Política de ajedrez

Pocas cosas hay en el mundo que admire más que la política de ajedrez con la que los gobiernos utilizan a las monarquías. Esos sutiles movimientos cadenciosos con los que un presidente deja en palacio a la Reina en aras del bien de España, como la presencia en una boda o el saludo más o menos afectuoso que se la ha de dar a otro dirigente dependiendo de alianzas estratégicas, forman parte de una gran batalla nostálgica: mapas de guerra de un tiempo perdido. Hace cuatro siglos una provocación inglesa se respondería enviando a la Armada y ahora se contesta bajando a Doña Sofía de un avión. No deja de ser placentero comprobar que bajo las declaraciones agresivas de unos y otros en el Congreso, el acoso internacional de los mercados y la amenaza de intervención, late subterránea una finísima política de gestos tan inanes y cursis como los de nuestros Reyes. Cuánto ganaría este país si la derecha y la izquierda se atacasen de igual modo. Una moción de Rubalcaba contestada por Rajoy cancelando la presencia de Soraya en la comunión de su sobrino, o un reproche a la «herencia recibida» del PP respondida con un saludo sin mirar a los ojos por parte de un diputado de la oposición. Uno se imagina un Parlamento aristócrata en el que todos se comunicasen mediante el protocolo, subiendo y bajando el tono a través de señas casi secretas que tienen que ver con el vestuario o la intensidad de un apretón de manos. Y de repente, tras años de ensayo y depuración de técnica, asistir como invitados a una cena oficial en Buckingham Palace y conquistar gloriosamente Gibraltar sólo con levantarse a los postres.