Cuando pagábamos

 

Un amigo me dice en la comida que se va a Madrid el 26 y regresa a Pontevedra el 30, y le pregunto para qué, si es un hombre que hace negocios y se rige a sí mismo, y me habla de unos juicios por impagos. «En Madrid no se paga. Se dejó de pagar hace algún tiempo, y ahora allí ya no paga nadie. Cuando viene el camarero con la cuenta de los menús del día hay tres o cuatro comensales que levantan la mano y hacen el gesto ése del boli de que se lo apunten». Son, me dice mi amigo, decoradores y directores de escena, guionistas, actores y arrendatarios de pisos vacíos llenos de yogures caducados.

Pagar, efectivamente, fue una moda. Cuando un día corrió el dinero la gente empezó a pagar, y ahora se prefiere apuntarlo a la cuenta o echar a correr. Pagar fue un vicio burgués, como dormir o no beber, y al recuperarse las esencias la gente deja de pagar, duerme hasta las doce y se emborracha viendo Sálvame. Decoradores y directores de escena, sí, pero también periodistas, carteristas y biógrafos de Buenafuente. Jóvenes que en la ola se llamaban Xaloc, Unax, Amare, Chanqui o Nira y ahora andan ya por Baldomero.

Pagar fue algo que se hizo en los noventa con cierta gracia. Hoy no paga nadie, sólo algún desfasado. Se perdió la costumbre, como se perdió el peinado aquel de Julia Otero o los cuellos mao. Una mañana alguien se levantó y no pagó, y cuando alguien pone de moda lo barato el pueblo responde en masa.

Me lo dijo en una entrevista el jefe de una inmobiliaria:

-Se meten en el piso, pasan los meses y no pagan, y cuando vas con la Policía a echarlos un año después te encuentras con que se fueron el día anterior.

A los abogados, cuando les preguntas si tienen más trabajo por los despidos y los cierres de las empresas, te dicen que muchísimo y que además no cobran. «No tenemos dinero para pagarles las nóminas a nuestros trabajadores y te vamos a pagar a ti la tuya», les dicen. A mí hace meses hubo quien me encargó un libro invitándome a pedir días libres a mi empresa, investigar no sé qué en bibliotecas y escribir cien páginas a peso en dos meses, y cuando pregunté cuánto era se llevó las manos a la cabeza: «¿Pero esto se paga?». Yo entonces era un antiguo y dije que por lo menos 3.000 euros, pero si me coge ahora le escribo la segunda parte de Ana Karenina sin haber leído la primera y por la cara.

No sólo no se paga («¿te acuerdas de cuando pagábamos?»), me dice este amigo en la mesa, sino que ahora mismo en España nadie tiene un millón de euros.

-Antes ibas a un Caixanova y decías que tenías esta empresa y este aval, y salías con un millón de euros por la puerta.

Hoy quien tiene veinte euros ya tiene bastante, y así zanjó la charla mi compañero antes de irse a Madrid a defenderse de las denuncias  por impago: «A ver si el juez me da la razón y dice que en España no es suficiente con no pagar, sino que lo suyo sería, ya directamente, no cobrar».