¿Qué está bien? ¿Qué está mal?

Existía la literatura oficial. Los ingenieros del alma, como Stalin había llamado un día a los escritores. Los realistas-socialistas, fieles a esta línea. La cohorte de los Shólojov, Fadiéiev, Símonov, con apartamentos, dachas, viajes al extranjero, acceso a las tiendas para las jerarquías del partido, obras completas encuadernadas con miles de ejemplares y coronadas por el Premio Lenin. Pero estos privilegiados no lo tenían todo. Lo que ganaban en confort y seguridad lo perdían en amor propio. En tiempos heroicos de la construcción del socialismo, todavía podían creer en lo que escribían, estar orgullosos de lo que eran, pero en la época de Bréznhev, del estalinismo blando y la nomenklatura, estas ilusiones ya no eran posibles. Sabían bien que servían a un régimen podrido, que habían vendido su alma y que los demás lo sabían. Solzhenitsyn advirtió los remordimientos de todos ellos: uno de los aspectos más perniciosos del sistema soviético es que si no eras un mártir no podías ser honesto. No podías enorgullecerte de ti mismo. Si no estaban completamente embrutecidos o no eran unos cínicos, los escritores oficiales se avergonzaban de lo que hacían, de lo que eran. Se avergonzaban de escribir en Pravda grandes artículos denunciando a Pasternak en 1957, a Brodsky en 1964, a Siniavski y Dániel en 1966, a Solzhenitsyn en 1969, siendo así que en el secreto de su corazón les envidiaban. Sabían que eran ellos los grandes héroes de su tiempo, los grandes escritores rusos a los que el pueblo se acerca a preguntarles, como a Tolstói en el pasado: “¿Qué está bien? ¿Qué está mal?”. Los más abúlicos suspiraban que si sólo hubiera dependido de ellos habrían seguido estos ejemplos apasionantes, pero claro, tenían familia, hijos que cursaban largos estudios, todas las excelentes razones para colaborar que tiene cada cual para no militar en las filas de la disidencia. Muchos se alcoholizaban, algunos como Fadiéiev se suicidaban.

Limónov (Anagrama), Emmanuel Carrere