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Al llegar a la consulta del dermatólogo me miran de arriba abajo, porque he pedido la cita con carácter de urgencia y al llegar sofocado después de subir las escaleras no me ven nada anormal. Podría explicarles que lo anormal va por dentro, pero creo que en el mismo edificio atiende un psiquiatra. Lo que me ocurre es que el pelo se me está cayendo a mechones; como todavía conservo bastante, la observación me parece ridícula y prefiero coméntarsela al médico en privado, así que paso a la sala de espera envuelto en grandes misterios, como si me hubiesen salido sarpullidos marcianos en la polla. Yo había hablado con el dermatólogo en anteriores ocasiones para un par de reportajes; cuando entro en su despacho se me queda mirando y me dice: “Te recordaba con barba”. “Pues de lo que se trata ahora”, le digo, “es que de la próxima vez no me recuerde con pelo”.
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La encontré en un pub el viernes pasado. En un momento de la conversación me preguntó si me gustaba una serie en concreto y lo que hice fue algo escandaloso: saqué el Iphone, entré en mi blog y le di a leer un artículo en el que opinaba sobre eso. La observé de reojo leyéndolo mientras yo pedía una copa. Pensé un poco desoladamente en lo mucho que yo me había reído de César Antonio Molina cuando en una clase le preguntaron por un aspecto de su vida y él contestó: “Eso ya lo cuento en el tercer tomo de mis memorias”. Así que cuando acabó de leer mi columna le pregunté si le había molestado y me dijo que no, que le había gustado. De todos modos le pedí disculpas: “Escribo mejor que hablo”. Y lo que ya no le dije a ella ni a nadie es que cada vez me apetece menos hablar y más escribir, y que empiezo a estar más acompañado solo que con gente.
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Echar aquí lo que no valga para una columna o para una ficción. El objetivo megalómano de que de mí se aproveche todo, como del cerdo.
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Grandes momentos en la biografía de John Toland sobre Hitler. Uno de ellos es el que relata en sus diarios Galeazzo Ciano, el yerno de Mussolini. Tras un encuentro con Hitler en septiembre de 1938, el dictador italiano se lanza a ridiculizar a los ingleses: “En un país donde se adora a los animales hasta el extremo de construir cementerios, casas y hospitales para ellos, y donde se dejan herencias a las cotorras, puedes estar seguro de que ya se ha instalado la decadencia. Además, dejando de lado otras consideraciones, es también una consecuencia de la composición del pueblo inglés. Hay cuatro millones de mujeres de más. Cuatro millones de mujeres sexualmente insatisfechas, que crean artificialmente un cúmulo de problemas con el fin de excitar o apaciguar sus sentidos. Al no poder abrazar a un hombre, abrazan a la humanidad”.






REMEDIO. Aun se podria contar con Kucharsky para el tiro exterior y con Alfonso Martinez en la pintura. Y Saporta para moverse en los despachos.
Escrito el 1.09.10 a las 6:10