Hermida

El 3 de diciembre de 2009 un cáncer se llevó por delante a José Manuel Hermida. La muerte joven se lleva a mejores y peores, y en ocasiones particularmente dolorosas a los hombres extraordinarios. Hermida lo era. Fue lo primero que me salió decirle a Noelia, su hija, en un correo que le envié hace meses. Su rastro fue inacabable desde la fundación de un grupo de teatro hasta su trabajo como criador nacional de aves -la imagen que retengo de él es en el antiquísimo bar de Manolo en la Cultural, mimando nidos con un cuervo amaestrado sobre la mano. Compartí con Noelia y con su padre muchos años en el Círculo Cultural de Sanxenxo y la noticia de su muerte me sobresaltó porque hay vidas que uno deja atrás teniendo la sensación de que son irrompibles: no hay modo de imaginar la ausencia de nadie de quien depende tanto la felicidad de muchos. Al profesor Hermida se le sigue llorando en el colegio de Vilalonga donde impartió clases de vida durante 26 años: allí tiene abierto un libro en el que sus alumnos lo homenajean en su muerte. Lo encabeza un poema de Juan Ramón Jiménez: «Y yo me iré / Y se quedarán los pájaros cantando: / Y se quedará mi huerto, con su verde árbol / y con su pozo blanco». El Concello, en su mejor hora, le acaba de conceder la cebola de ouro. Que los dioses sean justos con él; su pueblo ya lo está siendo.