Una tarde en la ópera

Lo primero que uno descubre cuando va a los toros es que no siente nada. Toda la vida lleva uno escuchando que va a sufrir viendo como al toro lo desangran y lo putean mientras le van sajando músculos con picas, arpones y espadas y uno allí no siente ni padece nada, y lo que está esperando es que acaben de una vez, lo descabellen y podamos salir todos a tomar un poco el aire, porque en la plaza generalmente huele a pis que apesta. Algo, lo del pis, muy de campo, que es de donde viene el mundo de los toros por más que los señoritos que no pisaron una granja se hagan los entendidos: Delibes describió a Azarías lavándose las manos con los orines y el toreo fue una imposición de la plebe a Felipe V, que lo había prohibido por bárbaro. Ahora ir a la plaza vale 100 euros y el tendido está lleno de ministros: la realeza no sólo se adapta a lo que le echen, sino que pasado el tiempo lo roba.

Esa falta de sensibilidad debería alarmar, pero no lo hace porque no ocurre sólo con el toro sino con todo. Se sienta uno en su localidad y escucha pitos y palmas aliñados con pasodobles mientras el toro derriba al caballo y arremete al bulto. Puede levantar al torero como un trapo y desgraciarle el cuello, que uno no aparta la mirada ni se echa la mano a la boca como cuando pitan un córner en el descuento. A la hora de la muerte se pide silencio, y entonces el torero se abalanza sobre el toro buscándole el corazón con la espada. A veces falla y le revienta los pulmones, y entonces el matador se calienta y empieza a pedir una espada detrás de otra hasta que el toro, con los órganos triturados, se acaba muriendo de aburrimiento.

Yo recuerdo haber visto la matanza do porco en la aldea de O Seixal y aquello era otra cosa. El cerdo chillaba y nosotros, los niños maricones, llorábamos detrás del hórreo mascando manzanas y pasábamos luego el invierno alimentándonos del pezuño los domingos y la panceta cruda la semana, que aún la compro cuando llega el invierno y echo las horas rumiando la piel delante del televisor como un niño hermoso y agitanado.

El toro sin embargo no grita, y como no grita la historia no es la misma. A ratos se escucha la charanga y a otros ratos las palmas, y en ese ambiente ya puede uno ponerse a matar a un niño de seis años en medio de la plaza que al día siguiente los periódicos hablarán de chicuelinas. Yo para espectáculos así prefiero a Bill el Carnicero, que tiene más maña con los animales y probablemente acabase despachándole un machete por la espalda a alguien, que eso siempre genera cierto escándalo.

Salí de la plaza como entré, entre figurones, añorando aquellos días de San Fermín en los que vimos correteando por la calle a la cuadrilla con el matador a hombros, ya alejados de la plaza, y luego le conté a éstos que aún había visto media hora más tarde la furgoneta yendo hacia el hotel con el torero sentado encima de los subalternos, resignados ante tanta pasión.