Mundial (II)

La mayor innovación del Mundial no son las vuvuzelas de Jericó ni la afición que China le alquiló a Corea del Norte, en un you’ll never walk alone de prestado que en el himno al Querido Líder se dedicó a memorizar los números de los jugadores, sino la oportunidad que la FIFA brinda a un aficionado a bajar al vestuario de su selección a ponerlos a todos a caer de un burro. Es el sueño de cualquiera, sólo superado por entrar con bayoneta en la caseta del árbitro. Inglaterra ha estrenado esto con resultados insólitos. Tras empatar contra los argelinos, se abrió la puerta del vestuario y apareció un gordo con una trompa como un piano aporreándose el pecho y cagándose en dios todo seguido. Tuvo que levantar uno la cabeza para darse cuenta de que no era Capello. De hecho, cuando entró Capello los jugadores le pidieron al borracho que se quedase. “El empate ha sido lamentable, no ha sido suficiente”, les dijo a los jugadores, que asintieron avergonzados con la toalla en la cintura. Una vez desahogado este señor, la Policía lo escoltó hacia fuera con la misma alegría que lo escoltó hacia dentro. La FIFA lo que quiere es acercar las estrellas al aficionado, algo que se veía venir desde que las giras por los estadios acaban en los jacuzzis de los cracks. No se sabe si la fórmula cundirá en otras selecciones. De momento, a un hincha francés que le había tocado la rifa y bajó corriendo a montar la de Puerto Hurraco le frenaron en la puerta del vestuario explicándole que dentro ya se encontraba Nicolás Anelka.