voy a poner a explicar aquí por respeto a mis lectores y por respeto, sobre todo, a mí mismo.


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Cuando a doña Emilia un loro la llamó “puta”

Ravachol fue enterrado como un emperador: su cortejo lo encabezó la banda municipal, el orfeón de la Sociedad de Artistas y grupos de cornetas y tambores. Doce jinetes con faroles y grandes carrozas abrieron paso a la muchedumbre abatida.

Si entraba un cliente cuando el boticario don Perfecto Feijóo subía a la vivienda que tenía encima del negocio a tomarse un cafecito, el loro Ravachol quedaba al frente de la farmacia y bramaba:

-¡Perfeuto, cliente!

Si esa persona era un vecino de la aldea, el loro aclaraba:

-¡Perfeuto, paisano!

Si le veía pinta urbana, Ravachol decía:

-¡Perfeuto, señores!

Y si la que entraba era una mujer muy maquillada, el loro se quedaba mirándola fijamente y acababa advirtiendo:

-¡Perfeuto, puta!

Ravachol había sido el anarquista francés François-Claudius Koeningestein, un dinamitero más conocido como François Ravachol y cuya cabeza rodó por las calles de París tras poner una bomba en un café. Perfecto Feijóo no lo dudó cuando metió al loro en su botica en 1891. El nombre le venía al pelo, o a las plumas, a quien se encaraba con la mismísima Emilia Pardo Bazán, que un día lo amenazó con desplumarlo al ser recibida con procacidades. Cuando la marquesa parecía a punto de estrangularlo, Ravachol zanjó la bronca por las bravas:

-¡Puta!

El loro hablaba gallego. Según se relata en el Museo de Pontevedra, Filgueira Valverde llegó a decir, irónicamente, que Ravachol quizás fuese descendiente de los papagayos que venían en la flota franco-española procedente de América, hundida en 1702 por la anglo-holandesa en el estrecho de Rande. De aquel desastre relató Filgueira que se salvaron las aves, y una de ellas fue rescatada en Pontevedra y expuesta en la Plaza de la Villa. Allí se hablaba gallego, ya que, escribió Frei Martín Sarmiento, la Plaza estaba llena de vendedoras, y el papagayo no aprendió otro idioma que ése. Cómo consiguió transmitírselo a sus descendientes es algo que no llegó a explicar Filgueira.

Su frase favorita era «Se collo a vara». Con ella imitaba a su dueño, que lanzaba la frase esgrimiendo la vara y amenazándole con golpearle. José Luis Fernández Sieira relata un caso de celos, cuando enfrente de la botica montó peluquería Vicente Barreiro con… ¡otro loro! Ravachol se lo tomó con mucha filosofía:

-¡Barreiro, mata a ese loro! ¡Barreiro, mata a ese loro!

Si un cliente abría la boca él se adelantaba para decir lo que creía que iba a pedir («¡un patacón de manesia!») o avisaba al azar de que en la botica no se dejaban deudas: «¡Aquí non se fía!». Con Eugenio Montero Ríos mantuvo una relación turbulenta. Le decía «Vaite de aquí, larpeiro», y una tarde se lo llevó Perfecto Feijóo a la famosa finca de Lourizán de quien fuera presidente del Gobierno, y allí, reunido don Eugenio con próceres políticos en una reunión informal, el loro estalló: «¡Ladrones, ladrones!». A Emilio Castelar lo llamaba «demo das barbas». Ravachol llegó a participar en una obra de teatro con papel propio, de la que fue apartado por soltar ‘morcillas’, y saboteó un sermón misionero que dos religiosos ofrecían en el atrio de la Peregrina. Cuando descubrieron que había sido él, cantó e hizo las plegarias como correspondía. Una noche que se fugó de casa, vaciló a un sereno  muerto de terror. Ravachol  se delató finalmente por la cadenita que arrastraba, y fue detenido y pasó la noche en el depósito municipal.

El rosario de historias del loro es inabarcable y de él dieron cuenta los mejores memorialistas pontevedreses del siglo XX, como Prudencio Landín.

Ravachol se sintió indispuesto entre el viernes 24 y el sábado 25 de enero de 1913, y Diario de Pontevedra dio el lunes 27 la terrible noticia: «El loro de D. Perfecto ha muerto. El Ravachol ha dejado de existir rodeado de los más envidiables mimos y halagos. ¡Pobre lorito!». Habían pasado 22 años desde que llegó a la ciudad.

Se dijo en la prensa de la época que era «espanto de princesas y pescadoras» y que en Galicia «tenía justa nombradía». La noticia corrió como la pólvora entre la Pontevedra pujante de principios de siglo y se sucedieron los rumores: alguien lo había envenenado harto de sus insultos o el loro murió, en definitiva, por una agonía provocada por un empacho de bizcochitos mojados en vino. Era víspera de Carnaval, y del luto por el loro y la fiesta de los disfraces y el espíritu gamberro, satírico y procaz del Entroido salió, como se podía prever, un entierro multitudinario y disparatado: el acto luctuoso más bufo de Pontevedra en su historia.

Se honró al loro como si se honrase a un rey. Hubo primero un velatorio en la botica de don Perfecto, enfrente del Santuario da Peregrina. Entre los vecinos de la ciudad y las muchedumbres que bajaron de las aldeas para despedir a Ravachol hicieron falta guardias para labores de contención. Tuvo que ser trasladado a un lugar más amplio: un local cedido por la Sociedad Recreo de Artesanos, en el edificio sindical. Francisco Moya fue el encargado de embalsamarlo, y el cadáver fue colocado en una mesa cubierta de flores en la propia farmacia. Allí, don Perfecto Feijóo fue recogiendo las muestras de pesar y condolencia de los cientos de pontevedreses que se acercaron, y de todas partes de España empezaron a llegar cartas y telegramas. Por la sala mortuaria desfilaron las primeras autoridades civiles y militares.

El día del entierro el loro estuvo expuesto en «una capilla ardiente admirable, con faroles, flores abundantes, blandos blandones y cubriéndolo todo un hermoso y disecado búho», escribió Ramón Rozas en el Libro de Oro del Carnaval publicado por este periódico. Ese mismo día una proclama llamó a la ciudadanía a concentrarse en la Plaza de la Constitución (hoy A Ferrería). La prensa gallega dio cuenta del acontecimiento. Diario de Pontevedra contó: «La gran comitiva que se preparaba: amigos de Don Perfecto, del club Machada de Vigo, burros y burras de Caldas y público en general». En el bando publicado se añadió la celebración en el Circo-Teatro de «una criminal velada que correrá a cargo de unos cuantos conocidos atropelladores del arte cómico-lírico-rapsódico-romántico-sentimental».

Se pusieron entradas a la venta: las sillas a 0,75 pesetas, la entrada general a 0,40 y los palcos a 4. En el cortejo fúnebre por las calles de la ciudad estuvo la banda municipal, el orfeón de la Sociedad de Artistas y una banda de cornetas, tambores y gaitas del país. La cabalgata la encabezaron doce jinetes con faroles encendidos, carrozas y los contertulios de la botica. Fue, con el punto final de los amigos de Perfecto Feijóo cantando, recitando y tocando en honor al loro, una «gran marcha macabra triunfal, coreográfica y apoteósica». El difunto fue llevado a la finca de O Padronelo que el boticario tenía en Mourente. Allí siguió siendo recordado durante años, y prueba de ello es una imagen delirante en propiedad del Museo de Pontevedra en la que aparecen Alejandro Mon y Landa, Víctor Cervera Mercadillo y Perfecto Feijóo en pose sensacional, acaso una teatral representación del rezo que por los siglos de los siglos se le ha de hacer al Ravachol, loro iconoclasta y descarado.

Fue enterrado como un emperador: su cortejo lo encabezó en 1913 la banda municipal, el orfeón de la Sociedad de Artistas y grupos de cornetas y tambores. Doce jinetes con faroles y grandes carrozas abrieron paso a la muchedumbre abatida.

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No hay nadie más que tú

Llevo un par de días colgado de Google por si aparece, como esos cadáveres violáceos que suben del fondo del océano pasados nueve días, el párrafo que encierra la melancolía heroica del nacionalismo. Vino a cuento de una historia que publicó El Mundo sobre Imanol, condenado a las galeras del exilio por cantarle al cadáver de Yoyes, aquella etarra que colgó el fusil cuyo recuerdo despertó asperezas en una película rodada hace diez años; yo la vi hace tiempo y recuerdo que Ana Torrent hizo un papel espléndido.

En ese reportaje se lee la voz del periodista, que es la voz en off del pueblo defendiéndose en caliente: «Le decían que no era vasco. A él, cuyo padre esquivó las bombas en Gernika. A él, que pasó seis meses de cárcel por militar en ETA. A él, al que no permitían hablar castellano en casa. A él, que fue la voz que puso letra a Euskadi durante años». ¡Si será vasco Imanol!

El problema de darle grados a la patria es que uno siempre acaba parodiándose. Se empieza sacando sin sentido un raro pedigrí de la familia y se acaba agitando en el aire el carnet de ETA como baza final con la que desmontar argumentos contrarios terribles.

Los gallegos, como los vascos y los catalanes, siempre hemos estado bajo gradación. Se nos mide como al whisky. Hay quien te mira fuera preguntándose si no serás demasiado gallego y quien te observa dentro preguntándose si no serás demasiado español; y viceversa. Cómo lo miden a mí eso me resulta imposible imaginarlo, pero yo lo noto porque no se puede ser al mismo tiempo gallego, español y tonto, no al menos todo junto. De vez en cuando esa presión se hace carne en las encuestadoras telefónicas que cada seis meses te preguntan si tú eres más gallego que español o más español que gallego.

Camba, al que también atormentaban con dudas metafísicas, respondió una vez que él era un hombre nervioso.

La frase sobre Imanol, ¡que pasó seis meses de cárcel por militar en ETA!, se incrusta en el prolongado esfuerzo de melancolía de los pueblos y sus leyendas, entre las que dentro de cien años estarán los terroristas junto a tantos otros mitos desvirtuados por la Historia. Quizás, mirándolo con cierta desolación, sea una frase desafortunada por una razón más inquietante que la de la traición sentimental del subconsciente. Quizás, digo, sólo se ha escrito un siglo antes del que debiera. Cuando acabe el pudor, unos seguirán llorando a sus muertos y otros andarán por ahí celebrando a sus héroes en los periódicos.

Yo creo que el ‘ellos y nosotros’ sobre el que el nacionalismo vasco fortificó su plaza y condenó a los infieles ha sido siempre el hilo argumental del que ETA ha tirado para trazar la línea imaginaria que separa no al buen vasco de quien no lo es, sino al que lo es del que no tiene la suerte de serlo. Se sustituyó la geografía y el sentido común por un concurso de méritos, me parece a mí, dirigido por unos encapuchados que acabaron como se les veía a leguas que iban a acabar: vendiendo cocaína y abriéndose perfiles en Facebook.


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Sólo es nuestro lo que perdimos

En la fotografía Roger Federer llora dirigiendo la mirada al trofeo que acaba de perder. Parece incluso sorberse los mocos. Es una imagen que agota los adjetivos. Es una lección inmensa, probablemente la mayor que haya dado un campeón. Australia 2009. Roger tiene en la muñeca un reloj de su patrocinador que se ha puesto al acabar el partido. Ha cumplido el contrato y creer haber cumplido una época. Toda esas lágrimas las tragó un año antes, en Londres. Allí Federer defendió la corona en la superficie que le ha dado gloria y honor, y Nadal la asaltó con la violencia con la que los ejércitos jóvenes bajan un imperio. No fue un partido, fue Ana Karenina. El campeón defendió a trastazos su brizna de leyenda en el pasto donde la crió y le dio forma y el aspirante exhibió la fortaleza moral de una apisonadora que avanza con la seguridad de un panzer. Llovió y se hizo de noche, y desde que los dos salieron a la pista hasta que acabaron pasaron siete horas, cinco sets y dos tie-breaks. El primer punto de partido de Nadal lo resolvió Federer entre tinieblas restando a la línea. Así se va gestando uno la fama. En Australia volvieron a encontrarse en el quinto set y Nadal pasó por encima sin muchas consideraciones. Lo peor del hambre es que uno delante de la mesa pierde las formas. Y al acabar el partido, Roger, con el reloj en la muñeca, hizo algo asombroso: empezó a llorar sin consuelo. Fue la mejor noticia del partido; fue una noticia extraordinaria. En ese momento de su vida Roger hubiera cambiado las riquezas del mundo por un set que lo devolviese a la cima, en la que ya no estaba. Borges escribió: «Sólo es nuestro lo que perdimos (…) Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos». Roger lloró como habría llorado hace veinte años en alguno de esos torneos alevines de Basilea. Probablemente hay alguna foto de él con las manos en jarra, la cara encharcada en lágrimas y la mirada perdida en la copa que levanta el rival. En su tránsito hacia la leyenda, no se sabe cómo, Roger mantuvo intacto al niño que cogió la primera raqueta. De esa imagen a la de 2009 sólo le separa un reloj. Hace dos semanas aterrizó en Australia, un año después, y arrasó el Grand Slam con la voracidad de una bestia.


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“Al que aparezca, al mar con él”

Cuando en 1988 Lois Pena decidió subir escandalosamente el impuesto de contribución urbana, no sabía dónde se metía. Cangas fue un sindiós, y dos años después, con el pueblo ‘okupando’ el Concello, ya se estaban anunciando muertos. Hubo huelgas, palizas y un suicidio: el de sobredosis por barbitúricos de la ex mujer del alcalde cangués.

«Habrá muertes». Lo dijo hace veinte años el concejal de Esquerda Unida en Cangas do Morrazo, Antonio Sangabriel. La frase resume el estado de zozobra en el que estaba sumido el municipio pontevedrés desde que a finales de 1988 Lois Pena, alcalde socialista de la localidad, decidiese subir exageradamente las tasas de contribución urbana. No fue la mejor idea de su vida. En algunos casos la subida fue de un 500% y hubo gente que pasó de pagar al año 6.000 a 70.000 pesetas: fue el catastrazo. Buscando la paz, el 6 de diciembre de 1988 Pena reunió a los vecinos en la plaza del Concello y desde el balcón empezó un discurso que terminó con improperios hacia unas mujeres que le gritaban. El 1 de junio de 1989 un pleno frustrado acabó con la intervención de los antidisturbios, cincuenta vecinos heridos (a uno le estalló un ojo) e innumerables minutos y portadas en los medios nacionales. Desde ese día los vecinos  tuvieron secuestrado el Concello, se sucedieron manifestaciones violentas y cruces de insultos entre los adeptos al alcalde y sus contrarios. «Estuvimos un año entero, día y noche, haciendo turnos para que  ningún concejal entrase en el Ayuntamiento. Una  vez nos despistamos o no sé qué pasó, pero Pena entró a las cinco de la mañana. Lo echamos, claro», contó el pasado verano una vecina a Xornal Diario. A Pena lo llamaban Bochechón, en referencia a sus amplias mejillas.

Desde el día del frustrado pleno y la posterior revuelta con  la que se paralizó la vida del pueblo (los vecinos llegaron a ‘okupar’ la iglesia  e hicieron tocar las campanas a rebato hasta sangrarse las manos), no existió actividad municipal en Cangas, y en el lío tuvo que meterse el ministro Joaquín Almunia. Se pretendía ya no el ejercicio del poder, sino la mera «paz social». También desde ese día dos centenares de personas hacían guardia delante de la puerta del Ayuntamiento para no permitir entrar a nadie: «Lois Pena ya no es el alcalde», decían. «Y al que aparezca», sentenció una mañana el concejal Sangabriel, «al mar con él». Así que en febrero de 1990 se convocó un pleno, el primero desde los sucesos del 1-J. Y Sangabriel dijo eso de que iba a «haber muertos». «Cangas se convertirá en una tragedia. El pasado uno de junio el pueblo de Cangas sufrió un atentado, ahora Cangas está preparada para poder repeler el atentado», añadió. Las «muertes» que iba a haber en Cangas tenían responsables, según este edil: el gobernador civil de Pontevedra, Jorge Parada; el delegado del Gobierno en Galicia, Domingo García-Sabell; y Lois Pena, naturalmente.

El orden del día del pleno era un tanto insípido, porque lo extraordinario era precisamente el pleno y, con él, tratar de retomar el pulso de la vida municipal. No hubo forma. Pena cedió a las amenazas continuadas y la crispación brutal del pueblo. El alcalde ya había solicitado incluso al Gobierno Civil el envío de fuerzas antidisturbios. Y mientras, la oposición en bloque (PP, IU, Esquerda Galega y Fronte Popular Galega) anunció acciones legales contra la celebración de ese pleno, ya que a su entender vulneraba la Ley de Bases del Régimen Local por celebrarse a puerta cerrada, como pretendía Pena. Por si acaso, también se convocó una huelga general. El 10 de febrero el alcalde renunció a reunir a la Corporación en el Concello. «Pena arría velas», tituló Diario de Pontevedra.

«Yo soy víctima del pulso entre HB y la democracia», se había destapado Lois Pena en 1989, diez días después de los sucesos que catapultaron Cangas a las portadas. La entrevista era con el diario Abc, y en ella Pena ligaba su continuidad al frente del Consistorio cangués con la democracia: «Si dimito yo, ¿qué pasa con la democracia de este país?». «Empiezo a tener miedo cuando veo que en medio de todo esto está Herri Batasuna, y todos sabemos quién está detrás de HB. Empiezo a tener miedo cuando el Ejército Guerrilleiro ya ha matado a algún guardia civil y cuando todos sabemos quién es el Frente Popular Gallego. En los últimos días voy a dormir a mi casa de Rodeira protegido por la Guardia Civil y por las noches me despierto sobresaltado. Cuando voy caminando por la calle tengo la idea de que me van persiguiendo», dijo. La referencia a HB era debido a que este grupo político vasco tenía el apoyo explícito de la Fronte Popular Galega (FPG), con presencias de tres concejales en Cangas, para las elecciones del Parlamento Europeo.

Un mes después del 1-J y días más tarde de esa entrevista del alcalde cangués en Abc, Ángeles Fernández, de 41 años, ex esposa de Lois Pena, se suicidó con una sobredosis de barbitúricos. Fue un martes 4 de julio. Según Pena, sufría crisis nerviosas continuas «debido a las presiones que estaba sufriendo por parte de esa gente y la imposibilidad de ver a sus hijos, que estaban amenazados de muerte igual que yo, y estábamos todos fuera de Cangas».

Ángeles Fernández estaba internada en un hospital psiquiátrico cuando se enteró de los acontecimientos que tuvieron lugar en Cangas el 1 de junio. Decidió regresar al pueblo. «Intentó ponerse en contacto conmigo varias veces para manifestarme su apoyo, pero al final fue para pedirme que dejara la Alcaldía y que sus hijos volvieran con ella. Yo no sé si hice bien y si hago bien estando de alcalde», dijo Pena a la cadena Cope. Paradójicamente, en la misma entrevista, el regidor mostraba su decisión de no retirarse de la presidencia de la Corporación canguesa porque, si lo hacía, «sería un cobarde y traicionaría incluso la memoria de mi ex mujer».

El entierro de Ángeles Fernández fue la primera vez, desde el 1-J, en la que Lois Pena se dejaba ver en Cangas do Morrazo. Un grupo de vecinos no quiso desaprovechar la oportunidad y se presentó en el funeral para llamarlo «asesino»: «¡Se ha muerto por tu culpa y de tu hijo!», le gritaron unas mujeres. El funeral terminó a bofetadas, bastonazos, pedradas  y agresiones a los hijos del matrimonio. Un mes después, un grupo de personas lideradas por el concejal Antonio Sangabriel irrumpió en un bar buscando al teniente de alcalde, José Antonio Otero, que estaba acompañado de una militante del partido. Tras pedirle a ésta que se apartase, y sin mediar provocación, le propinaron una paliza que lo dejó inconsciente. «Minutos más tarde, Otero perdía el conocimiento, momento en que sus agresores se dirigieron al domicilio de otro concejal socialista, Juan Portela, quien hubo de refugiarse en casa de un vecino para evitar ser agredido», relató el diario El País. «José Antonio Otero fue trasladado por la Guardia Civil a la Casa del Mar de Cangas, donde se le efectuó un primer reconocimiento, y posteriormente a un centro médico de Vigo, donde se le apreció traumatismo craneoencefálico, erosiones múltiples y contusiones en brazo y rodilla derechos». Sangabriel dijo que había sido Otero el que se abalanzó sobre él al descubrirle unas cuartillas en las que era calificado como «fascista».

El 17 de enero de 1990, el juez de Primera Instancia e Instrucción número 1 de Cangas do Morrazo dictó una orden de búsqueda y captura contra Lois Pena, un primo suyo y dos guardaespaldas. La razón de la orden fue que Pena no compareció días antes a declarar por unos incidentes ocurridos el 9 de enero. Ese día un concejal de FPG, Martín García Cordeiro, presentó una denuncia contra el alcalde y sus acompañantes, que supuestamente lo habían agredido «con barras de hierro». El edil dijo a los médicos que fue asaltado cuando circulaba con su automóvil por la carretera de Coiro. Cuatro personas que ocupaban otro turismo, contó, le obligaron a abandonar el coche con la siguiente amenaza:  ‘Baja, que te vamos a poner de verano’. Entre ellas estaban el alcalde y un primo suyo. Lois Pena reaccionó diciendo que fue el concejal quien intentó agredirle. Asimismo, una vecina de 61 años que ingresó en un centro sanitario de Vigo se sumó a la denuncia y dijo que también había sido agredida por el regidor. La reacción de Pena, que dijo que comparecería ante el juez, fue de anunciar una denuncia por intento de homicidio. El portavoz del PP, José Manuel Chapela, había dicho: «Los vecinos se han tomado esto como una cruzada. Aquí cualquier día va a haber una revolución».

No hubo tal. Tras diez meses de estado de sitio, Lois Pena dimitió el 5 de abril de 1990. Cangas fue gobernado, hasta la siguientes municipales, por la primera gestora municipal de la democracia. En la localidad leonesa de Valporquero, contaron unas vecinas en Xornal de Galicia el pasado verano, las dependientas de una tienda se interesaron amablemente por las turistas, y cuando éstas le contaron que eran de Cangas, las dependientas preguntaron:

-¿De Onís?

-Non, do Morrazo.

Y las echaron a gritos de terroristas y otras variopintas lindezas.


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Apuntes en sucio

Desde hace años, los artículos que yo voy echando a estas páginas van a parar a un blog que se llama Apuntes en sucio. Alguna vez me han preguntado por qué el título. Es una pregunta habitual en el oficio. No suele ir dirigida en tono amable:

-Oye, ¿y por que titulaste así la crónica? -te pregunta un jefe de prensa.

Lo primero que piensa el periodista es en sus cojones y todos los titulares que han salido de ahí dentro a lo largo de los años. En el arte de titular sólo hay algo que está por encima de los cojones del redactor: los cojones del director. Pero como en el trabajo se impone ser cortés, el periodista dice que lo creyó un punto de vista interesante, o que parece que esta tarde viene lluvia, o hay que ver qué mala suerte el Pontevedra, la cantidad de ocasiones que falló el domingo.

No es el caso del blog, por el que me preguntan con cierta curiosidad. Yo pude haberle puesto  Locos en Alabama o algo semejante, pero con la edad va uno siempre a lo práctico. Se despoja uno del ornamento, no sin lástima, y después de todo para eso publiqué yo una novela: para testimoniar los años tontilocos. El título, además, es un nombre justo. Uno escribe primero sus artículos y luego los pasa a sucio; los descuida, quitando aquí y allá algo que se haría imprescindible o añadiendo frases innecesarias, despeinándolos como esos adolescentes que se echan horas delante del espejo colocándose mal los pelos. Va desenfocando uno los artículos, sacándolos un poco de plano, y los deja estar así, macerando a la espera de tiempos mejores. Quiere decirse que uno escribe la versión definitiva y la pasa luego a distintos borradores hasta llegar a la primera, y ésa es la que acaba publicando un poco descuidadamente.

Se trata, en definitiva, de darle a la escritura un aire casual, oh, my God. No mediante un ejercicio de deconstrucción, como pudiera parecer, sino dándole un desaliño con el que no hay más pretensión que la de entretener un rato con lo primero que a uno se le pase por la cabeza. En esta web mía entra gente buscando apuntes de asignaturas y otra que escribe la palabra ‘sucio’ acompañada de alguna expresión que sólo se le puede ocurrir a uno delante del teclado en un período especialmente difícil de su vida. Se llevan todos, supongo, una decepción, porque lo que hay aquí son frases pasadas a sucio, ideas nuevas que uno envejece para que no parezcan tan originales y el lector pueda aburrirse así un poco a gusto, que si no se me entusiasma.


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21

El periodismo de sensaciones de Samanta Villar se reduce a una máxima temible: «No es lo mismo contarlo que vivirlo». Casi parece una canción de Alejandro Sanz. Bajo esa premisa la chica se dispuso a vivir la vida de otros. Todo falso, claro; una mentira insultante, salvo que la vida de una anoréxica se resuma en dejar de comer 21 días. O que el periodismo consista en «meterse en la piel de», ese engaño universal. Pero la vida está para vivirla, dice ella, así que todos dimos un respingo cuando Samanta anunció que su próximo 21 sería en el porno. Hasta entonces Samanta había ido a juicio por participar en un robo de su vida de cartonera y había fumado porros ante la cámara con una cadencia yonqui. Le tocaba follar, naturalmente, que no es mal ejemplo y algo aún mejor: no es delito. Pero su profesionalidad tiene un límite, y la chica lo que hizo fue pasearse por los rodajes no sabemos bajo la piel de quién y dirigir al final una escena. Como si en su 21 días de anoréxica se dedicase a comer yogures Vitalínea y Special K.


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