Ian Gibson
Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
Ya no me encontraron.
¿No me encontraron?
No. No me encontraron.
Federico García Lorca ya lleva muerto el doble de tiempo del que vivió. En esos años Gibson emparentó con él, le quitó el último resto de carne al hueso y cultivó un trabajo consagrado a la más minuciosa de las verdades: la vida y la muerte de un hombre. Es bueno recordar ahora, tiempo de látigos y risotadas, que el primero en desenterrar a Lorca fue Ian Gibson. El primero en recoger sus pedazos y componer con ellos algo aproximado a la verdad fue Gibson. El primero en visitar la tierra que supuestamente cubrió a Lorca fue Gibson, que se hizo acompañar del enterrador que le señaló «aquí fue» treinta años después del crimen. Como no ha aparecido nada bajo la X del mapa (“No me encontraron”), y fusilado sin remedio el poeta, se ha aprovechado para fusilar al biógrafo. De lo que se trata es de seguir abriendo cunetas: los pueblos pequeños exigen grandes cadáveres. Conocí a Gibson hace cinco años. Supe por él que era ornitólogo, algo que me pareció imprescindible para llegar hasta el final de la poesía de Lorca. Después de presentar una conferencia suya sobre sobre Dalí nos fuimos a cenar a Román y allí Gibson dedicó la velada a chupar ruidosamente percebes, a los que violentó a tal velocidad que por un momento pensé que al final de la fuente esperaba encontrarse con los huesos del poeta. «No se confundan conmigo», dijo balanceando el vino: «Yo soy irlandés, no inglés. Una persona normal». ¡El gran Gibson!







García Lorca está sobrevalorado; y no te digo ya Gibson.
Lo peor de que no le hayan encontrado es que seguirán dando el coñazo otros 50 años.
Escrito el 4.01.10 a las 12:51