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Si Leo está bien, Pep ya no está bien

Escrito el 10.05.15 a las 12:34

Cuando Pep Guardiola llegaba a los entrenamientos del Barcelona lo primero que hacía era observar a Leo Messi y preguntar por él. “Es que si Leo está bien, todo está bien”, le confesó alguna vez al columnista español Salvador Sostres. En aquel Guardiola estudioso y obsesivo por los detalles había algo de clarividencia después de tantos videos, tantas tácticas y tantas jugadas ensayadas. Reaccionaba del mismo modo que el cerebro de Pat Riley en circunstancias anormales, cuando un punto por debajo y a falta de tres segundos Magic Johnson preguntaba qué hacer.

-¿Cómo qué hacer? Sos Magic Johnson: agarrá la pelota y metela.

En Pep Guardiola había también esa aprensión que legitimaba de golpe su enorme castillo táctico, sus pilares rayanos en el fundamentalismo del balón, los triángulos y los extremos abiertos con que el Barcelona aprende desde niño a devorar al rival. Él sabía, como había confesado en la intimidad, lo mismo que el Tata Martino confesó después en público: “Si Leo está bien, mi táctica está bien”. Messi lo homologa todo en el Barcelona desde hace más de diez años; Newton sólo podría demostrar su ley de la gravedad en La Masía si tira a Leo de un árbol. Las cosas existen en Barcelona si Messi les encuentra un uso.

Si Leo está bien, Pep ya no está bien, en La Nación

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Mi vida en el Pro

Escrito el 26.03.15 a las 12:12

He sido fiel a pocas cosas en mi vida como al Pro Evolution Soccer, lo que ocurre es que para demostrarlo debería escribir un libro. Desde hace mucho tiempo conozco a los jugadores por el Pro, que me sirve de escaparate para saber quiénes son, en la vida real, los más rápidos, los más talentosos o los que tienen más proyección. En todos los equipos en los que he entrenado en Liga Master (Mallorca, Deportivo, Zaragoza, Celta, Sevilla, Real Sociedad, Newcastle o Aston Villa) siempre mantuve una filosofía reconocible en el campo: jugadores negros en el centro y al menos uno en la delantera, abriendo huecos con el cuerpo y explotando espacios desde el callejón del 10 con zancadas de gacela (Kalou en el Zaragoza) o bien a modo de locomotora (Makinwa en la Real). Los iba a buscar personalmente mirando uno a uno sus características, su edad y su estatura –nunca mayores de 25 años, nunca por debajo de 1,75, salvo que fuesen balas. Un trabajo de chinos que me llevaba tardes y que dejaba a mis novias pasando por el salón alarmadas por no ver nunca el balón en juego. Costados abiertos, un punta caído con funciones de mediapunta (menudas dos temporadas que me dio Pastore en Sevilla o Pato en Coruña), dos stoppers funcionando como un acordeón y siempre una leyenda atrás, apoyada por dos centrales fuertes, altos, preferiblemente germanos. Mis equipos son un ordenamiento del mundo en el que tiene que haber siempre un argentino en el campo y ningún español en la convocatoria (hay que decir que Konami nunca ha sido generosa con los nuestros).

Mi vida en el Pro, en Líbero

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Los que se quedan

Escrito el 7.10.14 a las 18:48

Ciertamente, tenía que repetirlo, no había que imitar a los cristianos de Abisinia, de los cuales ya había hablado. Tampoco había que imitar a los apestados de Persia, que lanzaban sus harapos sobre los equipos sanitarios cristianos invocando al cielo a voces para que diese la peste a los infieles, que querían combatir el mal enviado por Dios. Pero tampoco, ni mucho menos, había que imitar a los monjes de El Cairo que en las epidemias del siglo pasado daban la comunión cogiendo la hostia con pinzas para evitar el contacto de aquellas bocas húmedas y calientes donde la infección podía estar dormida. Los pestíferos persas y los monjes pecaban igualmente; pues para los primeros el sufrimiento de un niño no contaba y para los segundos, por el contrario, el miedo al dolor, harto humano, lo había invadido todo (…) Pero había otros ejemplos que Paneloux quería recordar. Según el cronista de la gran peste de Marsella, de los ochenta y un religiosos del convento de la Merced sólo cuatro sobrevivieron a la fiebre, y de esos cuatro tres huyeron. Esto es lo que dijeron los cronistas y su oficio no les obligaba a decir más. Pero al leer estas crónicas, todo el pensamiento del Padre Paneloux iba hacia aquel que había quedado solo, a pesar de los setenta y siete muertos y, sobre todo, a pesar del ejemplo de sus tres hermanos. Y el Padre, pegando con un puño en el borde del púlpito, gritó: “¡Hermanos míos, hay que ser ése que se queda!”.

Camus, La peste

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2006

Escrito el 12.09.14 a las 10:35

Aquel año vivíamos en un edificio antiguo y lleno de polvo, en medio de una plaza grande y vieja y soleada. Teníamos enfrente una casona derruida llena de pinos y castaños de indias que sobresalían por encima del muro, y más allá, detrás del palacete, había un jardín verdísimo y malva de buganvillas, rododendros y azaleas. Si subíamos al tejado veíamos a lo lejos los lomos de la montañas al otro lado del río, y el humo de los incendios de aquel verano como chimeneas de fábrica instaladas en lo verde del monte, ahumando el cielo y cubriéndolo todo de polvo. De mañana cruzaba la plaza una excursión de niños de campamento urbano y los veíamos pasar con sus viseras rojas, sus polos blancos y un griterío como el de los estorninos que venían desde el sur a posarse en los enormes árboles de la casona.

2006 (continuará), en Chopsuey

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¿Qué está bien? ¿Qué está mal?

Escrito el 23.11.13 a las 15:34

Existía la literatura oficial. Los ingenieros del alma, como Stalin había llamado un día a los escritores. Los realistas-socialistas, fieles a esta línea. La cohorte de los Shólojov, Fadiéiev, Símonov, con apartamentos, dachas, viajes al extranjero, acceso a las tiendas para las jerarquías del partido, obras completas encuadernadas con miles de ejemplares y coronadas por el Premio Lenin. Pero estos privilegiados no lo tenían todo. Lo que ganaban en confort y seguridad lo perdían en amor propio. En tiempos heroicos de la construcción del socialismo, todavía podían creer en lo que escribían, estar orgullosos de lo que eran, pero en la época de Bréznhev, del estalinismo blando y la nomenklatura, estas ilusiones ya no eran posibles. Sabían bien que servían a un régimen podrido, que habían vendido su alma y que los demás lo sabían. Solzhenitsyn advirtió los remordimientos de todos ellos: uno de los aspectos más perniciosos del sistema soviético es que si no eras un mártir no podías ser honesto. No podías enorgullecerte de ti mismo. Si no estaban completamente embrutecidos o no eran unos cínicos, los escritores oficiales se avergonzaban de lo que hacían, de lo que eran. Se avergonzaban de escribir en Pravda grandes artículos denunciando a Pasternak en 1957, a Brodsky en 1964, a Siniavski y Dániel en 1966, a Solzhenitsyn en 1969, siendo así que en el secreto de su corazón les envidiaban. Sabían que eran ellos los grandes héroes de su tiempo, los grandes escritores rusos a los que el pueblo se acerca a preguntarles, como a Tolstói en el pasado: “¿Qué está bien? ¿Qué está mal?”. Los más abúlicos suspiraban que si sólo hubiera dependido de ellos habrían seguido estos ejemplos apasionantes, pero claro, tenían familia, hijos que cursaban largos estudios, todas las excelentes razones para colaborar que tiene cada cual para no militar en las filas de la disidencia. Muchos se alcoholizaban, algunos como Fadiéiev se suicidaban.

Limónov (Anagrama), Emmanuel Carrere

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Cernuda

Escrito el 5.11.13 a las 15:05

“(…) Alguna vez me contaron en la casa familiar, en Sevilla, cómo durante la fiesta que siguió a mi bautizo, al arrojar mi padre desde un balcón al patio lo que allí llamaban ‘pelón’, mis primos y primas, que eran numerosos, se arrojaron sobre el montón de monedas, mientras mi hermana Ana, segunda hermana mía, se quedaba en un rincón, mirando el espectáculo y sin participar en él. Al preguntarle alguno por qué no entraba ella también en la refriega, respondió: ‘Estoy esperando a que acaben’. En su respuesta veo no tanto la tontería inocente como la muestra de cierta cualidad insobornable, rasgo característico del temperamento familiar, que también existe en mí. Así, frente a la turbamulta que se precipita a recoger los dones del mundo, ventajas, fortuna, posición, me quedé siempre a un lado, no para esperar, como decía mi hermana, a que acabaran, porque sé que nunca acaban o, si acaban, que nada dejan, sino por respeto a la dignidad del hombre y por necesidad de mantenerla”.

Memorial de un libro, Luis Cernuda

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Manu

Escrito el 28.05.13 a las 10:33

Manu

 

(…) Fue un día de verano, como todo en la vida. Había ido a aparcar el coche cerca de la playa de Areas, y cuando conseguí dejarlo a dos kilómetros me eché la toalla al hombro y me dirigí campestremente a la Postiña, un bar de allí en donde me esperaba Paula y una amiga suya que yo no conocía de nada. Al verme bajar, esta amiga exclamó: “¡Quién es ese dios de la fecundidad!”. Meses después la tenía por ahí embarazada perdida, pero esa tarde nada sospechábamos: yo me dediqué a leer una biografía enorme de Hitler mientras pensaba que estaba buena, pero que parecía una de esas pijas estreñidas que fabrica Pontevedra como roscas; ella pensaba que yo estaba bueno, pero que era un coñazo de tío de ésos que se pasan cinco horas bajo el sol para saber de la vida de un alemán muerto. “Que ni es alemán”, pensaba ella, “sino austríaco, y seguro que después de 1.200 páginas el paleto ni se entera”.

Yo en realidad leía para hacerme vagamente el interesante y ella ponía cara de pija porque le daba el sol de frente y no tenía otra que ponerse las rayban y apretar mucho la boca, como si se estuviese callando marcas de ropa. Aquel disimulo nuestro tardamos en descifrarlo, pero aún antes, cuando no nos caíamos bien y ninguno tenía una opinión buena del otro, ya nos estábamos acostando, porque al fin y al cabo en la cama no interesan detalles superficiales como el carácter, y ninguna mujer llega al orgasmo porque su pareja tenga buen humor. ¿Acaso nos reproducimos como especie leyendo a Dostoievski? Más bien lo que dan ganas es de clausurarla (…)

*

(…) Se empezó a encontrar mal a los diez minutos. Yo le decía que aquello era imposible y que probablemente tuviese una migraña insólita. Discutimos agriamente por esto. Pasaron varios días y nos fuimos a comer al asador O Fanal, donde nos dedicamos a los periódicos porque habíamos reñido esa mañana por alguna razón que no recuerdo. Yo separaba las páginas con cuidado, royéndolas como si fuesen los huesos del churrasco, y de vez en cuando, teatralmente, le echaba mojo picón encima a las noticias que no me gustaban porque así, decía yo, al menos tenían sabor. Eran las consecuencias funestas de beber mucho vino; ésa, y que los dueños me pidiesen por favor que me llevase los diarios conmigo cuando pretendía dejarlos donde estaban.

Subimos despacio la calle Arzobispo Malvar como dos ciclistas golpeados y al llegar a la Plaza de España la vi dirigirse sola a la farmacia. Ella quería comprar un predictor y yo creía que lo que tenía que hacer era comprar ibuprofeno. Finalmente hizo lo primero, y en casa se dispuso a hacer una operación que yo entendía desproporcionada.

Esperamos los dos en el sofá. La tarde era horrible y a mí se me empezaba a levantar resaca. Sólo quería dormir y llorar, pues en aquella época lloraba muchísimo y sin venir a cuento, como en una especie de ejercicio de marine por si venía algún disgusto grande y tuviese que estar entrenado. Cuando pasó un tiempo se fue al baño a por el predictor. Yo pensé ahí sinceramente que se estaba volviendo loca. Me lo confirmó el resultado: estaba embarazada. Meses más tarde, en algunas de nuestras discusiones más encendidas, supe que siempre tenía que tener la razón. Nunca conocí a nadie que hubiese llevado tan lejos su dolor de cabeza (…)

*

Manu sale mañana a la venta y se presenta el sábado 1 de junio en la librería Tipos Infames (San Joaquín, 3) de Madrid a las 20.15. Se compra ya aquí.

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Series para dormir

Escrito el 25.05.13 a las 12:34

De un tiempo a esta parte, creo que desde que le pedí salir a mi mujer, en casa nos dormimos viendo series de crímenes que a nuestro hijo, de pocos meses, deben de estar haciéndole llorar en sueños de estupor y vergüenza. Se trata mayormente de ‘C.S.I.’ y ‘Mentes criminales’, aunque a veces toca algo puramente pornográfico como ‘En terapia’, la serie que menos ha invertido en exteriores de la historia, y eso porque a Von Trier le obligaron a hacer de ‘Dogville’ una película y no la secuela de ‘Dallas’ con Nicole Kidman haciendo de Sue Ellen pasada de vueltas. Cierto es que ‘En terapia’ está tan hecha para dormir con ella que al final es tanta su intención que pasas la noche con los ojos como platos y te tragas 20 episodios que no te valen para absolutamente nada en la vida.

Series para dormir, en GQ

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Compradores de cosas

Escrito el 24.04.13 a las 11:28

El urbanismo, la crisis y los millones no sólo me producen cierta angustia, pues como periodista ha de estar uno siempre bregando en el filo del escándalo y el hastío, sino que de vez en cuando se conceden alegrías poéticas.

Compradores de cosas, en GQ

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El Madrid de Pla

Escrito el 11.04.13 a las 11:41

Hacia el final de su primera estancia en Madrid, donde vivió como corresponsal en 1921, Josep Pla se cruza con un condiscípulo suyo que acaba de doctorarse y quiere volver a Barcelona a montar un despacho. “¿No hay bastantes despachos todavía?”, inquiere el escritor, que le reclama que se quede a Madrid a “observar”. “Tu curiosidad, ¿ya se acabó?”, pregunta. Y al escuchar a su compañero decir que las cosas deben seguir su curso, Pla refiere la historia de un matrimonio de campesinos que se encuentra a un hombre ahorcado aún con vida, lo salva y se lo lleva para casa. “Pero, al cabo de varios días, la campesina dijo: ‘No me gusta ese hombre.’ El campesino, tal vez para no disgustarla, encontró que su mujer tenía razón. Al cabo de muy poco rato de discutir, dijeron con naturalidad: ‘Hay que dejar que las cosas sigan su curso…’ Cogieron al exahorcado y lo volvieron a ahorcar.”

El Madrid de Pla, en Letras Libres

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