Un despido procedente

A ver cómo cuento esto sin que se me caiga el alma a los pies. El periódico llevaba un siglo en la calle Vázquez Lescaille, y aquello se nos iba cayendo a pedazos, así que cuando el Grupo El Progreso compró Diario de Pontevedra nos fuimos para Lepanto al año siguiente. Ocupamos todo bastante alborotadamente, porque éramos una redacción joven, y pronto tuvimos delante unos Macintosh con cuenta de correo y unas direcciones personalizadas muy cucas. Yo aprovechaba esto para enviarle de vez en cuando a un compañero mis comentarios agudísimos sobre las más variopintas causas sexuales y drogadictas en las que yo militaba entonces.

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