Un parchís color pistacho
Yo empecé a ganar el Nadal porque me pareció un premio a mi altura, y siempre tuve la sensación de que se fallaba la noche en que se entregaba (como muy temprano algunas noches antes), no en el momento en que el editor le pide al autor que le eche unos párrafos al cheque.






VENGANZA. Muchacho inocente aún no cumplidos los catorce años que los hacía en octubre y estábamos en agosto repartía telegramas en el pueblo porque a la escuela ya no podría ir en septiembre y mi padre me consiguió esa ocupación en telégrafos que era un chollo por las propinas que me daban y hacían de mí un potentado en la panda y la ocasión de llegar a ser más adelante un manejador del teletipo y del morse que todavía se usaba. Tuve a media mañana que oí dar las campanadas de las diez desde la torre de la catedral que llevarle uno al registrador de la propiedad; entré en su oficina modosito y tras un saludo educadísimo a la señorita que allí trabajaba de secretaria sin más abrí la puerta del despacho del titular del registro según ponía en una chapita dorada y me colé dentro exhibiendo el telegrama en la mano. Buenos… dije y días iba a decir pero no pude acabar porque el registrador sentado flaco y encorvado tras una mesa imponente y sin levantar la vista de lo que leía me espetó con displicencia salga y cierre la puerta y toque en ella y cuando le dé permiso para entrar la abre y entra. Y salí ardiéndome la cara de humillación y vergüenza pues la secretaria al comprender lo sucedido me miró con lástima altanera y lejana y toqué a la puerta y oí adelante y entré y le di el telegrama al canalla. Firmó el recibo y doblado lo cortó con un cuchillejo de abrir cartas y me lo alargó todo sin alzar la mirada. Con la cabeza gacha salí de aquel maldito registro de la propiedad y ojalá los quemen todos me decía con espasmos de pecho y los ojos llenos de lágrimas; y a poco nos fuimos con mi padre trasladado a otro Puesto yo creyendo que me iba para siempre pero no hace mucho he vuelto únicamente por ver a una hermana que se casó con uno del pueblo y vive allí desde entonces. Y tras tantos años me he encontrado al antiguo registrador ahora un solitario viejo decrépito paseando y qué pena lo hacía sin su secretaria distante a la de los plátanos de sombra que bordean el espolón también sobre las diez de la mañana y justo al cruzarme con él lo he escupido con ganas. Y sí que me ha mirado con alelado estupor: el hijo de la grandísima puta seguro que no ha conseguido reconocerme por más que lo intentaba al tiempo que extendía en vez de recogerlo con el dorso de una mano trémula el salivazo por su rostro demudado.
Escrito el 23.05.10 a las 9:03