El asesinato de Alfredo Ramos

Treinta años de un crimen

Alfredo Ramos Vázquez tenía 52 años y había nacido en la parroquia de Borraxeiros (Agolada), en la provincia de Pontevedra. Estaba casado, tenía dos hijas y regentaba un bar en Barakaldo, el Stadium, desde los años sesenta. Su vida dio un brinco a finales de 1979, cuando la revista Interviú publicó un reportaje sobre la «ultraderecha vasca». En los años de plomo, cuando los cadáveres en el País Vasco se recogían y se enterraban en silencio, el impacto de este trabajo fue brutal. La revista entrevistó al ex policía Francisco Ros y éste citó bares que, según él, eran frecuentados por «elementos ultraderechistas». Puso varios nombres sobre la mesa. El bar Goikolate, La Viña, El Epi (“cuyo dueño es un confidente notable e íntimo amigo del comisario de Baracaldo”), la Tasca-6,  el Tres Rombos, el Stadium (“que tiene un dueño gallego que se divierte participando en enfrentamientos con abertzales”) o el Munich.

El 5 de enero, Jesús García, propietario del bar Yon Kola, que también aparecía citado en el reportaje de la revista, fue asesinado dentro de su establecimiento. Había escrito una carta a la desesperada a Interviú para negar que fuese un ultra y anunciar que tenía que cerrar su negocio e irse cuanto antes del País Vasco si no lo asesinaban antes. Tres días después del crimen, doscientos vecinos de Baracaldo enviaron una carta al periódico Hierro para estimar «inexacta y peligrosa» la información publicada en la revista Interviú. «Somos unos baracaldeses que solemos salir todos los días a tomar unos vinos. Uno de los lugares que incluimos en nuestra ronda es la cervecería Munich. De ahí nuestra sorpresa cuando hemos leído en la revista Interviú un artículo en el que se decía que este es un lugar ‘habitualmente frecuentado por fachas’».

Tras ver su nombre en la revista y saber del asesinato de Jesús García, Alfredo Ramos Vázquez pidió una entrevista con un periodista de La Gaceta del Norte. Se presentó en el diario acompañado de su mujer y sus dos hijas, y relató a lo largo de una hora todos los perjuicios que a él le habían provocado la aparición de su nombre en el reportaje de Interviú. Ramos explicó en ese periódico que antes de ser citado por la revista era un hombre «muy popular» en Barakaldo, pero que ahora se había quedado sin clientela. Contó además que había remitido una carta a Interviú desmintiendo todo lo que esta publicación decía sobre él, pero que no había sido publicada.

No se detuvo ahí Ramos Vázquez. En un último empeño por lavar su nombre, que había sido incluido en una diana en una tierra de pistolas y en un tiempo de silencio, envió el 8 de enero una carta a varios medios de comunicación vascos. En ella afirmaba que ni él ni su familia habían pertenecido nunca a ningún partido político, ni habían tomado parte en ninguna de las acciones y enfrentamientos a los que se refería la revista. «Se ha atentado contra mi dignidad personal, mi honradez y mi negocio, cuando soy en todo punto inocente de todo cuanto se me imputa», acababa.

«Vosotras estad tranquilas»

Pero su suerte estaba echada. El 19 de enero de 1980, un artefacto explosivo, reivindicado por los Grupos Armados Españoles (GAE), que habían prometido vengar la muerte de Jesús García, causó cuatro muertos y diez heridos en un bar frecuentado por nacionalistas vascos. Cuatro días después, el 23 de enero, Alfredo Ramos estaba sentado en el comedor de su bar con su mujer, mientras en la barra atendía una hija suya y una sobrina del matrimonio. Eran algo más de las dos y media de la tarde. En ese momento irrumpieron en el bar dos hombres encapuchados agitando sus pistolas. Llegaron hasta el comedor y obligaron al hostelero pontevedrés a levantarse e irse con ellos. Lo agarraron queriendo calmar a las tres mujeres («Vosotras estad tranquilas, que no os va a pasar nada»), y el hombre, llevado por los terroristas, empezó a gritar: «¡Ay, mi familia! ¡Ay, mi familia!». Su hija gritó también, y uno de los que se llevaban a su padre la amenazó con una pistola. En la puerta del bar esperaba un Chrysler 150 amarillo en marcha, y al volante un tercer encapuchado.

Sólo dos horas después, un desconocido llamó al diario Egin. Una voz joven dijo: «Secuestrado. Interrogado. Ejecutado. Propietario bar Stadium». Su cadáver, añadió este informante, se encontraba cerca de San Salvador del Valle, una localidad cercana a Bilbao: concretamente en La Arboleda, un barrio del municipio vizcaíno de Abanto y Ciervana. La Policía hizo por la zona una batida intensa, pero fue un chico de quince años, antes de la seis de la tarde, quien se encontró un cuerpo cuya cabeza estaba tapada por una capucha y las manos atadas en la espalda. En la prensa apareció boca arriba, con la cara bañada en sangre y las manos atadas sobre el pecho, rodeado de cinco casquillos de bala: le habían metido cinco en la cabeza. Su foto asesinado fue difundida por Efe. Los restos mortales fueron enterrados en su tierra de Borraxeiros.

La Policía encontró al testigo que se topó el cadáver en la zona. El chico dijo haber oído los cinco disparos y, después, arrancar a dos coches. Los llegó a ver, pero dijo no haberles prestado demasiada atención y no aportó ningún dato relevante sobre ellos. Policía y Guardia Civil montaron inmediatamente controles de carretera para tratar de detener a los terroristas.

Ese mismo día, Interviú hizo público un comunicado. En él, la revista publicó una nota en la que hacía constar su repulsa por el atentado, «esperando poseer datos fiables sobre la autoría del crimen para hacer una nueva declaración si fuera necesario». Y añadió: «Ligar la muerte de un ciudadano al título de una revista resulta, cuando menos, insidioso. Interviú lamenta la muerte del señor Ramos Vázquez, dolorosamente una más en el marco de la ola sangrienta, y rechaza con energía esta nueva manifestación de violencia». Fuerza Nueva exigió su cierre inmediato: “De seguir la presunta información de dicha revista -que es pura delación- por ese camino, asistiremos a la situación más difícil e irreversible por la que haya atravesado España históricamente”.

El periodista que publicó el reportaje, Xavier Vinader, fue condenado a siete años de cárcel por imprudencia temeraria. El ex policía Francisco Ros, a cuatro años por cooperador de esa imprudencia. Vinader huyó a Francia, y volvió a España, donde cumplió unos meses de cárcel en Carabanchel. Los dos fueron indultados por el Gobierno en 1984.