Licor café
Uno de los grupos más inteligentes que hay en Facebook es uno que anuncia que el licor café es un invento gallego para exterminar al resto de la península. Probablemente sea verdad, pero antes de empezar a exterminar fuera va a acabar primero con nosotros. En Galicia donde quiera que uno vaya termina siempre entregado al rito: se levanta a pagar y aparece un camarero con la botella al berro de “aquí no se mueve ni Dios”. Tras cabecear compungido y acuclillarte junto a la mesa con las manos en la cabeza murmurando: “Qué será de mí, qué será de mí”, tú dices que vale, pero que “sólo uno”, y que esta vez “de verdad”: frases todas ellas que a mí, en cierto modo, me han ido destrozando la vida. Para quien no lo conozca, el licor café en cantidades industriales le deja a uno la cabeza en blanco, cuando no del revés, mientras el cuerpo entra y sale de los bares a tontas y a locas. Sálvense ustedes si pueden. El último chupito de licor café que yo bebí de un trago a las siete de la tarde me dejó saliendo de un after a las nueve de la mañana al borde de la inconsciencia y agarrado a una mujer a la que le decía que yo tenía una familia y que no debería estar yéndome con ella a ninguna parte. Fue quizás la mayor escena triunfal de mi vida, porque aquella chica resultó ser mi mujer, que se pasó el camino a casa tratando de asimilar que su marido no sólo se disponía a ponerle los cuernos delante de ella, sino con ella misma.






Pues yo, siendo joven y gallardo latin lover, más o menos como ahora pero con los ojos azules, para impresionar y sorprender a la que después fue mi mujer, joven francesa enamorada del atrevimiento español, escalé, borracho empedernido de licor café y de café irlandés, la fachada del Hotel-Balneario de Mondariz, para introducirme en su habitación, claro, a las cinco de la mañana de un mes de julio de 1976. Me metí en su cama y desperté abrazado a mi suegra.
Escrito el 13.04.10 a las 3:36