Ronaldo mon amour

A mitad de conferencia se le empezó a quebrar la voz, a írsele por el callejón del diez, por donde apuraba él mismo la zancada para encontrar el perfil derecho y fusilar a la izquierda del portero. Luego se ató las cuerdas vocales como pudo y remedió el entuerto diciendo que se estaba terminando su historia, y comenzaron a rodarle lágrimas gordas por sus mejillas infladas de niño tragón; el rostro  soleado como una pelota de trapo y el cuello de bisonte, morocho, mientras se le calentaban los ojos y ocultaba el diastema de una sonrisa universal, patrimonio del fútbol. Se iba el gran Ronaldo, el último de una estirpe; un disoluto encantador de voluntades y un genio capaz de poner tan patas arriba los entrenamientos que hasta el funcionarial Raúl se presentó pálido en una radio a contar que en Valdebebas se estaban viendo cosas «que vosotros nunca creeríais».

Fue cinco jugadores en uno, y cada uno más grande que el anterior, como una fenomenal pieza de orfebrería matriuska. Costureó sus piernas en el sufrimiento y emergió siempre, como si los músculos despedazados le volviesen inmortal. En su primera etapa deshacía las defensas con el trazo ligero del bisturí y se filtraba entre defensas como un chorro de agua. Y después de partirse a la mitad, tras horas de gimnasio y pasión, como un búfalo amamantado en la venganza, volvió más alto, más fuerte y más pelado, como un Buda destructor del que se sospechaba que apenas podría poner en marcha la tracción de su terrible locomotora.

Lo hizo y trituró un Mundial llevándose colgada a su espalda a la defensa contraria. Ya no era el extraterrestre de Barcelona: era la manada. Había perdido ligereza pero había ganado presencia y por momentos, al romper a trotar, amenazaba con salirse del estadio: era como un Foreman de uppercut violentísimo, como aquellos que asestó desde treinta metros al Manchester dejando mudo Old Trafford y poniendo en pie a Inglaterra para ovacionarle. Si el gol al Compostela fue el compendio homérico del primer Ronaldo, del segundo se conserva el que le marcó al Atlético en el Bernabéu en la primera pelota que tocó. Partió la defensa en tres zancadas, recortando la línea de cinco, y se presentó delante del portero con la frialdad de un asesino: dejó pasar segundos eternos antes de tumbar al Mono y levantársela con un toque excelso.

Ya entonces paladeaba la vida con la misma fruición que el césped. En tiempos de máquinas perfectas y aburridas, de ídolos prefabricados por Nike y Adidas (el Messi humilde y opaco; el Cristiano aguerrido y prepotente, ambos entregados al fútbol con pasión religiosa), él fue una deliciosa irregularidad, una juerga eterna devota del espíritu de Romario.

Por eso de Ronaldo, más allá de su impacto en el campo y de su reconversión naval, deshecho aquel delantero comekilómetros por el mazo de hierro que hacía temblar los tres cuartos, me quedo con su figura en declive y aquellos pelos imposibles siendo grabado en móvil tras su juerga frustrada con tres putas que le aparecieron, las tres, con pene: un hat trick de los de antes. Aquel Ronaldo magnífico que se recuperaba en Rio de una lesión gravísima protestando las pollas que se le habían metido en casa como el caballo de Troya representaba el fútbol de suburbio, canalla y antiguo. Era el Ronaldo excesivo y lujoso, saturado de lesiones, placentero y gordo, entregado a las pasiones últimas y al vodevil de las aprovechadas a las que acabó plantando una vasectomía. El que contestaba cuando se le pedía «entrega» que había venido a Madrid a tocar el piano, no a correr alrededor de él. El que ahora reposa como un león echado a la sombra saciado de gloria tras dos décadas en las que prorrumpió una y otra vez con resurrecciones inauditas, propias de un dios.