El mundo

Fue hace dos sábados en una terraza de Gutiérrez Mellado. Llegué sobre las tres de la tarde después de entrevistar al eurodiputado Francisco Millán Mon. Recogí de aquella mesa la grabadora –no tomo notas; olvidé escribir y lo que quiero recordar me lo tatúo en la espalda para leerlo al revés en el espejo-, salimos con el fotógrafo y luego me fui solo, sin rumbo, como tantas veces, buscando una mesa grande al aire libre en la que poder estirar el periódico y las piernas. Era mi primer día de vacaciones y la entrevista sólo era un asunto pendiente; ni siquiera la iba a escribir ese día. Tenía tanto tiempo libre que podría, si así lo dispusiera, destruir el mundo.

Me senté en un restaurante y pedí una ensalada mixta y un arroz con gambas y roquefort. A mi lado estaba sentado un matrimonio anciano. Andaba cada uno a sus quehaceres y yo a los míos: contestar a un par de mensajes y pensar en mi propia vejez; le pedí a dios en silencio no perder nunca los dientes ni el pelo, y en caso contrario tener el dinero suficiente para comprarlo todo. Luego escribí varias ideas en la agenda del móvil, y cuando despatarré el periódico sobre la mesa miré a la pareja que tenía al lado. Parecían de fuera. De vez en cuando hablaban y lo hacían en paz consigo mismo, que es a lo que Juan Marsé llamaba cultura, así que apunté en la agenda: “Llegar a los ochenta años sin rencor, o disimularlo tan bien que no impida querer”. Vino la camarera a dejarles la cuenta y ellos le contaron historias malvadas de sus nietos; esa maldad tan de abuelo que mezcla la queja y el orgullo, como diciendo: “Mira qué hijo de puta me salió, igualito que todos nosotros”.

Llegó la comida y cuando llamé para que me trajesen otra botella de agua los observé de nuevo, sorprendido: pensé que se habían marchado, porque habían pagado hacía tiempo. Llevaban en silencio al menos diez minutos y cada uno miraba al frente. No pasaba un alma por la calle. Eran ya las cuatro de la tarde y hacía calor. Aquel matrimonio concentrado en algún punto invisible del camino parecía ahora diez años mayor. Cuando aparté la vista, escuché la voz de él:

-¿Cuántas cosas no me habrás contado?

Y la explosión de risa de la mujer, muy capaz ella sola de salvar el mundo.