Ni lágrimas, ni reproches

Bajo de Internet el “Poema de los dones”, de Borges, recitado por él mismo. Esa primera estrofa: “Nadie rebaje a lágrima o reproche…” es magnífica, y ejemplo de un tipo de actitud que apenas se encuentra en literatura. “Ni lágrimas, ni reproches”, he aquí una divisa que querría para mi escudo, para estas páginas. -Iñaki Uriarte-
“Ama ha tardado casi una hora en contarme su operación de cataratas. No me ha preguntado por lo mío. No quiere saberlo. No se lo he impuesto. Borges dijo una vez que el único deber que tienen los hijos para con sus padres es el de ser felices, no el de obedecerlos o respetarlos. ‘Ese médico está chiflado’, le dijo a María su madre cuando se enteró de que su hija tenía cataratas. (…) No veo claro que el único deber que tengamos para con nuestros padres sea el de ser felices. Ni que constituya un deber nuestro, ni que ellos se conformen con eso. Suelen querer otras cosas, por encima de nuestra felicidad. Por ejemplo, que nos convirtamos en personas prestigiosas, importantes, y que nuestro relumbrón les alcance, aunque sólo sea para presumir delante de sus amigos. ‘El Estado son las amigas de mi madre’, he comentado a veces. Las mayores presiones para que te mantengas dentro del sistema y logres un lugar importante en él provienen de las relaciones sociales de tu madre. Recuerdo una película de James Cagney que termina con el pobre hombre rodeado por la policía, subido al tejado de una refinería en llamas, a punto de explotar, mientras grita: ‘¡Mira, mam, mira! ¡Estoy en la cima del mundo!”.
No es fácil escribir sobre Diarios 1999-2003 de Iñaki Uriarte sin pasar a citar directamente el libro entero. O dicho de otro modo, emprender esa penosa tarea de reseñarlo, cuando objetos así toda la vida se han reseñado solos. Una editorial “con menos proyección que un cinexín”, como se define Pepitas de Calabaza, con el aviso de unas palabras de Enrique Vila-Matas fueron la rampa desde la que Uriarte, hombre de biografía oficial escueta (“nació en Nueva York -1946-, es de San Sebastián y vive en Bilbao”), ha convertido su pieza, los diarios comprendidos entre 1999 y 2003, en uno de esos descubrimientos feroces que recorren las librerías como la corriente eléctrica. Partiendo del magisterio de Pla (“hay que escribir como se escribe una carta a la familia”) y el aliento de Montaigne, el autor vasco se pone a desmenuzar su vida como ese mendigo que desmenuza el pan de ayer para dar de comer a las palomas.
“A éste le gusta la carne. Va a Inglaterra para acostarse con una de esas forzudas rebosantes de músculos que aparecen en Internet. Paga el viaje y 50.000 pesetas más por pasar con ella una noche en su gimnasio de Londres. Al otro le atraen los huesos. Acude por la noche con la chica a la consulta del padre y se masturba mientras contempla su esqueleto bailar a través de la pantalla de rayos X. Los dos me lo cuentan encantados. Son de esos secretos que no tienen sentido si no se revelan a alguien”, escribe Uriarte, cuya faceta de cronista social es todo lo ácida y desapegada que se exige. Divertidísimos sus apuntes sobre Pérez-Reverte al querer embestir con un cabezazo a un articulista contrario, Juan Manuel de Prada –“trepador, jovenzuelo prodigio, buen escritor en el peor sentido de la palabra escritor” o Jon Juaristi, quien presenta el libro de un amigo hablando mal de él y cuando allí se sugiere tomar una copa después del acto, la mujer del ensayista vasco lo agarra del brazo y le dice: “No vamos. Ya has hecho bastante el ridículo por hoy”. Son punzantes los encuentros con sus amigos políticos: uno de ellos le dice que está encantado con el pacto de Lizarra porque “lo verdaderamente malo han sido los 20 años de fascismo y nazismo que hemos vivido”. “Esos 20 años”, escribe Uriarte, “de los que 15 hemos estado él y yo todas las noches de copas sin hablar apenas del asunto y pasándolo en grande”.
Uriarte se escribe a sí mismo y se escribe a través de los demás; se escribe desde sus lecturas y desde la posición privilegiada del que “ya no conoce a ningún tonto” porque no trabaja y eso le ha ahorrado tratos con gente indeseada. De su libro sobresale una mirada libre y desencantada, que avanza pese a las contradicciones, porque ya dijo Fitzgerald que la mente de talento es aquella capaz de albergar al mismo tiempo dos ideas diferentes y no dejar de funcionar al mismo tiempo. “El estilo directo, claro, llano, tiene su riesgo. Es como llevar poca ropa. Hay que estar muy bueno o muy buena para decidirse a usarlo en público. La mayoría de la gente ofrece mejor aspecto cuando va vestida. Algunos sólo se salvan disfrazados”, escribe.
Quizás uno de los grandes méritos del libro es que, al contrario de tantos ejemplos desperdiciados de autores apabullantes que no hacen girar la rueda de su escritura a causa de la pesada digestión de sus lecturas –saber tanto no es malo: lo malo es querer hacerlo saber todo al mismo tiempo-, Uriarte encuentra siempre un momento para decirlo sin preámbulos exagerados ni esdrújulas pomposas: “Una de las cosas que más gracia me han hecho en mi vida es conocer lo que comentó muy serio y muy solemne Mr. Prud-homme, el personaje de Monnier, la primera vez que vio el mar: ‘Tal cantidad de agua roza lo ridículo”.
Iñaki Uriarte tiene a su favor el anonimato: las grandes voces suelen empezar a escucharse desde no sabe uno dónde, y así empiezan a seguirse en la noche. Hay caminos en estos diarios donde uno podrá encontrarse y desencontrarse, pero en los que jamás echará en falta una palabra y siquiera una coma. Quiere decirse que están espléndidamente escritos y que se leen a tragos. No son las reflexiones que Pla atribuiría a “un intelectual”, que él detestaba “en tanto que intelectual”, sino las de una inteligencia nada apurada que ha sacrificado la vastedad por la precisión, lo cual tiene un mérito terrible tratándose de un hombre extraordinariamente leído. Al fondo de esas páginas se adivina la honestidad con uno mismo, que es el pacto definitivo al que se llega sólo a ciertas edades. Y un humor desesperado e inteligente (“nunca sabes para qué te consideran útiles los demás”), bien engrasado, como esas máquinas de coser antiguas a las que basta con apoyar ligeramente el pie en el pedal para que echen a andar con la cadencia de una locomotora, como cuando esboza el esprit des toilettes (“en una cena, cuando alguien se ausenta para ir al baño, regresa siempre con más ímpetu a la conversación, con los argumentos que se le han ocurrido mientras meaba en soledad”), o cuando se refiere, casi de pasada, a la lejanía: “Nunca me acostumbraré a la distancia que existe en algunas personas entre sus peroratas morales para el público y la deshonestidad con que actúan en la vida privada. A lo que sí me he acostumbrado es a que sean amigos míos”.






“Nunca me acostumbraré a la distancia que existe en algunas personas entre sus peroratas morales para el público y la deshonestidad con que actúan en la vida privada.”
Yo no he venido aquí a hablar de Felipe González.
Escrito el 3.08.10 a las 4:21