Colores
Mientras veía el partido del Pontevedra me di cuenta de que, en el caso de que hubiese un gol, podría abrazarme a quien quisiera. Yo suelo ver los partidos trascendentales del Madrid en un bar rodeado de pretorianos, como los antiguos jefes de la tribu, protegido hasta por los brujos, pues tengo la lengua fácil y me puede la provocación, que si bien por escrito queda muy cool ya con el vino es otra cosa y te parten la cara a poco que la pongas. A veces, por entretenerme, me escapo a bares desconocidos de la misma manera que el Rey burla a los guardaespaldas y se sube a la moto escondido bajo el casco. Pero una vez en territorio inexplorado tengo que esperar unos segundos para ver quién salta y quién no si marca el Madrid, y echarme a sus brazos como si no hubiese un mañana. Yo soy mucho de andar por bares abrazándome a los desconocidos, y si mi equipo marca ni te cuento. Luego regreso a mi odio mezquino y mi pequeñez moral, mordiéndome con pasión las uñas mal cortadas y roñosas, casi trastornado mirando la televisión. Sin embargo viendo el partido del Pontevedra me di cuenta de la oportunidad que se me brindaba por la reconciliación nacional, a mí, que soy fan del Pontevedra en las eliminatorias del ascenso, y bien orgulloso que pregunto en alto, apretándome un gin tonic y mirando al tendido: «A ver, ¿de qué color son los nuestros?».







A mí se me ocurrió decir en el bar de abajo, hace ya tiempo, que no me importaban ni el Sporting ni el Oviedo. Las miradas fueron tan terribles que no volví a repetir nada parecido.
No era odio ni desprecio; más bien parecía que los parroquianos estuvieran a punto de llamar a los men in black, convencidos de hallarse en el trance definitivo del primer encuentro en la tercera fase genuinamente asturiano.
Todavía hay alguno que cuando se comenta el último partido azul me mira de reojo, como esperando verme coger la cerveza con los tentáculos o que se me escape un parpadeo delator, nictitante y horizontal.
Escrito el 18.05.10 a las 10:03