CXVI

Del Madrid fui por primera vez a los dos años, cuando mi tío me puso una camiseta del Barcelona en medio de un bar con gente haciendo la ola de pura consternación. La leyenda cuenta que me la saqué llorando y que no volví a subir a sus brazos hasta los doce, cuando me picó una faneca en la playa de Silgar. Y aún entonces, en medio del llanto, lo miraba con desconfianza sin saber por qué, como esos niños que no identifican un trauma.

El bar era de mi abuelo y estaba debajo de nuestra casa. En tiempos fue un bar peluquería. Mi abuelo había estado embarcado muchos años y aprendió el oficio, porque de los barcos surgen hombres multinavaja, así que cuando volvió montó el bar y dentro, en lo que ahora se llamaría dos ambientes, puso una silla, un espejo y unas tijeras. Me crié entre las piernas de toda esa clientela, y cuando la estatura me dio por fin para llegar con las manos a la barra, comencé a poner vinos. Fui un niño mesonero, madridista y muy católico, de los que se atormentaban con el pecado al punto de cometerlos todos, como un Cristo enloquecido. Si un borracho me pedía un albariño yo me prestaba a servirlo y estiraba mucho la mano para cobrarlo, y con aquella mirada cándida mía, de niño de catequesis, se aturdía la clientela, que desistía de seguir bebiendo y cogía el camino de casa a abrazar a los hijos llorando y pedir perdón.

Yo ahora pienso que si los ayuntamientos pusieran niños a servir en los bares se reduciría la tasa de alcoholismo, porque hay que estar muy mal para permitir que te emborrache un niño. A esas conclusiones llega uno mal y corriendo, porque la realidad es que yo ponía los vinos con euforia, hasta rebosar la taza, y me gustaba ver a aquellos hombres fuertes de caras encarnadas agacharse y sorber como veía hacer a las vacas en las cuadras de la aldea. Tengo a todos esos rostros frescos en la memoria, porque no se nutre otra cosa el periodismo que de lo vivido, sea hace un minuto o hace un siglo.

En el bar, al atardecer, siempre llegaba Vicente, que montaba jaleo cuando había partido de fútbol y a veces se le echaba sin miramientos. En una esquina de la barra, sin beber, se sentaba mi bisabuelo Manolo con unas gafas gordas de montura negra que ahora serían la delicia de los modernos. Mi bisabuelo era de cuerpo fuerte pero su recuerdo lo tengo muy débil; un día no apareció y se me dijo que había muerto. Yo entonces pensé que la muerte consistía en dejar de venir por el bar, así que cuando alguien faltaba me compadecía de su alma.

Gianni, un italiano que vivía en el edificio de al lado, seguía siempre el Tour como si le fuera la vida en ello. Al parecer había sido ciclista allá en Italia y cada vez que hablaba todos callaban. Si decía que Perico iba mal, Perico atacaba. Si Lemond iba a ganar la etapa, le daba una pájara. El silencio que se producía en el bar era de pura expectación. Probablemente se hubiese inventado lo de ciclista para justificar que tenía las piernas depiladas, aunque para eso, decía mi tío, ya le tenía que haber llegado con decir que era italiano.

Óscar, un chico serio, de percha estable, poco dado a sacrificios gestuales, llegaba al bar los fines de semana para jugar al dominó. Al contrario que los airados, reposaba las fichas con tanto cuidado que nadie dudaba de que fuese homosexual. Sólo le vi perder una vez los estribos, cuando tuvo que repetir lo que tomaba porque no se le había escuchado; eso sí, pegó un grito que casi le revienta la cabeza a mi abuelo.

En esa taberna, casi aprendiendo a andar, sin saber yo aún lo que era la vida, había tenido mi primer gesto de madridismo natural, envuelto en pureza, como una forma armoniosa de arte. Eclosioné como madridista antes que como hombre. Fui blanco sin condiciones, a tumba abierta, como salía Salguero de la cueva con el balón, la mirada gallarda y el pelo alborotado, derrumbando rivales con la camiseta por fuera como si escapara de la cama de una señora casada.

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Grupo Salvaje