No hay nadie más que tú
Llevo un par de días colgado de Google por si aparece, como esos cadáveres violáceos que suben del fondo del océano pasados nueve días, el párrafo que encierra la melancolía heroica del nacionalismo. Vino a cuento de una historia que publicó El Mundo sobre Imanol, condenado a las galeras del exilio por cantarle al cadáver de Yoyes, aquella etarra que colgó el fusil cuyo recuerdo despertó asperezas en una película rodada hace diez años; yo la vi hace tiempo y recuerdo que Ana Torrent hizo un papel espléndido.
En ese reportaje se lee la voz del periodista, que es la voz en off del pueblo defendiéndose en caliente: «Le decían que no era vasco. A él, cuyo padre esquivó las bombas en Gernika. A él, que pasó seis meses de cárcel por militar en ETA. A él, al que no permitían hablar castellano en casa. A él, que fue la voz que puso letra a Euskadi durante años». ¡Si será vasco Imanol!
El problema de darle grados a la patria es que uno siempre acaba parodiándose. Se empieza sacando sin sentido un raro pedigrí de la familia y se acaba agitando en el aire el carnet de ETA como baza final con la que desmontar argumentos contrarios terribles.
Los gallegos, como los vascos y los catalanes, siempre hemos estado bajo gradación. Se nos mide como al whisky. Hay quien te mira fuera preguntándose si no serás demasiado gallego y quien te observa dentro preguntándose si no serás demasiado español; y viceversa. Cómo lo miden a mí eso me resulta imposible imaginarlo, pero yo lo noto porque no se puede ser al mismo tiempo gallego, español y tonto, no al menos todo junto. De vez en cuando esa presión se hace carne en las encuestadoras telefónicas que cada seis meses te preguntan si tú eres más gallego que español o más español que gallego.
Camba, al que también atormentaban con dudas metafísicas, respondió una vez que él era un hombre nervioso.
La frase sobre Imanol, ¡que pasó seis meses de cárcel por militar en ETA!, se incrusta en el prolongado esfuerzo de melancolía de los pueblos y sus leyendas, entre las que dentro de cien años estarán los terroristas junto a tantos otros mitos desvirtuados por la Historia. Quizás, mirándolo con cierta desolación, sea una frase desafortunada por una razón más inquietante que la de la traición sentimental del subconsciente. Quizás, digo, sólo se ha escrito un siglo antes del que debiera. Cuando acabe el pudor, unos seguirán llorando a sus muertos y otros andarán por ahí celebrando a sus héroes en los periódicos.
Yo creo que el ‘ellos y nosotros’ sobre el que el nacionalismo vasco fortificó su plaza y condenó a los infieles ha sido siempre el hilo argumental del que ETA ha tirado para trazar la línea imaginaria que separa no al buen vasco de quien no lo es, sino al que lo es del que no tiene la suerte de serlo. Se sustituyó la geografía y el sentido común por un concurso de méritos, me parece a mí, dirigido por unos encapuchados que acabaron como se les veía a leguas que iban a acabar: vendiendo cocaína y abriéndose perfiles en Facebook.







Esas patrias me quedan grandes, me vienen rígidas y me tiran un poco de aquí, todo a la vez. Yo he sido de la calle Avilés veintidós, un rato de Torrecedeira cien (fue breve, pero Vigo imprime carácter, modela el alma y tatúa el acento), de la avenida de Nazaret tres, de la calle de la Luna dos, ahí es nada, de Sombrerería diez, de fray Ceferino treintainueve. Me siento muy madrileño y me quiero berlinés, aunque ese es un amor que sé imposible: tendría que haber ido con veinte años, y con veinte años era un pardillo que no hubiera visto Berlín ni en medio de Prenzlberg.
La última llamada patriótica que sentí fue la de Manhattan; era la buena, aunque claro, a estas alturas. En Manhattan sí que puede uno sentirse gallego a gusto.
Cuando muera y negocie los términos de mi eternidad con quien lleve el asunto -será San Isidoro, supongo, teólogo y patrón de los topógrafos- me montaré una patria molowny, en la que al salir de casa giraré a la izquierda y luego a la derecha para desayunar en el Esma leyendo el As junto a la ventana, mientras la morería anda a lo suyo por la plaza de Lavapiés. Subiré hasta Peniche para ver entrar en la ría un portaaviones americano, luego daré un paseo por el muro de San Lorenzo hasta que empiece a llover. Quedaré con Brema, Follandeiro y M. en La Perla, que queda entre Mercer St. y la calle Uría y siempre tiene el mismo vino de mierda en los mismos pellejos de mierda, pon otra botella. Cerraremos el Razzia in Budapest, M. nos leerá su columna de mañana, Follan arramblará con las cuatro parroquianas que queden y Brema y yo nos preguntaremos cómo cojones nos vamos a meter todos en la puta buhardilla. Eso, los días malos.
Puestos a ser nacionalistas, hay que hacer las cosas bien.
Escrito el 11.02.10 a las 10:43