Sólo es nuestro lo que perdimos
En la fotografía Roger Federer llora dirigiendo la mirada al trofeo que acaba de perder. Parece incluso sorberse los mocos. Es una imagen que agota los adjetivos. Es una lección inmensa, probablemente la mayor que haya dado un campeón. Australia 2009. Roger tiene en la muñeca un reloj de su patrocinador que se ha puesto al acabar el partido. Ha cumplido el contrato y creer haber cumplido una época. Toda esas lágrimas las tragó un año antes, en Londres. Allí Federer defendió la corona en la superficie que le ha dado gloria y honor, y Nadal la asaltó con la violencia con la que los ejércitos jóvenes bajan un imperio. No fue un partido, fue Ana Karenina. El campeón defendió a trastazos su brizna de leyenda en el pasto donde la crió y le dio forma y el aspirante exhibió la fortaleza moral de una apisonadora que avanza con la seguridad de un panzer. Llovió y se hizo de noche, y desde que los dos salieron a la pista hasta que acabaron pasaron siete horas, cinco sets y dos tie-breaks. El primer punto de partido de Nadal lo resolvió Federer entre tinieblas restando a la línea. Así se va gestando uno la fama. En Australia volvieron a encontrarse en el quinto set y Nadal pasó por encima sin muchas consideraciones. Lo peor del hambre es que uno delante de la mesa pierde las formas. Y al acabar el partido, Roger, con el reloj en la muñeca, hizo algo asombroso: empezó a llorar sin consuelo. Fue la mejor noticia del partido; fue una noticia extraordinaria. En ese momento de su vida Roger hubiera cambiado las riquezas del mundo por un set que lo devolviese a la cima, en la que ya no estaba. Borges escribió: «Sólo es nuestro lo que perdimos (…) Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos». Roger lloró como habría llorado hace veinte años en alguno de esos torneos alevines de Basilea. Probablemente hay alguna foto de él con las manos en jarra, la cara encharcada en lágrimas y la mirada perdida en la copa que levanta el rival. En su tránsito hacia la leyenda, no se sabe cómo, Roger mantuvo intacto al niño que cogió la primera raqueta. De esa imagen a la de 2009 sólo le separa un reloj. Hace dos semanas aterrizó en Australia, un año después, y arrasó el Grand Slam con la voracidad de una bestia.

Las lamentables imágenes de los pucheritos de Roger Federer –de quien sólo me rebajo a alabar la elegancia en el vestuario y en el revés a una mano sin embargo de consignar lo julandrón que resulta el escorcito de la pierna libre cual patinador menstrual–, sollozando como maricona esguízara lo que no supo defender como onvre, también me movieron a honda reflexión. En esta hora lúgubre, cuando recién me entero con el retraso que me honra de la detención hace un año del caníbal alemán que escribió que el paisaje de Yecla es ‘diabólico, de pesadilla’, podría no resultar intempestivo participárosla.
Recuerdo el debate a cuento de otras llantinas televisadas, en concreto, la de Cigano Ronaldo en la final de aquella Champions inglesa, que suscitó el desprecio unánime de quienes meamos como los de Calasparra, con las patas abiertas y los brazos en jarras. Bien. Ojo. Cuidao. Mi tesis: que llorar es lícito.
Pero eso sí, un llanto adusto y viril. Yo, que fui a colegio de pago y con cuatro años ya leía a Huizinga en un descampado de Fuencarral entre jeringas y retazos del Lib, sé gracias a El Otoño de la Edad Media que los varones y prohombres de antaño, a la mínima ocasión emotiva, rompían a llorar sin pudor ni deshonra ni menoscabo de sus 37 cms de minga garrapiñada de sanguijuelas y garrapatas.
Porque vamos a ver, y que me corrija Mercutio, ¿acaso no lloró Ulises Stielike cuando en semis del M82 estrelló aquel penalti contra la sien de un gorrilla yonki de Dos Hermanas que dormitaba sobre el capó de un Fura estacionado en las inmediaciones del S. Pizjuán? ¿Acaso no lloramos los españoles guapos cuando en un libro de auto-ayuda gozosos nos topamos con las palabras ‘Blas de Lezo’, ‘Wad-Ras’, ‘Serbian sniper’, ‘tranny’, o cuando, mutatis mutandis, el titular de la casa insiste en repudiar el regazo remansado de su legítima patria para rebañar el ojete del Maligno?
Pues claro que lloramos, co-jo-nes; prestas afluyen las lágrimas a nuestras cuencas. Pero, insisto, ¡sin hipidos ni sofocos! Una sobria y castellana eyaculación lacrimal, no el lamentable squirt lusitano de la final de la Champion’s ni la sofoquina repija del helvecio.
Porque lo que es bochornoso y repugnante y metrosexual demierda es el pataleo. Si éste encima se comete tumbado boca abajo entre espasmos en mitad de un pasto soviético, vestido de payaso (Man Utd.), con las manos en la cara y lefo seco en el flequillo, ya es para invadir la Madeira ésa y violar a sus ancianas y despeñar a los tullidos y sembrar de sal los campos.
(Por cierto que la chanchita que le administra los caudales al suizo me viene pareciendo más espermable de lo que solía. Aunque esos mofletes siguen recordándome, facial mediante, a las bambas de nata que me compraba para merendar mi madrina en el Viena Capellanes de Génova, antes de romperse España, monte arriba cambio abierto soy del quinto regimiento etc)