Antigalego
Antes de que una bomba estallara a la puerta de su casa, a Roberto Blanco Valdés le habían escrito “antigalego” en sus muros. Blanco Valdés también escribe, así que alguien, después de darle muchas vueltas, encontró la manera adecuada de comunicarse con él. Yo siempre digo que cuando no pueda escribir en los periódicos voy a escribir en las paredes. Lo que ocurre es que a Blanco Valdés su periódico le paga porque él escriba, así que lo lógico hubiera sido que el autor de “antigalego” fuese a final de mes a llamar a casa del catedrático a preguntar qué hay de lo suyo. El negocio funciona así, no es que esto sean cosas mías. Para escribir “antigalego” ha tenido uno que pasar frío, comprar spray y consumir tiempo pensando, que una ocurrencia así no es algo que llegue de la noche a la mañana. Hay detrás una semántica. Y una investigación: ser antigallego no es fácil. Siempre hemos sido un pueblo echado a la compasión de los demás. “Apadrínennos”, gritaba Carlos Blanco en el Prestige. No se encuentra uno a un antigallego ahí fuera, donde te agarran de las mejillas y te dicen: “Ay el galleguiño, qué simpatiquiño”. Quizás por eso los aprendices fascistas, sabiendo que aquello era un scoop y la palabra iba con la ortografía correcta, reclamaron la soldada con una bomba, que es un lenguaje más propio en tanto no hay que andarse con palabras y si acaso, algún día, todo lo más te manchas la camisa.
Si señor: ¡La retranca como instrumento contra la barbarie!.
Brillante señor Jabois, un artículo sobresaliente!!
Un saludo desde el ‘exilio’.
K.