Un robo

El océano vomita cadáveres e historias: los cuerpos emergen al cabo de nueve días y las historias se van hundiendo dentro de uno al pisar tierra. La función no acabó cuando lo gritó Benito Soto en una plaza de Cádiz al ser ahorcado, porque de hecho el propio verdugo tuvo que cavar tierra para que dejase de agonizar, pues le habían dejado una cuerda demasiado larga. El mar es monótono y produce locura. Hace cuatro años un marinero gallego empezó a correr por cubierta gritando “¡Mar, mar!” y se tiró al agua. Los albatros se echaron sobre él arrancándole los ojos y desfigurándole la cara, y sus compañeros pudieron subirlo al cabo de dos horas para meterlo en el congelador y seguir la campaña. Es explicable que estas historias le acompañen a uno el resto de la vida bajo secreto de confesión porque cuando uno habla del horror corre el riesgo de escucharse. Claro que hay cosas más inquietantes. Cuando murió un marinero marroquí en Bélgica subió la familia a buscarlo sin saber la de papeles que hay que hacer para desplazar cadáveres de un país a otro. No hubo más remedio que comprar un arcón, llenarlo de hielo, meter al buen hombre y cruzar Europa con el muerto al maletero. Claro que ni así pudieron darle descanso: pararon a comer en un pueblito andaluz y al volver se encontraron con que les habían desvalijado el coche.