Bebés

Lo peor de la Navidad, o si lo prefieren lo más incómodo, es el trato con los niños, sobre todo con los niños ‘especialmente’ pequeños. Uno los ve a diario, con una cadencia casi salvaje, porque la Navidad los niños no sólo la viven, sino que la okupan. Mi relación con ellos es de love&hate: yo les tengo a todos ese cariño casi infantil que todo el mundo tiene a un niño, pero no encuentro manera humana de tratarlos manteniendo la compostura. Yo no conozco a nadie que se haya dirigido nunca con cierta dignidad a un bebé, por ejemplo. De hecho he visto a hombres muy valerosos, de vida ya curtida y un oficio de respeto, agacharse a hacer monerías aun con la incomodidad que te asalta cuando te sabes ridículo. Entre las extravagancias más habituales está la de cambiar la voz, emitir sonidos guturales que desmontan la teoría de la evolución e improvisar onomatopeyas que en otras circunstancias le llevarían a uno directamente al psiquiátrico. Yo si a los niños no los conozco, los obvio: no soy de los que andan saludando bebés que ni me van ni me vienen. Pero si no hay salida porque es el hijo de un amigo, un primo o una emboscada similar, le dejo la mano muerta para que me agarre el dedo y sonrío al padre durante segundos espantosos hasta que me pregunta: “¿No le vas a decir nada al niño?”. ¿Y qué quieres, chico, que me confiese?