Toledo en el entierro de un obrero cubano
Las dictaduras siempre se han sostenido en el exterior por un oscuro ejército compuesto por mercenarios del pensamiento, hijos de puta genéticos y la profundísima acción erosiva de los tontos. De los últimos los hay irremediables, producto de la naturaleza, como las tempestades, y los hay de conciencia, como los presos. A éstos pertenece el actor Guillermo Toledo, un antólogo de la vacuidad que acaba de decir, en recta voz, que Orlando Zapata Tamayo, muerto en las cárceles cubanas a causa de una huelga de hambre, «no era más que un delincuente común», y que la mayoría de los disidentes allí encerrados son unos «terroristas».
Se necesita en España alguien que le diga cuanto antes a Guillermo Toledo que él nunca será un revolucionario, porque ya no está en la edad y porque normalmente una Revolución se alza contra el poder establecido, y que ese poder establecido no es la democracia norteamericana, salvo que uno confunda a estas alturas el mundo con un tablero del Risk, sino el régimen que a lo largo de cincuenta años ha fusilado ciudadanos, perseguido a homosexuales y encerrado a los que se atrevieron a pensar diferente. Entre ellos un albañil que acaba de morir tras una huelga de hambre de 86 días, que si le quitas el bocadillo de media tarde a Toledo te monta en un cuarto de hora una guerra civil.
En otro tiempo en Cuba a un tonto como éste lo hubieran fusilado por inútil y su muerte sería disfrazada con un delito de conspiración (y aún en el paredón aplaudiría, apelmazado por la ortodoxia). Pero el problema no son tanto estos ‘toledos’ voceadores de los que realmente piensan como él y callan por su interés, como la sumisión al lenguaje gallifante de una dictadura en la que a los presos políticos se les despacha apelando a la alta traición a la sagrada patria: esa perversión, digo, casi freudiana viniendo precisamente de los odiadores oficiales de un régimen que gobernó este país entre crímenes, propaganda y mentiras. ¿Por qué si no ciertos tontos uniformes tienen la convicción esotérica de que los disidentes cubanos, de los que por no saber no saben ni los nombres, son «terroristas» al servicio de la CIA, y si tienen que definir a los que salen en los periódicos detenidos, acusados y condenados por matar a más de mil personas, con pruebas documentales tan gloriosas como esas piezas jabonosas en que se convierten los cadáveres cuando les revienta bajo el asiento una bomba, les cuesta más arrancarles esa palabra que una subvención?
Si alguien todavía no sabe quién es Orlando Zapata Tamayo debería prestar atención al excepcional texto que Ernesto Hernández Busto publicó el pasado viernes en El País. Lean su historia, pasen los párrafos con el dedo y adviertan de qué lado acabará colocando el tiempo a los que un día levantaron la voz, empachados de un izquierdismo high-class que despacha al fontanero encerrado siete años por «desacato y desobediencia» aludiendo a un arma blanca con la que supuestamente paseaba a los veinte años (pero al Torete bien que se le echan palmas): en el vertedero de la Historia, amontonados entre tantos lacayos de los que se sirvió el poder para ejercer de tontos oficiales, como aquellos camisas azules que por el mundo andaban disculpando a Franco.

A los guillermitos de este mundo lo que mas les mola es ir dando lecciones de moral con la camisa parda o la chaqueta de cuero de chekista. Y encima exigen que los subvencionemos…