Morir en Caneliñas
Así que una noche de verano de principios de siglo saqué de una discoteca de la mano (como yo hacía las cosas entonces, un poco en la escuela de ligoteo Chiquilín) a una niña ourensana, que Sanxenxo está lleno de ellas, rubita y de ojos azules, que era el catálogo con el que yo trabajaba en mis veintipocos. Nos dejó un taxi en Portonovo, y subimos la cuesta de Caneliñas enamoriscados y mordiéndonos las orejas como perritos juguetones.






Para media playa debía de estar muerto, como si me hubiese arrojado allí el mar: uno que intentó entrar en Europa por Caneliñas con una chupa de Adolfo Domínguez; éste sí que fue original.
Sé que está mal visto llegar y gritar olé al torero. Qué hostias, me la pela. Ocho de cada diez (como los dentistas) consigues que me ría a carcajadas.
Escrito el 4.04.10 a las 14:18