A Cristo le vas a venir tú a vender clavos

El País anunció ayer en su digital, a primera hora de la mañana, una noticia inquietante: un chat con Javier Marías. Imaginarse a Javier Marías delante de un ordenador es desasosegante, pero llevar eso al extremo de que el escritor ande por la red, aunque esté perfectamente localizado, ya me parece una exageración. Marías entró en internet por primera vez hace dos años y aprovechó entonces para hacer turismo en su página web una década después de  haberse puesto en marcha. No sabemos si buscó «la tecla del Google», como un señor que se sentó un día a mi lado en un ciber, o descolgó el teléfono para preguntarle a alguien, como la compañera de trabajo de un amigo, «si lo tenía instalado». El caso es que Marías decidió aquella vez, ya que estaba, entrar  en todo cuanto putiferio hay en internet y salió pitando a escribir un artículo, y yo hubiera hecho lo mismo: fue como descolgar de un helicóptero a Adán en los montes trasantárticos.

A mí lo de este chat me hizo recordar a un familiar el día en que su nieto le apareció en casa con un router diciéndole que a partir de ahora se pondrían en contacto por skype, y de la conmoción el viejo no le soltó una mano de hostias de milagro. Hace unos meses quiso comprar algo, no me pregunten qué, y el nieto le dijo que podrían hacerlo a través de la red. Hecha la compra, volvió a su vida y el abuelo se sentó, literalmente, en la puerta de casa a empezar la vigilia. Como quiera que el envío se retrasó a causa de un problema con Correos, el chico se encontró un día en la cuenta de Yahoo que le abrió a su abuelo un email enviado a una dirección indescifrable: «¡Qué me estáis robando los de Internet!».

Lo que ocurrió fue que este familiar se convenció de que les había «puesto las pilas» cuando por fin llegó un paquete con su pedido, pero el router desapareció de casa con ese misterio con el que desaparecen las cosas y nadie, por superstición, se atreve a preguntar por ellas. Eso sí: una tarde llamó al buen señor una operadora de Movistar para venderle «un combo», y cuando le explicaron en qué consistía dijo entre suspiros, antes de colgarle sin esperar respuesta: «A Cristo le vas a venir tú a vender clavos».