Verano
Al final del verano nos quedábamos solos en la plaza del pueblo comiendo las pipas de Rosina y mirando la carretera, que era por donde se marchaban los coches a Granada, Sevilla, Madrid y Asturias. Teníamos catorce años; éramos tontos, graciosos y guapitos de cara. Habíamos sido ya rockers de Loquillo y pijos de Hombres G, y echamos los mediodías viendo el Tour en el Cucos y bajando a la playa con el único objetivo irrenunciable en la vida de dar el primer beso. Por las tardes saltábamos el muro de La Edra y olisqueábamos las puertas como perros flacos. Después corríamos por las heladerías de Silgar mendigando cucuruchos rotos y acabábamos agrupados en la playa compartiendo la pitanza y riéndonos de al rico parisién. Cuando había sed, esperábamos a que el camión de la Coca-Cola llegase al Marycielo y robábamos tres botellas colando la mano por debajo del toldo. Subíamos de la playa al anochecer, y nos reuníamos de madrugada en las escaleras del Cruceiro y en el faro del puerto a seguir como podíamos el juego inacabable del verano hasta que un día, no recuerdo cuál, el verano se acabó del todo, porque siempre hay un día en que el verano se acaba del todo y todo lo demás es prórroga. Muchos nos perdimos de vista y nos quedamos con esa Nerja irrecuperable en el fondo del estómago revolviéndose incómoda para recordarnos que fuimos felices, y no fue un sueño.







Plas, plass, plasss…
Escrito el 2.09.10 a las 7:30