L

Más miedo al presente que al futuro y sospechar del pasado como de un reo antiguo. No dar nunca consejos ni adoptar el papel que no me corresponde o no siento que me corresponde. Querer a la gente a cierta distancia para que no termine de creerme, y si he de perder el tiempo, perderlo de cualquier manera y sin exquisiteces. No quedar bien por interés sino por vicio, y justificarme a mí mismo después de una mala acción creyendo que podría hacerla peor, aunque no sea verdad ni aspire a serlo. Llorar al menos diez minutos al día por si llega el momento de llorar en serio al reencontrarse con el dolor como con el padre que huyó del parto, inaugurando el luto por resurrección. Escribir cosas para no tener que leerlas en los demás y leer otras sólo para evitar el trago de escribirlas. Buscar mujeres que sean guapas y no lo sepan para hacer el amor con ellas y sentirse una especie de violador secreto. Creer que los problemas se arreglan solos y contemplar asustado como se arreglan solos de verdad. Mentir mirando a los ojos en el campo de batalla y no escupir las verdades al suelo, como los generales que siguen la guerra entre prismáticos. Exagerar, callar, aborrecer y reír. Beber como si se fuera a pasar de moda. Fantasear con ser otro pero no poder despegarte lo más mínimo de ti mismo, y encogerte de hombros al reconocerte en el espejo, tal y como harías tú. Pisar de madrugada los pétalos de las bodas que se celebraron por la mañana en el Ayuntamiento, o recogerlos y guardarlos como se hacía con aquellas hojas secas del otoño para meterlas entre libros en un pacto perdido. No tener nunca quince años. No enamorarse más de tres veces. No hacerse notar en lugares públicos. No matarse dentro de un coche o fuera de él, evitar países en guerra y bares que contengan más de dos camellos, y procurar despedirse del mundo con un poco de descendencia, no se vaya a quedar algo en el tintero. Acabar volviendo al vientre materno al morir, como si no hubiera pasado nada.