El público soberano

Cuando apareció en el Madrid, Florentino Pérez lo hizo con el símbolo incorruptible del barcelonismo bajo el brazo y se dedicó a recolectar cracks hasta que los cracks engulleron el modelo y acabó aquello como el rosario de la aurora bajo la pasión de un público enfebrecido que empezó a ir al estadio sólo a montar follón y salir en la tele. De tan grande que era el problema, no se detectó, como aquella carta robada de Poe que se ocultó poniéndola delante de las narices a la policía, y en su segunda etapa Florentino volvió a tirar de chequera limitándose a expulsar del paraíso a dos rémoras, cuando tenía ochenta mil a la espalda lastrándolo todo.

Ahora sólo han hecho falta diez pases para que se entienda, por fin, que la afición del Bernabéu no vale y hay que traspasarla, y mientras el presidente del Madrid no entienda eso la nave está condenada al naufragio. A ese público hay que repartirlo gratis por media España como se hace con la cantera, e ir dejándolos a todos en paquetes de cinco mil en el Rico Pérez, el Ruiz de Lopera, Pasarón y Las Gaunas con sus bufandas, sus hijos, sus saquetas gigantes de pipas saladas y su Marca a aplaudir por ahí los goles de Morales, la entrega de Toril y el despliegue defensivo de Velasco, por citar tres cracks de La Fábrica del doctor Mengele.

A ese público le alcanzó la metástasis del piperismo, y el piperismo se ha extendido a todas las gradas hasta dejar el estadio tan podrido que el propio Florentino propone techarlo para soldar mejor las torres, que crujen de vergüenza cuando el hincha que guarda luto por los desmarques de Raúl se pone a hacerle aspavientos a Cristiano Ronaldo. El público no es sagrado, y si tiene derecho a patalear en el minuto 20 de Liga también lo tiene el club de ponerlo en venta o cedérselo al Celta para que se llene Balaídos. Éstos, al fin y al cabo, son los 80.000 trastornados que chillaban a Ronaldo porque no presionaba la salida del balón; un tío que marcó en cuatro años 104 goles con la punta del carallo y ocho kilos de más. Son, en fin, los que ahora se ponen a silbar a Cristiano porque hace bicicletas y dispara a portería en lugar de correr hacia delante sin levantar la cabeza y embestir contra el rival para pedir falta, que era lo que venía haciendo con cierta bravura el eterno 7.

Sí, el público debe marcharse del Bernabéu y marcharse además pitando, que es lo mejor que sabe hacer. No se puede ir al campo a pagar con Benzemá la frustración de haber querido ser director general de algo y quedarse en la vida para acarrear cafés y echarle un quiqui a la mujer los domingos después de Aída: las frustraciones, desde el minuto uno, se han pagado siempre con el árbitro. A ese público consentido que como paga tiene razón, y puede cargarse el espectáculo, hay que darle un Libro Blanco con la cubertería merengue del As o ponerlo en la calle con indemnización y llenar el estadio de escoceses que se partan el corazón por el Madrid desde el calentamiento y hagan temblar los muros del estadio cuando al rival se le ocurra dar un pase o cruzar el mediocampo. El miedo escénico de toda la vida; el de verdad, el que hace de un sarcófago operístico y un parque temático al que van a exhibirse los contrarios una tortura inhumana de la que nadie salga con ganas de volver y decir esa grosería de “jugar en el Bernabéu es un sueño hecho realidad”.