Don Juan

Gonzalo Torrente Ballester quiso a Don Juan más que a los otros porque cogió polvo en los mostradores de las librerías como la carta aquella con la que Poe fundó la novela negra: tan visible era que desaparecía a la vista. Torrente, que contaba que Franco había hecho la Guerra Civil para poder entrar en su ciudad como almirante porque era lo máximo a lo que podía aspirar un ferrolano, compuso un héroe empeñado en la tarea titánica de oponerse a Dios. Afiló el instrumental de una ironía redonda, gallega en el sentido exquisitamente más peyorativo (la socarronería brutal, de voz baja e inteligencia fina y demoledora), y se puso a escribir una novela mayor arriando con ella la bandera de un mito español. Presentó a un burlador emparedado por la lealtad familiar a los muertos y el servicio a sí mismo y su condena de expatriado, y se concedió una docena de escenas pletóricas. En una de ellas, Don Juan regresa de su largo exilio a Sevilla y se encuentra en casa a su esposa enamorada que lo espera fiel y devota, pero que pasado el tiempo ya no lo reconoce. Sin darle respiro a su pasión irrenunciable, el Tenorio consigue llevársela a la cama con artes endiabladas para pasmo de los hombres que quieren juzgarlo en un tribunal improvisado. «¡Vean», exclama el Comendador asesinado, «a qué extremos llega este hombre, que se está poniendo los cuernos a sí mismo!».