La Copa de Europa

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y Paquito Llorente corriendo la banda del Bernabéu con el brazo en cabestrillo una noche europea. “¡Bastante está haciendo Paco con mantenerse en pie!”, gritaban en la radio mientras Llorente armaba el contragolpe dando tumbos sin saber si su siguiente paso sería el último y si a Paquito (“¡el sobrino de Gento, el yerno de Grosso!”) el brazo se lo iban a acabar devorando los ultrasur.






¡Qué recuerdos, Manuel! Paquito Llorente reventando al Oporto cuando el Madrid todavía era el Madrí, aunque ya le faltaba poco para dejar de serlo.
Yo nunca he tenido bufandas firmadas ni altarcillos al lado de la tele, ni he llorado después de una derrota, pero alguna noche apenas he cenado (no la de este miércoles, llega una edad en la que por reincidencia o por puro desgaste neuronal estas cosas te hacen menos mella).
Muchas veces dudo si el mundo no es un invento de mi imaginación, pero jamás he dudado de la realidad del Madrid. Y en esa realidad, la Copauropa es el primer, y único, motor inmóvil.
Escrito el 14.03.10 a las 9:30