Nunca positivo, siempre peyorativo
Como todos los pueblos atrasados y emigrantes, el gallego siempre ha sido un pueblo digno de peyorar, que es el arte de empeorar algo. Que esto haya sido cuna de caciques, prohombres y dictadores nunca ha sido fuente de progreso, sino de maldición. Felipe González le puso a su pueblo un tren de alta velocidad que en Galicia, donde siempre fue más fácil llegar a Montevideo que a Madrid, llevamos veinte años esperando; sin embargo Franco, que mandó un poco más que González y echó algo más de tiempo, se limitó aquí a vaciar los ríos de salmones y a okupar Meirás. La conmiseración con Galicia sobrevive en clichés y briznas maliciosas. El Manoliño y Pepiño de toda la vida que fuimos en la aldea, y que conservan las abuelas y los íntimos, bien para distinguirnos del padre, bien en señal de cariño y protección, se convierte fuera en una ridiculización cómplice: un subrayado de desprecio por el origen aldeano de la boina, la vieja acarreando paja en la cabeza y el niño llevando a las vacas de la cuerda, como si eso tuviese algún fondo de vergüenza. Entre cierta clase periodística no es inocente ensartarle el sufijo con saña infantil a Manuel Rivas, Suso de Toro o Pepe Blanco, porque para menospreciar a Rajoy, que es tan gallego como ellos, a nadie se le pasa por la cabeza llamarle Marianiño. Tampoco se encuentra uno en las tribunas de prensa un Amanciño Ortega, un Jacintiño Rey o un Manoliño Jove. Éstos deben de ser los gallegos que están aún sin peyorar; éstos se ve que saben cuándo subir y bajar las escaleras.
La fotografía de la historia de este pueblo la hizo hace años Manuel Ferrol con aquel padre sosteniendo la cabeza de su hijo en la Estación Marítima de A Coruña, y a ella aún permanecen amarrados unos pocos señoritos que lo primero que hicieron cuando supieron de la marea negra del Prestige fue empaquetar arroz y mandarlo por Seur para Muxía. Ser gallego, además de ser tonto hasta hace muy poco según la RAE (y la lengua no la inventan los académicos, sino que la recogen de la calle), siempre tuvo un componente de pocacosa y mociño de carga porque éste siempre fue un pueblo de pobres al que se le miraba el acento como si se le mirase la tasa de analfabetismo. El atraso sigue, como se puede comprobar por las caras de sus señorías cuando los diputados gallegos piden carreteras en el Congreso, y debe de ser un atraso considerable porque hace unos años el BNG llegó a pedir que nos pusiéramos en hora con Canarias. También se conservan arquetipos, como el gallego esquinado, desconfiado e indeciso. A ese cliché se agarró Rosa Díez frente a Gabilondo “en el sentido más peyorativo” para definir a Zapatero, que es leonés, cogiéndole el gusto a una expresión que ya había entrenado con Feijóo. Se entiende que en León no hay gente así, de la misma manera que la usura es cosa de judíos y catalanes, y rascarse la huevada a dos manos es patrimonio universal andaluz. El periodista dio por buena la respuesta con la misma euforia que pasó página cuando le preguntó a González si organizó los Gal y le faltó luego interesarse por sus bonsáis. Y así fue como el típico chascarrillo racista salió del bar y entró en directo a un plató de televisión por obra y gracia de la presidenta del quinto partido político más votado de España y uno de los primeros periodistas del país.
Rosa Díez está alarmada ahora por las consecuencias, pero más alarmado estoy yo, qué quieren que les diga, cuando enciendo una televisión y lo primero que me encuentro es a una diputada haciendo sonar el cencerro de la vaca. Habrá quien se sienta molesto y aún presuma de estar orgulloso de ser gallego, pero a mí el orgullo de la patria, en el que no tengo arte ni parte, porque me parieron aquí como bien pudo parirme una quechúa en las montañas de Bolivia, siempre consigue dejarme frío. Yo además de alarmado lo que estoy es un poco divertido, como cuando me enteré de que Jesús Vázquez le daba gracias a Dios cada mañana por haber logrado arrancarse el acento para triunfar en el mundo del espectáculo, que el día en que Almodóvar le ofrezca un papel de percebeiro aún nos vamos a echar unas risas. Y ando también algo asustado, la verdad, por la propia Rosa Díez, que si en lugar de ‘gallego’ dice ‘catalán’ la tenemos en las próximas elecciones presentándose a alguacil en el departamento de un pueblo de la Bretaña francesa. O sea que dentro de la tontería, aún fue lista de carallo.



Uuuuffff, qué sarta de topicazos ¡¡¡
Sólo faltaba lo de gallegos, gitanos, murcianos y otras gentes de mal vivir…