CR9

En los últimos tiempos observo con cierto alarmismo que a la gente con la que no tengo confianza le hablo con las piernas abiertas como Cristiano Ronaldo antes de tirar una falta. Lo supe este viernes cuando alguien requirió mi atención: me levanté de la mesa y me planté delante de él tan abrumado y de una guisa tal que acabó llamándome la atención un camarero. Esto puede ser debido a que cada vez me incomoda más el trato con la gente, con la que a duras penas me comunico si no tengo encima dos vinos, y lo resuelvo de manera instintiva apelando a pasiones irracionales. Mejor eso que apoyar la mano en una mejilla de la cara, que fue lo que hice un tiempo tras una sobredosis de Antonio Recio, el protagonista de La que se avecina. Este nerviosismo que me produce el contacto con la gente, tan acostumbrado estoy a escribirme incluso con la compañera de trabajo que tengo enfrente, a la que prefiero enviarle un correo antes de decirle nada, va a acabar jugándome una mala pasada. Ayer mismo, por ejemplo, un señor al que apenas trataba hizo un chiste que no entendí y que me dejaba en una situación muy violenta, así que automáticamente di tres pasos atrás y miré al árbitro. Claro que lo que hizo este hombre tampoco fue muy normal, porque se puso a toda prisa a ordenar la barrera cuando era evidente que en mi ánimo el balón era él.