Para el hombre no hay mejor cosa que una conquista
«Amiga mía, ojalá yo me hubiera comido todo lo que me atribuyen», le soltó El Fary a la periodista Cristina Fallarás en el centro de la plaza de toros de Las Ventas. Mi amigo Vi Tin citó una vez, para hablar de sus grandes conquistas, al mismísimo Rambo: «Yo me he comido cosas que harían vomitar a una cabra».
A Warren Beatty le ha calculado un biógrafo suyo 12.775 amantes. Si Beatty hubiera engendrado un hijo con cada mujer con la que ha estado podría haber fundado un pueblo y ponerlo a funcionar como si nada. O mejor aún: teniendo en cuenta que se ha acostado con todas las actrices cachondas de Hollywood de los últimos setenta años, podría haber refundado la meca del cine a su imagen y semejanza. Las cuentas son imparables. Desde que perdió la virginidad a los 20 años, Beatty ha estado con 0,67 mujeres al día, y eso dando por hecho de que su matrimonio con Anette Bening, con la que está casado desde 1992, es, cuando menos, laxo. Le sale a dos mujeres cada tres días, aunque pudo haber noches desenfrenadas en las que pasase por la cama a decenas, más que nada para adelantar chollo. Hace poco, en un reportaje que le hice a una pareja swinger, el marido de ella me confesó que su mujer había llegado a estar en un día con 135 hombres. Si Beatty hizo algo parecido pudo permitirse al menos unos meses de vacaciones en los que aprovechar para rodar una película, tomar el sol, salir con los amigos y no ligar como Dios manda.
La cifra estremece un poco, como todo lo que tiene que ver con el sexo masivo, pero sería bueno advertir que detrás del número hay un libro que se pretende vender. Siempre será mejor contar los polvos de uno o del otro de manera exagerada (que es lo que hemos hecho todos a lo largo de la vida) que meterse en un programa de la Milá a pegar voces. Este libro sobre Beatty lo escribe Peter Biskind, que ha dicho que en sus cuentas particulares no se incluyen «polvos rápidos». Yo de lo que quería escribir era de esto. Sobre lo que entiende Biskind por polvo rápido, y como hizo para separarlo de la paja, si es que Beatty alguna vez se echó solo la mano a la pistola. Y cuánto tiempo entonces dedicó el actor a cada mujer para que su encuentro no fuese un polvo rápido sino un polvo del montón de toda la vida, con su prefacio y todo. Si alguna vez pagó, porque a veces se paga por placer, como una continuación exaltada del orgasmo. Y si llegó a hacer como dijo un bailarín y coreógrafo que estuvo estos días en Madrid, y al que preguntó El País Semanal a qué dedicaba el tiempo tras echar un polvo: «A decidir si le doy más pienso al ganado y pensar si se lo voy a decir a mi mujer».
En ese ruedo de arena de Las Ventas, una tarde de finales de julio, entre cagarrones vacunos y con la camisa empapada, El Fary, subido a unos tacones, le dijo a la Fallarás: «Amiga Cristina, para el hombre no hay mejor cosa que una conquista».

Si el Woody Allen quería reencarnarse en las yemas de los dedos de Beatty, yo me pido la raya del Fary. Mientras Beatty es Superman, Fary es Batman: uno de los nuestros.