Hablar con Meli
Tengo yo un amigo al que cuando le ocurría algo que juzgaba desagradable, pero no lo suficiente como para cortarse las venas o partirse la cara con cualquiera, llamaba corriendo a La Opinión para hablar con Meli. Es, de todas las costumbres extravagantes que uno ha tenido que escuchar en la vida, la más entrañable.
Hace un tiempo estábamos comiendo con él y su pareja en la tapería del Teucro, y algo en la calle nos perturbó lo suficiente como para que le dijese a su novia en un aparte:
-Recuérdame que por la tarde llame a Meli.
Lo escuché de refilón y le pregunté, bajando la voz, que a qué se estaba refiriendo. Me lo aclaró su novia:
-Es que cuando algo le molesta llama a la radio para hablar con Meli Fandiño.
-¿Y no puedes ir a una psicóloga? -le espeté medio trastornado, porque al fin y al cabo yo vivo de la psicología.
Reanudamos la comida en silencio, y como quiera que me pareció percibir cierta hostilidad hacia mí, me pregunté si aún no iba a salir yo también en su conversación de la tarde con Meli.
Tras los postres, con el licor café, me pareció conveniente reanudar aquel asunto. Me explicó entonces que de unos años a esta parte, esos problemas que mucha gente liquida con una carta al Diario o entrando en casa a gritos cagándose en el mundo y en quien lo inventó, como las deposiciones de los perros en la vía pública o encontrarse un botellón montado en tu portal, él los afrontaba llamando a La Opinión y denunciándolo en antena.
Lo había hecho ya unas cinco o seis veces, me contó. Esos enfados momentáneos que todos tenemos, él los rumiaba hasta poder hablar con Meli, y en aquella actitud civilizadora, pues al fin y al cabo lo único que pretendía era poner sobre la mesa hechos incontrovertibles que no debían volver a repetirse, adiviné no tanto un deseo de tocar las pelotas como de justicia infinita para un mundo mejor. He aquí un ciudadano ejemplar de la vieja estirpe, me dije.
A mí, por ejemplo, me ocurre desde hace unos días algo especialmente irritable, como son las llamadas de las compañías telefónicas a la hora reparadora de la siesta. Así que una noche le pregunté a este amigo:
-¿A ti no te llaman todos los mediodías de tu vida los de las compañías telefónicas a la mejor hora de la siesta?
Su rostro demudó en algo violeta y después de un silencio me contestó casi ahogado:
-Si a mí me hacen algo así me presento directamente en casa de Meli.
Hace unos meses Meli Fandiño tuvo que dejar de ocuparse de La Opinión, que se emite a las siete y cinco de la tarde en Radio Pontevedra, y su lugar fue ocupado por Manolo Fernández. Cuando lo supe, en lo primero que pensé fue en mi amigo, y a los pocos días lo abordé para preguntarle si aquel cambio había provocado alguna llamada suya a La Opinión para denunciarlo, porque mi amigo es muy ‘melifandiñista’.
Me contestó que en modo alguno porque «lo importante es que nos escuche el alcalde». Mi amigo centraliza en el alcalde los males cotidianos. No por asuntos partidistas, sino por pura proyección municipal. Es un punto de vista muy de las cartas al director, que es en lo que consisten las llamadas a La Opinión, pero con la ventaja de llamar uno en tarifa plana y ponerse de cháchara, porque a veces se empieza denunciando un bordillo de la acera y se acaba hablando del nieto, que es un camándula.
Yo la verdad es que nunca he llamado a La Opinión, porque soy de los que resuelven sus infiernos municipales con un silencio que a veces, sin yo darme cuenta, muta en depresión. Pero llevo oyendo de fondo el programa toda mi vida, y si algún día pierdo la memoria, su sintonía será lo último que me quede en la cabeza. En esto comparto euforia con mi amigo, que también es devoto de la musiquilla y que lleva un tiempo que no llama, acaso por conformismo. Lo que todavía no ha conseguido es variar la coletilla que suelta cuando alguien de confianza le hace una putada: «¡A Meli que vas!».







Joder, machiño; ser amigo tuyo tiene más riesgo que ser hijo de Funes. No se te puede contar nada.
Escrito el 20.01.10 a las 18:21